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Relatos Breves.

“Autobiografía de un viajante narra el ascenso del hijo de una viuda, de familia pobre, que abandona la escuela, trabaja de botones y conserje, hasta que consigue un empleo en una fábrica de zapatos.
Cuando logra convertirse en viajante de comercio, vendiendo género por todos los Estados Unidos, logra una carrera meteórica como comercial.
Poco a poco, Cheever nos lleva de la mano en esta biografía de éxito hasta que llega el crash del 29 y todo se trunca:
Hoy, la relectura de este cuento cobra mucho más sentido si lo trasladamos a la realidad de España, Italia o Grecia. Cheever se adelantó a su tiempo, o tal vez, lo que trataba de decirnos es que todo se repite.”
David González Torres.

Ficha de audio:
Texto: John Cheever, adaptado.
Narrador: Javier Merchante.
Músicas: Proleter, Aleksey Chistilin.
Duración: 7:42.






Autobiografía de un viajante.
(John Cheever, adaptado)
Nacíen Boston en 1869. Mi familia era pobre y mi madre, viuda, regentaba una pensión. Mi hermano y mi hermana trabajaban, y yo me preparaba para hacerlo tan pronto como terminara la escuela primaria. Decidí entrar en el negocio del calzado y convertirme en viajante. Quería ser viajante como otros quieren ser médicos, generales o presidentes.
Cuando tenía doce años dejé la escuela y conseguí un trabajo de botones en las oficinas de una gran empresa de botas y zapatos. Cuando iba a trabajar las calles estaban desiertas y cuando volvía a casa, oscuras y vacías. Por fin tuve la oportunidad de aprender cómo funcionaba el negocio en una fábrica de zapatos de Lynn. Me mudé allí, me alojé en una pensión barata y aprendí cómo se hacen los zapatos. Aún sé cómo se hacen los zapatos. Pues bien, trabajé allí durante cinco años, y en 1891 me dieron la oportunidad de realizar un viaje comercial.
No lo olvidaré mientras viva. Cogí un tren de Boston a Nueva York y de Nueva York a Baltimore. Me gusta viajar en tren. Tenía un nuevo traje, un nuevo bolso de viaje, un maletín con el muestrario y un nuevo par de zapatos. Llevaba la billetera repleta con el dinero de las dietas. También me gustaba el dinero. Siempre que tengo dinero en el bolsillo y cojo el tren para viajar a otra ciudad, tengo la sensación de que mi vida comienza de nuevo. Cuando monté en aquel tren, tuve la sensación de que mi vida comenzaba de nuevo.
Como iba diciendo, en aquella ocasión viajé a Baltimore. Llegué a media tarde. Reservé una habitación sencilla en el hotel Carrollton. Permanecí allí dos días y gané lo suficiente para cubrir mis gastos y mi sueldo con un margen ligeramente inferior al precio de venta estimado por la sede de mi oficina. Cuando regresé el jefe me felicitó.
Aquél fue mi primer éxito, el primero de una larga lista de éxitos. Para entonces mi madre había muerto y mis hermanos estaban casados. No vi mucho a mi madre en sus últimos años de vida y siempre lo he lamentado. No me interesaba demasiado por lo que hacían mis hermanos. Tenía mi propia vida. Siempre estaba ocupado. Comencé a forjarme una reputación. En aquella época ganaba tres mil dólares al año. Viajaba en los trenes más rápidos, encargaba mi vestuario a un buen sastre y me albergaba en hoteles caros. Tenía muchos amigos y muchas mujeres. Mi sueldo aumentaba mil dólares cada año. Aquellos años en la carretera fueron los mejores y parecían no tener fin. A menudo vendía dos cargamentos de zapatos mientras tomaba un whisky. Tenía más dinero del que podía gastar. Pasé todos esos años en trenes, clubes y hoteles. Llegó un momento en el que había cubierto todas las regiones de Estados Unidos. Tenía diez trajes, veinte pares de zapatos y dos veleros en Boston que utilizaba cuando pasaba por la ciudad. Apostaba a los caballos, jugaba a las cartas, a los dados y a la ruleta. Era masón y tenía dos pólizas de seguros.
Mis ingresos rondaban los diez mil dólares y si perdía un cliente siempre podía conseguir otro. Los zapatos que vendía eran caros y bonitos. En 1925 mi sueldo comenzó a disminuir; de los diez mil a los ocho mil dólares. A finales de ese año la empresa se retiró del mercado. Empezaron a sentir que la moda tendía hacia los zapatos baratos. Fue una sabia decisión retirarse en aquel momento del mercado, en vez de quedarse a la expectativa, como el resto de nosotros, ingenuos.
Los hombres sensatos estaban abandonando el negocio y olvidándose de él. Pero yo no podía dejarlo, no podía olvidarlo. Tenía cincuenta y siete años. Me estaba haciendo viejo. No podía pensar en nada que no fuera trenes, hoteles y zapatos.
Terminé por recorrer los caminos vendiendo zapatos baratos para una empresa de Weymouth, Massachusetts. Era la primera vez en mi vida que tenía que vender zapatos baratos y odiaba hacerlo. Había que vender mil pares de zapatos para ganar lo que te pagarían por un centenar en los viejos tiempos. Era como tratar de parar la lluvia con mis propias manos. Aquellos años no gané más de tres mil dólares.
La forma de hacer negocios había cambiado más rápido de lo que yo podía cambiar. Las cadenas y los almacenes regentados por fabricantes sustituyeron a las tiendas particulares. Los zapatos baratos sustituyeron a los caros. Las tarifas de los trenes aumentaron y los hoteles no eran más baratos. Los pocos compradores independientes que quedaban no compraban lo suficiente para cubrir los gastos que suponían las ventas. Cuando cumplí sesenta y dos años no tenía trabajo. No he vuelto a trabajar desde entonces. Me estoy haciendo viejo. Mi póliza de seguros venció. Mi dinero se ha desvanecido. Mi hermano y mi hermana han fallecido. Mis amigos están muertos. El mundo en el que sé moverme, hablar y ganarme la vida, ha desaparecido. El ruido del tráfico bajo la ventana de esta habitación amueblada me lo recuerda.
Hemos sido olvidados. Toda nuestra experiencia no sirve para nada. Pero cuando pienso en los días en la carretera y en lo que he hecho y en lo que me han hecho, casi nunca lo hago con tristeza. Hemos sido olvidados como viejas guías telefónicas, como almanaques, como la luz de gas o como esas grandes casas amarillas con cornisas y cúpulas que solían construirse. Eso es todo. Aunque a veces tengo la sensación de que he malgastado mi vida. A veces tengo esa sensación por la mañana, mientras me afeito. Me entran náuseas, como si algo me hubiera sentado mal, y me veo obligado a soltar la cuchilla y apoyarme en la pared.