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Una princesa bien extraña. No es muda, sólo que se limita a decir: “Bien puede ser”. De sus labios no salen otras palabras y su padre, el rey, está desesperado hasta el extremo de ofrecerla en matrimonio a aquél que consiga sacarle alguna otra cosa. Y en esto entra en acción nuestro ingenioso héroe. Pero no os desvelo más...
Ah, el final está levemente cambiado con respecto al original, pues me parecía injusto el que propone el texto original recogido por Juan de Ariza.


Reparto:
Narradora: Antonia de Miguel.
Caballero: Javier Merchante.
Muchacho: Pablo Domínguez.
Princesa: Pilar Valdés.
Músicas: Javier Vecino (Jamendo).








BIEN PUEDE SER.
(Juan de Ariza. Adaptado)

Narrador: Había una vez un rey que tenía una hija, única heredera de su reino. Era hermosa, pero en cambio tenía un defecto, que era el tormento de su padre; pues desde muy niña la princesa sólo pronunciaba esta frase: bien puede ser. Estas palabras probaban que la hermosa princesa no era muda de nacimiento; pero ni los ruegos del padre, ni la astucia de los cortesanos, habían conseguido arrancarla un sólo monosílabo más. El rey resolvió casarla imponiendo a sus pretendientes una singular condición: entregaría su mano al príncipe que la hiciera hablar alguna otra cosa. Todos los príncipes vecinos acudieron a la invitación, pero fracasaron en el intento pues ella se limitaba a decir a sus ocurrencias: bien puede ser. El buen rey se desesperaba y, queriendo hacer el último esfuerzo, convocó a los simples caballeros del reino, bajo las mismas condiciones.
Un día, un caballero, emprendió el camino de la corte para intentar ser él quien hiciera pronunciar otras palabras a la princesa. Cuando tuvo hambre buscó una venta para satisfacer su apetito y en ella encontró a un muchacho que estaba guisando un puchero.
Caballero: Buenas tardes.
Muchacho: Bienvenido.
Caballero: ¿Qué haces aquí?
Muchacho: Me como al que viene y quedo esperando al que se va.
Caballero: ¿También me comerás?
Muchacho: A dónde va usted?
Caballero: A casarme con la princesa del bien puede ser.
Muchacho: Es usted muy tonto para eso.
Caballero: ¿Por qué?
Muchacho: Porque no ha entendido usted lo que he querido decir con «Me como al que viene y quedo esperando al que se va.»
Caballero: ¿Quieres explicármelo?
Muchacho: Al momento. Yo estoy guisando este puchero: al hervor suben los garbanzos; al que logro coger me lo como, y al que se me escapa espero que vuelva a subir para comérmelo también.
Caballero: Eres agudo. ¿Tienes padre?
Muchacho: Sí señor.
Caballero: ¿En dónde está tu padre?
Muchacho: En el pesadero.
Caballero: No te comprendo.
Muchacho: Pues no será usted quien se case con la princesa.
Caballero: ¿Quieres explicarte ?
Muchacho: Allá voy. Mi padre ha ido a ver una sementera: si está buena le pesará haber sembrado poco, y si mala, haber sembrado tanto.
Caballero: ¿Y madre, tienes?
Muchacho: Sí señor.
Caballero: ¿En dónde está tu madre?
Muchacho: Amasando el pan que nos comimos la semana pasada.
Caballero: Eso es imposible.
Muchacho: No se casará usted con la princesa. La semana pasada comimos pan fiado y mi madre está amasando hoy para pagarlo.
Caballero: Tienes razón. ¿Hay en tu casa más familia?
Muchacho: Una hermana, que está llorando los gozos del año pasado.
Caballero: No te comprendo.
Muchacho: Mi hermana se casó hace un año, muy alegre y con muchas fiestas; ahora está pariendo.
Caballero: Tienes muchísima razón.
Muchacho: Pero usted es demasiado tonto para casarse con la princesa.
Caballero: Voy a proponerte un trato.
Muchacho: Sepamos.
Caballero: En acabando nuestra comida, seguiremos el camino de la corte, y tú me ayudarás a casarme con la princesa, y cuando yo llegue a ser rey tú serás mi primer ministro.
Muchacho: Concedido.
Narrador: Se comieron todos los garbanzos en amor y compañía, cabalgaron después, y, a buen paso, se fueron acercando a la corte.
Apenas entrados en ella, el caballero y el muchacho pasaron al cuarto de la princesa. Entonces se adelantó el muchacho y comenzó de esta manera, con teatral ademán y acento:
Muchacho: Señora, yo soy hijo único del labrador más rico de esta comarca.
Princesa: Bien puede ser.
Muchacho: Sus sembrados no tienen límites, y son tan numerosos sus rebaños, que para recoger la leche ha tenido que construir un estanque de cinco mil varas cuadradas.
Princesa: Bien puede ser.
Muchacho: Encontrándose lleno de leche, paseaba yo un día sobre su muro comiendo piñones; como paseaba distraído, se me cayó un piñón en el estanque, y al momento se formó un pino tan corpulento, que su copa estaba oculta entre las nubes.
Princesa: Bien puede ser.
Muchacho: Me gusta mucho coger nidos, y calculé que un árbol tan alto debería tenerlos a millares. Empecé a trepar pino arriba, y después de un largo viaje llegué a su copa, que precisamente tocaba a la misma puerta del cielo.
Princesa: Bien puede ser.
Muchacho: Encontrándome a tal altura, quise ver lo que allí pasaba, y me entré sin pedir permiso. A la derecha estaba san Pedro, ocupado en coser zapatos; y san Juan estaba a la izquierda con un puesto de hermosos melones. Quise ver si eran de buena casta, y compré el más pequeño de ellos. Llevaba yo un cuchillo de monte, y empecé a partir el melón; pero de improviso el cuchillo desapareció por la hendidura. No quise dejarlo perdido, y me entré tras él, con la misma facilidad que si lo hiciera en este cuarto.
Dentro ya del melón, empecé a andar, por ver si encontraba mi cuchillo; pero se pasaban las horas sin que pudiera conseguirlo. De repente, descubrí un hombre que venía hacia mí: «¿Adónde vas por aquí, amigo?» «Voy en busca de un cuchillo de monte», le respondí. «Pues ando yo buscando mi arado desde hace tres días y no he conseguido encontrarlo.» Esta respuesta me desanimó y volví pies atrás para salir por la hendidura que me había servido de puerta. Vi con asombro que el pino había desaparecido del todo. Yo no podía quedarme allí sin dar un susto a mi familia, y decidí bajar. Para lograrlo compré a San Pedro un ovillo de guita, y atando un extremo al banquillo en que estaba el santo trabajando, empecé a deslizarme por ella, con la mayor facilidad. Me faltó algo de guita para llegar al suelo y el santo, en vez de prestarme otro ovillo para llegar al suelo, cortó la que había yo dejado atada a su banco. Me fui acercando a la tierra, chocó mi cráneo con una roca, se rompió en veinte mil pedazos, y en ella quedaron mis sesos hasta que un perro los lamió.
Princesa: ¡Embustes enormes he oído, pero juro que éste me encanta!
Muchacho: Y porque os encanta, señora, seréis esposa de mi amo.
Princesa: ¿De vuestro amo? Ni en sueños, caballero. Vuestra seré por haberme hecho hablar y reír con embustes sin fin.
Narrador: A los ocho días se celebró el matrimonio con gran pompa; el rey viejo murió a los pocos años; el muchacho llegó a ser rey; y el caballero que pretendía casarse con la princesa logró ser nombrado ministro, aunque no fuera eso lo que habían pactado antes...