Beatriz.

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Escrita en 1913 en plena fase modernista, camino ya de sus temas míticos en el teatro, Beatriz nos remite a una Galicia con aromas a viejas guerras carlistas; sumida históricamente en la arraigada institución del Mayorazgo que tanto fruto literario daría con las Sonatas; al pequeño mundo de la Condesa Carlota de Porta Dei, auténtica protagonista de este relato. La condesa Carlota vive retirada en su palacio donde fray Ángel corta las rosas que ella elige para adornar el altar y, Misia Carlota -la Generala-, le acompaña en el cuidado de la desgraciada Beatriz, su hija, alma doliente poseída por el diablo. El penitenciario de la catedral y la Saludadora de Céltigos completan el abanico de personajes de este relato de Valle Inclán donde nada será lo que parece.
Reparto:
Narrador: Paco Piñero.
Condesa: Antonia M. Zurera.
Fray Ángel: Javier Merchante.
Generala: Antonia de Miguel.
Penitenciario: Joaquín Foncueva.
Beatriz: Maite Benítez.
Saludadora: Mª Carmen de las Casas.

Músicas: Theta-Sound, Marc-Teichert, Esther García, Epic Soul Factory y Marek K. Drzewiecki (Jamendo).






BEATRIZ (Satanás)
Ramón del Valle-Inclán
I
Narrador: Cercaba el palacio un jardín señorial, lleno de noble recogimiento. Entre mirtos seculares blanqueaban estatuas de dioses. ¡Pobres estatuas mutiladas! Los cedros y los laureles cimbreaban con augusta melancolía sobre las fuentes abandonadas. Algún tritón, cubierto de hojas, borboteaba a intervalos su risa quimérica, y el agua temblaba en la sombra, con latido de vida misteriosa y encantada.
La Condesa casi nunca salía del palacio. Contemplaba el jardín desde el balcón plateresco de su alcoba, y con la sonrisa amable de las devotas linajudas, le pedía a Fray Ángel, su capellán, que cortase las rosas para el altar de la capilla. Era muy piadosa la Condesa. Vivía como una priora noble retirada en las estancias tristes y silenciosas de su palacio, con los ojos vueltos hacia el pasado.
La Condesa era unigénita del célebre Marqués de Barbanzón, que tanto figuró en las guerras carlistas. Los títulos de Marqués de Barbanzón, Conde de Gondariu y Señor de Goa, extinguiéronse con el buen caballero Don Francisco Xavier ...
BEATRIZ
II
Fray Ángel: ¿Da su permiso la Señora Condesa?
Condesa: Adelante, Fray Ángel.
Narrador: Era un viejo alto y seco, con el andar dominador y marcial. Allá, en el fondo del estrado, la suave Condesa suspiraba tendida sobre el canapé de damasco carmesí. Caía la tarde adusta e invernal. La Condesa rezaba en voz baja, y sus dedos, lirios blancos aprisionados en los mitones de encaje, pasaban lentamente las cuentas de un rosario traído de Jerusalén.
Fray Ángel: ¡Válgame Dios! ¿Sin duda el Demonio continúa martirizando a la Señorita Beatriz?
Condesa: ¡Pobre hija mía! El Demonio la tiene poseída. A mí me da espanto oírla gritar, verla retorcerse como una salamandra en el fuego... Me han hablado de una saludadora que hay en Céltigos. Será necesario llamarla. Cuentan que hace verdaderos milagros.
Fray Ángel: Sí que los hace, pero lleva, veinte años encamada.
Condesa: Se manda el coche, Fray Ángel.
Fray Ángel: Imposible por esos caminos, señora.
Condesa: Se la trae en silla de manos.
Fray Ángel: Únicamente. ¡Pero es difícil, muy difícil! La saludadora pasa del siglo... Es una reliquia...
Condesa: ¡Pobre hija! ¡Pobre hija!
Fray Ángel: ¿No estará sola?
Condesa: Está con mi tía la Generala y con el Señor Penitenciario, que iba a decirle los exorcismos.
Fray Ángel: ¡Ah! ¿Pero está aquí el Señor Penitenciario?
Condesa: Mi tía le ha traído.
Fray Ángel: ¿Qué ha dicho el Señor Penitenciario?
Condesa: Yo no le he visto aún.
Fray Ángel: ¿Hace mucho que está ahí?
Condesa: Tampoco lo sé, Fray Ángel.
Fray Ángel: ¿No lo sabe la Señora Condesa?
Condesa: No... He pasado toda la tarde en la capilla. Hoy comencé una novena a la Virgen de Bradomín. Si sana mi hija, le regalaré el collar de perlas y los pendientes que fueron de mi abuela la Marquesa de Barbanzón.
Fray Ángel: Señora Condesa, voy a mandar ensillar la mula, y esta noche me pongo en Céltigos. Si se consigue traer a la saludadora, debe hacerse con un gran sigilo. Sobre la madrugada ya podemos estar aquí.
Condesa: ¡Dios lo haga!


III
Narrador: Beatriz parecía una muerta: con los párpados entornados, las mejillas muy pálidas y los brazos tendidos a lo largo del cuerpo, yacía sobre el antiguo lecho de madera. La alcoba de Beatriz era una gran sala entarimada de castaño, oscura y triste. El Señor Penitenciario y Misia Carlota, retirados en un extremo de la alcoba, hablaban muy bajo.
Generala: ¡Pobre niña! ¡Pobre niña!
Penitenciario: ¿Cuándo llegará ese fraile?
Generala: Tal vez haya llegado.
Penitenciario: ¡Pobre Condesa! ¿Qué hará?
Generala: ¡Quién sabe!
Penitenciario: ¿Ella no sospecha nada?
Generala: ¡No podía sospechar!
Penitenciario: Es tan doloroso tener que decírselo.
Penitenciario: Condesa, necesito hablar con ese Fray Ángel.
Condesa: Fray Ángel no está en el palacio, Señor Penitenciario.
Generala: No hablen ustedes aquí... Carlota, es preciso que tengas valor.
Condesa: ¡Dios mío! ¿Qué pasa?
Generala: ¡Calla!
Generala: ¡Hijita mía, no tiembles!... ¡No temas!...
Generala: ¡Oh, Tristísima y Dolorosísima Virgen María, mi Señora, que siguiendo las huellas de vuestro amantísimo Hijo, y mi Señor Jesucristo, llegasteis al Monte Calvario, donde el Espíritu Santo quiso regalaros como en monte de mirra y os ungió Madre del linaje humano! Concededme, Virgen María, con la Divina Gracia, el perdón de los pecados y apartad de mi alma los malos espíritus que la cercan, pues sois poderosa para arrojar a los demonios de los cuerpos y las almas. Yo espero, Virgen María, que me concedáis lo que os pido, si ha de ser para vuestra mayor gloria y mi salvación eterna. Amén.
Beatriz: ¡Amén!
IV
Penitenciario: Es un terrible golpe, Condesa...
Condesa: ¡Terrible, Señor Penitenciario! ¡Temo tanto lo que usted va a decirme!
Penitenciario: ¡Es preciso acatar la voluntad de Dios!
Condesa: ¡Es preciso!... ¿Pero qué hice yo para merecer una prueba tan dura?
Penitenciario: ¡Quién sabe hasta dónde llegan sus culpas! Y los designios de Dios nosotros no los conocemos.
Condesa: Ver a mi Beatriz privada de la gracia, poseída de Satanás.
Penitenciario: ¡No, esa niña no está poseída!... Hace veinte años que soy Penitenciario en nuestra Catedral, y un caso de conciencia tan doloroso, tan extraño, no lo había visto. ¡La confesión de esa niña enferma todavía me estremece!...
Condesa: ¡Se ha confesado! Sin duda Dios Nuestro Señor quiere volverle su gracia. ¡He sufrido tanto viendo a mi pobre hija aborrecer de todas las cosas santas! Porque antes estuvo poseída, Señor Penitenciario.
Penitenciario: No, Condesa; no lo estuvo jamás.En este palacio, señora, se hospeda un sacerdote impuro, hijo de Satanás...
Condesa: ¿Fray Ángel?
Penitenciario: Esa ha sido la confesión de Beatriz. ¡Por el terror y por la fuerza han abusado de ella!... Beatriz ha querido que fuese yo quien advirtiese a su madre. Mi deber era cumplir su ruego. ¡Triste deber, Condesa! La pobre criatura, de pena y de vergüenza, jamás se hubiera atrevido. Su desesperación al confesarme su falta era tan grande que llegó a infundirme miedo. ¡Ella creía su alma condenada, perdida para siempre!
Condesa: ¡Yo haré matar al capellán! ¡Le haré matar! ¡Y a mi hija no la veré más!
Penitenciario: Condesa, el castigo debe dejarse a Dios. Y en cuanto a esa niña, ni una palabra que pueda herirla, ni una mirada que pueda avergonzarla.




V
Beatriz: ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Perdóname!
Condesa: ¡Sí, hija, sí! Acuéstate ahora.
Beatriz: ¡Ahí está Satanás! ¡Ahí duerme Satanás! Viene todas las noches. Ahora vino y se llevó mi escapulario. Me ha mordido en el pecho. ¡Yo grité, grité! Pero nadie me oía. Me muerde siempre en los pechos y me los quema.
Condesa: ¡No temas, hija mía! ¡Nuestro Señor Jesucristo vela ahora por ti!
Beatriz: ¡No! ¡No! Mamá querida, fue una tarde que bajé a la capilla para confesarme... Yo te llamé gritando.. Tú no me oíste... Después quería venir todas las noches, y yo estaba condenada...
Condesa: ¡Calla, hija mía! ¡No recuerdes!...
Generala: ¡Al fin descansa!
Condesa: Sí.
Generala: ¡Pobre alma blanca!
VI
Narrador: A medianoche llegó la saludadora de Céltigos. Era vieja, muy vieja, con el rostro desgastado como las medallas antiguas, y los ojos verdes, del verde maléfico que tienen las fuentes abandonadas, donde se reúnen las brujas. La noble señora salió a recibirla hasta la puerta, y temblándole la voz preguntó a los criados:
Condesa: ¿Visteis si ha venido también Fray Ángel?
Saludadora: Señora mi Condesa, yo sola he venido, sin más compaña que la de Dios.
Condesa: ¿Pero no fue a Céltigos un fraile con el aviso?...
Saludadora: Estos tristes ojos a nadie vieron.
Saludadora: ¡Miren con cuánta atención está la blanca rosa! No me aparta la vista.
Condesa: ¿Pero no vio a un fraile?
Saludadora: A nadie, mi señora.
Condesa: ¿Quién llevó el aviso?
Saludadora: No fue persona de este mundo. Ayer de tarde quedeme dormida, y en el sueño tuve una revelación. Me llamaba la buena Condesa moviendo su pañuelo blanco, que era después una paloma volando, volando para el Cielo.
Condesa: ¿Es buen agüero eso?...
Saludadora: ¡No hay otro mejor, mi Condesa! Díjeme entonces entre mí: vamos al palacio de tan gran señora. A esta rosa galana le han hecho mal de ojo. En un espejo puede verse, si a mano lo tiene, mi señora.
Narrador: La Condesa le entregó un espejo guarnecido de plata antigua. Levantole en alto la saludadora, lo empañó echándole el aliento, y con un dedo tembloroso trazó el círculo del Rey Salomón. Hasta que se borró por completo tuvo los ojos fijos en el cristal.
Saludadora: La Condesita está embrujada. Para ser bien roto el embrujo han de decirse las doce palabras que tiene la oración del Beato Electus al dar las doce campanadas del mediodía, que es cuando el Padre Santo se sienta a la mesa y bendice a toda la Cristiandad.
Condesa: ¿Sabe hacer condenaciones?
Saludadora: ¡Ay, mi Condesa, es muy grande pecado!
Condesa: ¿Sabe hacerlas? Yo mandaré decir misas y Dios se lo perdonará.
Saludadora: Sé hacerlas, mi Condesa.
Condesa: Pues hágalas...
Saludadora: ¿A quién, mi Señora?
Condesa: A un capellán de mi casa.
Saludadora: ¡Satanás! ¡Satanás! Te conjuro por mis malos pensamientos, por mis malas obras, por todos mis pecados. Te conjuro por el aliento de la culebra, por la ponzoña de los alacranes, por el ojo de la salamántiga. Te conjuro para que vengas sin tardanza y en la gravedad de aqueste círculo del Rey Salomón te encierres hasta poder llevarte a las cárceles tristes y oscuras del infierno el alma que en este espejo agora vieres. Te conjuro por este rosario que yo sé profanado por ti y mordido en cada una de sus cuentas. ¡Satanás! ¡Satanás! Una y otra vez te conjuro.
Narrador: Amanecía cuando sonaron grandes golpes en la puerta del palacio. Unos aldeanos de Céltigos traían a hombros el cuerpo de Fray Ángel, que al claro de luna descubrieran flotando en el río... ¡La cabeza yerta, tonsurada, pendía fuera de las andas!