27/45
27_45_entrada.png

Hipólito G. Navarro (Huelva, 1961) es el autor de este relato, 27/45, adaptado para el audio. Recogido en “El pez volador. Antología de cuentos”, y editado por Páginas de Espuma, 2.008, el libro contiene una extensa e interesante entrevista realizada al autor por Javier Sáez de Ibarra, donde podemos conocer detalles de su personalidad y poética.
El día de su 45 cumpleaños el protagonista de este relato, narrado en primera persona, decide que los que cumple son, en realidad, 27. Esa idea motriz desencadena todas las derivadas posteriores en las que el autor juega con la forma de contar la historia rompiendo la común linealidad.


Reparto:
Hombre: Javier Merchante.
Músicas: Lzn02 y Van Syla (Jamendo).
Duración: 6.55.






27/45
(Adaptado. Hipólito G. Navarro. Edit. Páginas de Espuma.El pez volador. Antología de cuentos)

El día que iba a cumplir cuarenta y cinco años, anteayer como quien dice, justo un segundo antes de comenzar a soplar sobre el bosque de velitas, decidí que los que cumplía en realidad eran veintisiete.
De manera que entonces, me estaba quitando de un plumazo dieciocho años de encima: seis mil quinientos setenta días borrados de la memoria.
De forma casi instantánea decidí también que en esos dieciocho años que tiraba iba a meter sin ninguna pena los siete de cárcel por actividades sindicales clandestinas hace ya tanto tiempo, los cinco de portero suplente en Tercera División en la época del bachillerato, dos de vendedor ambulante de enciclopedias, y los cuatro primeros de existencia.
Así que me vi de pronto besando a una mujer y a unos niños que me resultaban por completo extraños, en una casa a todas luces desconocida en mis recién estrenados veintisiete años y teniendo delante un vasto territorio de tiempo si no para empezar de nuevo por lo menos para recomenzar por donde mejor me conviniera.
Sin más preámbulo salí de aquella casa extraña y fui recorriendo las calles de mi nuevo porvenir, contento, buscando la pensión que habité en aquel tiempo de nuevo recobrado. No tardé mucho en dar con la puerta negra. Entonces sentí como si hubiese sido ayer el pasamanos gastado en la ascensión por la empinada escalera, e imaginé los gestos de la patrona gordísima y lenta secándose las manos en un mugriento delantal antes de abrir. Pero claro, las cosas premeditadas, ya se sabe, luego de pulsar el timbre se abrió la puerta sorprendentemente demasiado rápido para la lentitud acostumbrada y era otra cara.
-¿Reme?, ¿no es esto la Pensión Reme?
-¡Uy!, ¡Reme!, ¡pues no hace tiempo ya de eso! -dijo una voz que me abocaba sin remedio a bajar con ánimos muy distintos la escalera, un escalón, otro, el pasamanos tan viejo que se soltó de pronto y plas-track-proc-racataplás-buum contra la puerta negra, tan dura o más que la otra vez.

Ahora esta horizontalidad en la cama del hospital me la conozco como viviera aquí de toda la vida, y por el olor y los tubos conectados a mis brazos, y por las ventosas en el pecho y el pí-pí-pí de la tele sé de todas todas que en la plaquita de encima de la puerta están grabados tres signos que si la memoria no me falla se corresponden exactamente con las primeras letras de Unidad de Cuidados Intensivos, UCI para entendernos.
Este sitio le da un miedo horroroso a mucha gente, pero a mi ese miedo no es lo que más me preocupa porque sé que de aquí, tarde o temprano, los pies más por delante o más por detrás, se sale; lo que sí me da un poco de miedo es haber caído en la cuenta de que justo el día que cumplía los veintisiete años, después de recibir las cariñosas felicitaciones de mi patrona Reme, en el segundo escalón de bajada, al agarrar el pasamanos tan gastado y soltarse, plas-track-proc-racataplás-bumm, y claro, ahora estoy con los ojos cerrado, apretándolos todo lo que puedo y más, y tengo pánico a que llegue el médico de aquella vez a decirme abra los ojos, que no pasa nada; pero no pasa nada para él, que tiene una trayectoria vital, pero yo, yo, cómo voy a abrir los ojos si lo mismo lo primero que veo es un chutazo imparable desde el punto de penalty, o los ojos del carcelero mirando por la ventanita a ver si he dejado otro día más la comida intacta, o una cara furiosa que me cierra otra puerta en las narices de mis pesadas, soporíferas enciclopedias. No, no; no abro yo los ojos tan pronto. Ah, no, no los abro, porque, ¿y si los abro y en vez de la novia de entonces veo a esa mujer, bastante joven por cierto, con los niños, y entonces descaradamente no son veintisiete y son cuarenta y cinco?
De ninguna manera los abro porque, coño, coño, coño, ahora creo recordar que tuve que soplar mucho la última vez y que había muchas velas, más de cuarenta y cinco, más de cincuenta, más de sesenta; ¡ay, ay, ay!, que ahora me parece que estoy viendo a esa mujer no tan joven, por cierto, no tan joven, y a los niños no tan niños, con bigotes y barbas, ay, ay, y más niños aplaudiéndome un soplido asmático, ¡ay, que no los abro! No. No.