Dos plumas de águila

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A partir de 8 años:
Montaña Roja es un joven cheyene que embelesado por el vuelo majestuoso de las águilas quiso demostrar ante su pueblo el valor de su espíritu impetuoso. Para ello intentó cazar la gran águila que dominaba las alturas y hacerse un tocado con sus plumas.
Ficha de audio y vídeo:Texto: Alfredo Gómez Cerdá, adaptado. Editorial Everest.Narradora: Mª José Roquero.Montaña Roja. Juan José Ruíz.Padre/ Roble: Javier Merchante.Cabellos de Noche: Pilar Valdés.Hechicero: Paco Cardona.Huracán Furioso: Jorge Tomé.Músicas: Novem Music y tradicionales indios.Ilustraciones: Teo Puebla.












Dos plumas de águila.
(Alfredo Gómez Cerdá. Adaptado)

Narrador: Montaña Roja sentía que su cuerpo estaba cambiado. Ya casi alcanzaba en tamaño a los más valientes cazadores de la tribu.
Al atardecer, trepaba hasta lo más alto de una roca cercana al poblado y contemplaba embelesado el vuelo de las águilas. De todas ellas, una destacaba especialmente por su vuelo majestuoso y por su tamaño. Cuando la veía alejarse alzaba los brazos y gritaba:
M. Roja: ¡Algún día te cazaré y con las plumas me haré un tocado que causará admiración en mi pueblo!
Narrador: Pasó el tiempo y Montaña Roja se convirtió en un joven impetuoso y ligero como el viento. Como joven cheyene quería demostrar su valor a todo el poblado. Fue entonces cuando comenzó a obsesionarse con un pensamiento. Un día le comunicó a sus padres:
M. Roja: Quiero ir a las montañas, escalar los riscos más altos y cazar a la gran águila. Su espíritu siempre vivirá en mí y con sus plumas me haré un tocado que todos admirarán.
Padre: Hay otras águilas más fáciles de cazar. ¿Vas a arriesgar la vida por unas plumas un poco más grandes que las demás?
Narrador: Luego le comunicó sus pensamientos a Cabellos de Noche sin Luna, la muchacha por la que tanto suspiraba.
M. Roja: Quiero cazar la gran águila que vive en las montañas.
Cabellos: Parece que los años no te hacen más sensato. Ni el más fuerte cazador del poblado se atrevería con ella.
M. Roja: ¡Me gustaría tanto intentarlo!
Cabellos: Si vas, tu vida no valdrá nada. Yo no quiero perderte tan joven.
Narrador: Montaña Roja también habló con el hechicero:
M. Roja: Quiero que me des a beber una poción mágica que me proteja.
Hechicero: ¿Para qué necesitas protección?
M. Roja: Me gustaría cazar la gran águila, la que vive en los ricos más altos de las montañas.
Hechicero: Está bien. Lanzaré los dientes de búfalo. Tu pretensión es absurda. Lo dicen los dientes. Si emprendes ese viaje no podré protegerte. En las montañas te aguardará una muerte segura.
Narrador: Después, se lo dijo a Huracán Furioso, el gran jefe de la tribu:
Huracán: Tu sueño no es un buen sueño. Las praderas están llenas de búfalos. No necesitamos carne de ave.
M. Roja: Con sus plumas me haría un tocado.
Huracán: Puedes hacerte un tocado con otras plumas.
M. Roja: Pero no sería igual. Éstas se entrelazan en todos mis sueños.
Huracán: Aunque no apruebo tu decisión, no te prohibiré que vayas.
Narrador: Desilusionado por tantas negativas no sabía qué hacer con su sueño. Un día, en la orilla del río, vio a Roble Centenario, el hombre más anciano de la tribu. Él se limito a decirle:
Roble: Ve.
Narrador: Al día siguiente, Montaña Roja, salió del poblado completamente solo. Algo de comida, unas cintas, una manta y un cuchillo recién afilado era su escueto equipaje.
Tardó tres días en llegar donde la gran águila tenía su nido. Se sintió insignificante frente a aquella roca de paredes casi verticales. Durmió al pie de la gigantesca roca para iniciar la ascensión al amanecer del siguiente día.
Después de muchas horas, ya al atardecer, Montaña Roja, maltrecho y cansado, consiguió llegar a la plataforma donde la gran águila tenía su nido. El animal estaba allí, como esperándolo, protegiendo a sus aguiluchos.
M. Roja: Vengo por ti.
Narrador: Sacó su cuchillo y tuvo lugar la gran pelea. Las garras del águila rasgaron su pecho y su pico descarnó sus hombros. Perdió su cuchillo y agarró el cuello del águila con sus manos. Ésta aflojó sus garras, ¡ya la tenía en su poder! Volcado su cuerpo contra ella, con una mano, le arrancó dos plumas, pues comprendió que no la mataría. Luego la soltó y remontó el vuelo.
Montaña Roja nunca había sentido una emoción igual.
A los tres días, llegó a su poblado sin apenas poder caminar y delirando por la fiebre. La sangre seca que cubría su cuerpo le daba un aspecto terrible.
Ya recuperado, el gran jefe de la tribu convocó a todo el poblado para poner un nuevo nombre al joven Montaña Roja.
Huracán: He decidido que desde hoy te llames El que Alcanzó un Sueño, y que por ese nombre seas conocido para siempre.
Narrador: Y el pueblo cheyene danzó y cantó durante toda la noche.