Bollito de Pan. Capítulo II. El bocadillo de chorizo.

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Este segundo capítulo surge como consecuencia de una práctica docente de un curso de Web 2.0 realizado en 2.008 en la que había que utlizar varias herramientas informáticas. Los alumnos de segundo de primaria del CEIP San Sebastián de la Puebla del Río crearon situaciones que continuaban la historia y con este material que me aportaron las tutoras, di forma y unidad al siguiente capítulo que podéis escuchar.
Ellos son Toñi, Virginia, Pablo y Emilio, es decir, doña Sol, Alicia, Bollito y don Gregorio en esta nueva entrega. Además, Eva y Ainara -también conocida como Selene-, colaboraron con sus dibujos.








BOLLITO DE PAN. CAPÍTULO II. EL BOCADILLO DE CHORIZO.

Cuando Bollito de Pan cayó sobre las sábanas, se abandonó al sol y éste secó todas sus migas. Un agradable calorcillo recorrió su cuerpo hasta que el sopor nubló su cabecita y se quedó dormido. Volvió a soñar con campos de trigo acariciados por el viento. Pero al oír a doña Sol llamar a su marido don Gregorio, se despertó dando un respingo.
-Gregorio, ¿dónde estás?
-En el cobertizo arreglando la paja. ¿Qué quieres?
-Que me ayudes a recoger la ropa que tengo tendida y yo no llego.
¿Quiénes eran? ¿Qué podía hacer? ¿Saltar desde la sábana al suelo para emprender la huída? ¿Quedarse inmóvil para no delatar su presencia o dirigirse a ellos suplicándoles ayuda? Sabía que tenía que hacer algo para salir del apuro. De pronto, una voz se oyó a la altura de las sábanas:
-¡Mira dónde ha dejado Alicia el bollo para la merienda! ¡Encima de las sábanas!
-Pues no creas tú que está mal pensado. Ahí lo calienta al sol y lo protege de las hormigas…
-Tú como siempre, defendiendo a tu hija.
Don Gregorio tomó a Bollito en su mano y lo dejó sobre una mesa a la sombra de un pino en la que su mujer había puesto un plato con un chorizo, una servilleta, agua y ¡un cuchillo! Aquellos objetos le resultaban familiares. ¡Claro, los había visto en casa de doña Flor, cuando ella preparaba la mesa, momentos antes del pellizco en su piquito que lo despertó a la vida! Al cuchillo ya lo conocía y temía lo peor para lo que pudiera servir. Pero ese canutillo que sudaba gotas rojas, y que parecía iba a reventar de puro gordo, no lograba adivinar qué era. De pronto, sus ojillos como alfileres se cruzaron con los ojos bien abiertos de Alicia. Bollito, aterrorizado, se puso de pie e intentó huir. Alicia se armó de valor y no lo dejó escapar; con su mano izquierda lo atrapó con decisión. Bollito protestaba inútilmente moviendo sus piernas y brazos en el aire, mientras la niña, desconfiada por si se trataba de un extraño bicho con forma de bollo, agarraba el cuchillo con su mano derecha. Cuánto más se movía, más nerviosa se ponía Alicia y más le acercaba el cuchillo. Ahora comprendía bien para qué servía. Bollito se dejó de moverse y la niña entonces alejó el cuchillo de su cuerpo. Bollito se atrevió a pronunciar inseguro lo primero que pasó por sus migas:
-¿Quién es ese que suda gotitas rojas? ¿Está malito?
-Pero, bueno, ¿esto qué es? ¡Un bollo que habla!
La niña, sorprendida, abrió la mano en la que tenía atrapado a Bollito. Éste cayó con sus piernecitas sobre la mesa. ¡Estaba libre! ¡Había funcionado, hablar había funcionado! El cuchillo seguía en su mano, señalando a Bollito, que no lo perdía de vista.
-Eso que tienes en la mano me da miedo. ¿Hace daño?
-¿Pero que bicho eres tú que hablas?
-¿Bicho? ¿Qué es un bicho? ¿Yo soy un bicho?-, Bollito parecía un niño que todo lo pregunta. Alicia se relajó y soltó el cuchillo sobre la mesa. Bollito preguntó, de nuevo, por su vecino de mesa. A Alicia ya no le extrañaba que hablara y se moviera. Al fin y al cabo, los dibujos hablan en la tele y los peces cantan en el cine...
-¿Quién es? ¿Qué le pasa? Cada vez está peor, no para de sudar y huele mucho.
-Es un chorizo.
-¿Y qué es un chorizo?
-Un chorizo es algo que se le pone al pan, a un bollito como tú, para que esté más rico.
Bollito clavó sus ojillos en el chorizo que sudaba y en la punta afilada del cuchillo. Enseguida comprendió lo que podía pasar. Harían con él lo que los humanos llaman un bocadillo de chorizo.
-Que nos vas a comer, ¿no?
-A él, sí. A ti, no. No podría comerme a un bollo que habla.
-Y el chorizo, ¿no habla?
-No, no habla. No piensa, no siente, no se mueve, no hace nada… Sólo existe para ser comido. A él también lo hicieron los hombres, como a ti, pero tú eres un caso muy raro, ¡muy raro, Bollito! –y le hizo cosquillas con su dedo índice en la barriguita, y Bollito se rió.
Se rió por primera vez en su corta existencia. Además, Alicia, le había puesto nombre, Bollito. Y a Bollito le sonó bien y le gustó. Se dio cuenta de que las cosas tenían nombres, y él ya tenía uno; y eso, sin saber por qué, le hacía sentirse bien.
Alicia le contó que él era pan, que había muchas clases de panes y que todos eran alimentos que elaboraban los hombres para comer; y que sin alimentarse los humanos no podrían vivir. Le habló de una máquina metálica con motor y ruedas que servía para ir de un sitio a otro más deprisa y transportar cosas. Que esa máquina necesitaba un líquido que era su energía. Que ese líquido se llamaba gasolina. Y que él era como la gasolina, energía para que los hombres funcionaran.
-¡Ahora entiendo por qué todos me atacan: porque quieren comerme! Claro, yo soy eso que tú dices, gasolina para ellos. Oye, pero la máquina que tú dices que se mueve, esa todavía no me ha atacado…
A Bollito saber que él era alimento para los hombres no le gustó nada. Una cierta tristeza inundó sus migas, pues temía que su vida se convertiría en una continua huída. Pero, enseguida, se animó. ¡Hablar! ¡Hablar le había salvado! Se dijo para sus migas, “ hablar, tengo que hablar para que los demás comprendan que no soy un bollo de pan cualquiera”. Estaba ocupado en estos pensamientos cuando Alicia le dijo:
-No te muevas que tengo hambre y voy a la cocina por un bollo, pero de los de verdad, para merendar. Así verás cómo se hace un bocadillo.
-¿Y cómo se hace un bocadillo?
-Muy fácil. Se corta el pan por la mitad, se corta el chorizo y se mete dentro.
A Bollito no le gustó la idea de contemplar cómo cortaban un bollo por la mitad para meter dentro a aquel grasiento chorizo que tan fuerte olor desprendía. No lo pensó dos veces. Saltó al suelo y, sin rumbo establecido, dejó atrás la granja. Al frente, un enorme campo de espigas de trigo se mecía por el viento formando suaves olas. En sus migas notaba una sensación nueva y extraña, como un cosquilleo que acababa apretándole el migajón del vientre. Bollito se preguntaba qué le estaba pasando. Pero esa será otra historia y lo sabremos en el siguiente capítulo.