A tu edad.

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Tom Squires, rico y atractivo cincuentón, conoce a Annie, una chica bellísima, dependienta de una perfumería y decide interesarse por ella. No parará hasta conseguir conocerla. A Tom le sobran medios y habilidades para deslumbrarla y, seguro de sí mismo, emprende su conquista, pero la Sra. Lorry, madre de Annie y Randy, su joven y deportista novio, se cruzarán en el camino.
Relato adaptado de Francis Scott Fitzgerald.
Reparto:
Narradora: Mª Carmen de las Casas
Tom: Alberto Hidalgo
Annie: Maite Benítez
Leland:Rafa Torres
Sra. Lorry: Antonia M. Zurera
Randy: Nicolás R. Quiles
Músicas: Graph&Grooves, Artsomerville y Cheicon (Jamendo).
Duración: 18:59




A tu edad.
(Francis Scott Fitzgerald, adaptado)

Narrador: Tom Squires entró en la tienda a comprar un cepillo de dientes, una lata de polvos de talco, un elixir bucal, jabón Casule, sales de Epsom y una caja de puros; entonces, al levantar la vista, vio a la chica rubia. A Tom le pareció la persona más limpia que había visto, y, sin atreverse a respirar, se acercó a ella y la miró a los ojos grises.
Tom: Una lata de polvos de talco.
Annie: ¿De qué marca?
Tom: Cualquiera... Ésa está bien.
Tom hubiera querido decir:
Tom: "No soy viejo. A los cincuenta años estoy más joven que muchos de cuarenta. ¿No te intereso en absoluto?"
Annie: ¿Qué marca de elixir bucal?
Tom: ¿Cuál me recomienda?... Ese está bien.
Narrador: Casi le dolió dejar de mirarla, salir de la tienda, subir a su coche. Tom pensó de buen humor:
Tom: "Si esa joven idiota supiera al menos lo que este viejo imbécil podría hacer por ella, ¡Las puertas que yo podría abrirle! ¡Juventud, ¡cielo santo! Juventud! Me gustaría sentirla cerca, a mi alrededor, sólo otra vez antes de ser demasiado viejo para que me importe."
Narrador: Era alto, delgado y bien parecido. Había tenido éxito con los hombres y las mujeres a lo largo de varias generaciones. Después de la guerra había tenido la impresión de que le faltaba algo; se dedicó a los negocios y en diez años acumuló cerca de un millón de dólares.
Leland: Hola, señor Squires, ¿cómo está usted?
Tom: Bien, gracias, Leland. Excelente fiesta. ¿Quién es esa chica que cambia de pareja a cada instante...?
Leland: Es Annie Lorry.
Tom: ¿La hija de Arthur Lorry?
Leland: Sí.
Tom: Parece que está muy solicitada.
Leland: Es una de las chicas más solicitadas de la ciudad; por lo menos, en las fiestas.
Tom: ¿Sólo en las fiestas?
Leland: Bueno, es que siempre anda por ahí con Randy Cambell. Es la típica aventura de chico y chica, esas aventuras de chico y chica...
Tom: ¿Bebe?
Leland: No mucho. Yo, por lo menos, nunca la he visto caerse redonda al suelo. Ese que ahora está bailando con ella es Randy Cambell.
Narrador: Formaban una hermosa pareja. La belleza de Anníe destacaba radiante junto a la estatura y fortaleza de Randy... Ya se la encontraría cuando acabaran las vacaciones y la mayoría de aquellos jóvenes hubieran vuelto a la universidad. Tom Squires era lo suficientemente mayor para saber esperar. Esperó quince días.
Los Lorry eran una antigua familia de Minneapolis que con la guerra había sufrido algunos reveses económicos. A la señora Lorry, contemporánea de Tom, no le sorprendió que enviara orquídeas para la madre y la hija y les ofreciera en su apartamento una espléndida cena. Annie se sintió halagada por el hecho de que semejante hombre de mundo la eligiera como pareja. Y aceptó su invitación al concierto de la semana siguiente, pues pensaba que rehusar hubiera sido una grosería.
Y hubo más "amables invitaciones" como aquélla.
Días después, mientras Tom la esperaba en el coche, su madre le preguntó:
Sra. Lorry: ¿Quién es, Annie?
Annie: El señor Squires.
Sra. Lorry: Cierra la puerta un momento. Estás saliendo demasiado con él.
Annie: ¿Y por qué no voy a salir?
Sra. Lorry: Porque tiene cincuenta años, cariño.
Annie: Pero, mamá, si no queda nadie en la ciudad.
Sra. Lorry: Pues que no se te ocurra hacer ninguna tontería con el señor Squires.
Annie: No te preocupes. En realidad, me aburre mortalmente casi siempre. No voy a salir más con él. Pero esta tarde no me queda otro remedio.

Narrador: Pero aquella misma noche, a la puerta de su casa, entre los brazos de Randy Cambell, para Annie ya no existía Tom.

Randy: Dios mío, cómo te quiero. Dame otro beso. ¿Cuándo nos casamos?
Annie: ¿Cuándo tendrás...? ¿Cuándo tendremos dinero?
Randy: ¿No podrías anunciar nuestro compromiso? Si supieras lo triste que es saber que has salido con otro y después abrazarte y besarte...
Annie: Pides demasiado, Randy.
Randy: Es tan terrible la despedida... ¿No puedo entrar un momento?
Annie: Sí.
Narrador: La noche del día siguiente, Tom Squires, con algo parecido al pánico cogió un papel y redactó una carta para la madre de Annie, en la que le pedía permiso para cortejar a su hija. Al día siguiente llegó la respuesta que esperaba. Era una negativa breve e indignada. Terminaba así:
Sra. Lorry: “Creo que lo mejor es que usted y mi hija no vuelvan a verse. Le saluda atentamente, MABEL TOLLMAN LORRY”.
Tom: "Y ahora, veremos lo que dice la chica".
Narrador: Escribió una nota a Annie. A vuelta de correo llegó la desafiante respuesta de Annie a la prohibición de su madre.
Annie: "No estamos en la Edad Media. Te veré cuando me dé la gana."

Narrador: Si Annie había estado a punto de deshacerse de él, ahora estaba decidida a ni siquiera planteárselo. La torpeza de la madre producía lo que él no había podido lograr. Cuando cuajó el invierno profundo, seguían viéndose con frecuencia. Con él se lo estaba pasando mejor que con cuantos había conocido hasta entonces. En lugar de las exigencias egoístas de un hombre más joven, Tom le demostraba una consideración inagotable. Su experiencia era además una ventana que daba a un mundo más ancho y más rico. Tom tenía lo que quería -la juventud de Annie a su lado-, y tenía la impresión de que ir más lejos sería un error. La libertad era preciosa para él, y a Annie sólo podría ofrecerle una docena de años antes de convertirse en un viejo. Entonces, un día de finales de febrero, el asunto se resolvió sin más. La pareja entraba a tomar el té en el Club Universitario. El encuentro inesperado con Randy Cambell, que olía a cebolla y a whisky; y el abandono del salón de la señora Lorry sin mediar palabra con su hija, hizo que Tom tomara la decisión:
Annie: ¿Cómo me puede tratar tan mal mi propia madre? No me habla desde hace tres días.
Tom: Quizá tenga razón tu madre. Es hora de que lo dejemos, si he empezado a perjudicarte.
Annie: ¿Qué quieres decir?
Tom: ¿Te acuerdas de que te dije que tenía que ir al Sur? Me voy mañana.
Annie: Pero tienes que volver, Tom.
Tom: Pasaré dos meses en México; luego tengo que ir un par de semanas al Este.
Narrador: Pero Tom no pudo resistir su ausencia y en el tercer día de viaje telegrafió a Annie:
Tom: "Suspendo viaje a México. Salgo esta noche. Te ruego tomes mi tren en la estación de Saint Paúl para viajar conmigo a Minneapolis. No puedo estar sin ti. Muchos besos.
Annie: ¡Tom!
Tom: ¡Annie!
Narrador: A Tom se le cayó de las manos el bastón: la apretó con mucha ternura y sus labios se unieron como corazones hambrientos.
La nueva intimidad que supuso el noviazgo le dio a Tom una sensación de felicidad juvenil. Cuando se encontraba con jóvenes, le sorprendía comprobar que podía competir con ellos en ingenio y fortaleza física. De repente su vida tenía sentido y fundamento: había alcanzado la plenitud. En las nubladas tardes de marzo, cuando Annie daba vueltas por su apartamento, volvían
a inundarlo las confortables certezas de la juventud. Tom era más considerado y solícito que cualquier amante más joven; y, a los ojos de Annie, parecía saberlo todo y ser capaz de abrirle las puertas de un mundo de oro puro.

Tom: Primero iremos a Europa.
Annie: Iremos muchas veces. Pasaremos los inviernos en Italia y la primavera en París.
Tom: Pero, Annie, hay que trabajar.
Annie: Bueno, pero pasaremos fuera todo el tiempo que podamos. No soporto Minneapolis.
Tom: Minneapolis no está mal.
Annie: Cuando estás tú.

Narrador: La señora Lorry se rindió ante lo inevitable. Aceptó a regañadientes el compromiso, con la única condición de que la boda no se celebrara hasta otoño.
Annie: Cuánto tiempo.
Sra. Lorry: Soy tu madre, después de todo, y no te estoy pidiendo mucho.

Narrador: Fue un invierno muy largo. Pero a principios de abril, con un largo suspiro se resquebrajó el hielo, la nieve se derritió y regó los campos, y floreció la
primavera impaciente. Y, de repente, con una triunfal pirueta final de la naturaleza, era verano.
Una preciosa tarde Tom cruzó el jardín de los Lorry y se sentó en el porche con la madre de Annie.

Tom: Qué bien se está aquí. He pensado que hoy, en vez de coger el coche, Annie y yo podríamos dar un paseo. Me gustaría enseñarle la casa donde nací.
Sra. Lorry: Está en Chambers Street, ¿no? Annie volverá enseguida. Ha ido a dar una vuelta con algunos chicos.
Tom: Sí, está en Chambers Street.

Narrador: Eran las nueve menos cuarto. Ya lo había tenido esperando la noche anterior; y la tarde anterior lo había tenido esperando una hora.
Estuvo charlando con la señora Lorry. La agradable temperatura de la noche se unió a la lasitud crepuscular de sus cincuenta años y los ablandó a los dos, y, por primera vez desde que Tom empezó a mostrar interés por Annie, desapareció la hostilidad entre ellos. Cuando el señor Lorry llegó a casa, Tom, extrañado, tiró la colilla de su segundo cigarro y miró el reloj. Eran más de
las diez.

Sra. Lorry: Annie tarda demasiado.
Tom: Espero que no haya pasado nada. ¿Con quién está?
Sra. Lorry: Eran cuatro cuando se fueron. Randy Cambell y otra pareja. No me fijé en quiénes eran. Sólo iban a tomar un refresco.
Tom: Espero que no hayan tenido ningún problema. Quizá... ¿Cree que debería ir a buscarla?
Sra. Lorry: En estos tiempos a las diez no es tarde. Ya se irá acostumbrando.
Narrador: Su marido pidió disculpas y se acostó. Cuando el reloj de la iglesia empezó a dar las once, un automóvil bajó la calle y frenó ante la casa.
Durante un instante nadie se movió ni en el porche ni en el automóvil. Y entonces Annie, con un sombrero en la mano, se apeó y cruzó el jardín deprisa.
Annie: ¡Hola! ¡Lo siento! ¿Qué hora es? ¿Llego muy tarde?
Tom no contestó. Annie tenía el vestido arrugado y el pelo ligera aunque
significativamente revuelto.
Sra. Lorry: ¿Qué ha pasado?
Annie: Ah, un pinchazo y no sé qué problema con el motor... Y nos perdimos. ¿Es que es muy tarde?
Narrador: Y entonces, mientras Annie les hablaba, Tom se dio cuenta, aterrorizado, de que su madre y él eran dos personas de la misma edad que escuchaban a otra de una edad muy distinta. Hiciera lo que hiciera, siempre sería igual que la señora Lorry. Se disculpó para acostarse. Se quedaron solos. Annie se le acercó y le cogió la mano.
Tom: Has salido con ese chico, con Cambell.
Annie: Sí, pero no te enfades. Me siento... Me siento tan nerviosa esta noche...
Tom: ¿Nerviosa?
Annie: No lo puedo evitar. Por favor, no te enfades. Me pidió con tantas ganas que diéramos un paseo, y hacía una noche tan maravillosa, que salí un rato. Y nos pusimos a hablar y perdí la noción del tiempo. Yo sentía... Me daba tanta pena de él...
Tom: ¿Y qué crees que sentía yo mientras?
Annie: No seas así, Tom. Ya te he dicho que estaba muy nerviosa. Quiero acostarme.
Tom: Comprendo. Buenas noches, Annie.
Annie: Por favor, no seas así, Tom. ¿No puedes comprenderlo?
Narrador: Lo comprendía, y ése era el problema.
Durante todo aquel verano salió de paseo muchas noches. Le gustaba detenerse un momento frente a la casa donde había nacido y frente a la casa donde había pasado la niñez. También lo atraían las luces de cierta tienda, porque le parecía que allí estaba contenida la semilla de otra, más próxima, rama del pasado. Una vez entró y preguntó, como por casualidad, por una dependienta rubia, y se enteró de que se había casado y se había ido unos meses antes. Le mandó sin pensarlo dos veces un regalo de bodas "de un admirador desconocido", pues sentía que le debía algo de su felicidad y su dolor. Había perdido la batalla contra la juventud y la primavera, y con su dolor redimía un pecado imperdonable y propio de su edad: negarse a morir. Pero no hubiera podido adentrarse desolado en la oscuridad sin haberse agotado un poco más; lo único que había querido, al fin
y al cabo, era apaciguar su viejo y fuerte corazón. La lucha, la lucha en sí, valía más que la victoria o la derrota, y aquellos tres meses serían suyos para siempre.