Blancanieves

Una compañera del trabajo, Remi, conservaba una colección de cuentos maravillosamente ilustrados que le había regalado su padre. La editorial que los publicó ha desaparecido y sólo es posible encontrarlos en librerías especializadas en libros antiguos y de segunda mano. Sorprendido por la belleza de las ilustraciones, escaneé las imágenes con la idea de que algún día haría algo con ellas. Las ilustraciones del cuento han marcado el criterio seguido para adaptar el texto narrado. Cualquier conocedor de la historia notará como se producen grandes saltos narrativos, elipsis, etc.

Este cuento de los hermanos Grimm ha sido ilustrado por Nancy Ekholm Burkert.






BLANCA NIEVES


Hubo una vez reina que cosía, a mitad del invierno. Se pinchó en un dedo con la aguja y tres gotas de sangre cayeron en la nieve. La reina deseó tener una criatura tan blanca como la nieve y tan encarnada como la sangre. Al poco tiempo la reina tuvo una hija como la deseada a la cual llamaron Blanca Nieves. Pero al dar a luz, la reina expiró.

Su padre, el rey, volvió a casarse. Su nueva mujer era muy guapa, pero muy soberbia y altanera, y no podía soportar que hubiese alguien más bella. La envidia y el orgullo crecieron tanto en su corazón que un día ordenó a un cazador que matase a Blanca Nieves en el bosque y que le trajese como prenda su hígado y sus pulmones. El cazador la dejó con vida y mató a un jabato, le quitó el hígado y los pulmones y los llevó a la reina como prenda. La perversa mujer se los comió creyendo que eran los de Blanca Nieves.

Ella corrió hasta llegar a una casa donde todo era muy pequeño. La casa de los siete enanitos. Les contó cómo había llegado allí y ellos le dijeron que podía quedarse y que nada le faltaría. Cada mañana, los enanitos iban a las montañas a buscar oro mientras Blanca Nieves se ocupaba de la casa.

Pero la malvada madrastra supo por su espejito mágico que Blanca Nieves seguía con vida. Entonces fue a una habitación solitaria y muy secreta y allí preparó una manzana envenenada. Su aspecto era bellísimo, pero bastaría probarla para caer muerto al instante.
Se disfrazó de campesina, cruzó las siete montañas y llegó a la casa de los siete enanos. Le ofreció la manzana a Blanca Nieves y ella tuvo miedo.

-¿Temes que esté envenenada? Mira, voy a cortarla en dos; tú te comes la mitad roja y yo la blanca.

Blanca Nieves no se pudo resistir, alargó la mano y tomo la parte envenenada. Apenas la probó, cayó muerta en el piso. Los enanos, cuando volvieron, la pusieron sobre un catafalco de cristal y lo llevaron a la montaña donde alguno de ellos estaba siempre a su lado. Allí pasó mucho, mucho tiempo. Parecía dormida. Se mantenía tan blanca como la nieve y tan encarnada como la sangre.

Sucedió que un día el hijo del rey la encontró y al verla quiso llevarla a palacio. Los buenos enanos se compadecieron y le dieron el catafalco. Pero los siervos que la transportaban tropezaron y el pedazo de manzana envenenada que había mordido salió de su garganta. Abrió los ojos, se incorporó y recuperó la vida.

-Te amo más que nadie en el mundo. Ven al palacio de mi padre para que seas mi esposa.

Y Blanca Nieves amó al príncipe desde ese momento. Los esponsales fueron celebrados con enorme lujo y esplendor.
Y a la malvada madrastra le calzaron unas zapatillas de hierro que habían sido calentadas sobre carbones encendidos. No tuvo más remedio que ponerse las zapatillas al rojo vivo y bailar con ellas sin descanso hasta que cayó muerta.