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A partir de 8 años.

Había una vez un príncipe de un reino muy pequeño que quería casarse con la hija del Emperador. Para conquistarla, le envió una rosa exquisita y un ruiseñor de maravilloso canto. Sin embargo, la caprichosa jovencita despreció los presentes. Por ello el príncipe se disfrazó de campesino y solicitó trabajo al Emperador, que sólo pudo ofrecerle el puesto de porquerizo imperial...

Ficha de audio y vídeo:
Texto: Christian Andersen.
Narradora: Reyes Rasco.
Príncipe: Hugo Carrasco.
Princesa: Mª José Roquero.
Dama: Pilar Valdés .
Emperador: Javier Merchante.

Músicas: Cazzati (Chacona y Baile Cuarto), Joaquín Díaz (Yo bien puedo ser casada), Johann Strauss (Los patinadores).
Ilustraciones: Anastassija Archipowa (Edit. Everest).
















El porquerizo.
(Christian Andersen)


Narrador: Érase una vez el príncipe de un reino muy pequeño que deseaba casarse. Era bastante osado y se propuso pedírselo a la hija del emperador. Entonces, pensó qué debía enviarle algunos presentes para obsequiarla y así poder llamar su atención.
Príncipe: ¡Decidido, sí! No encontrará fragancia más suave que la rosa que da el rosal que crece sobre la tumba de mi padre. Ah, y también le enviaré mi ruiseñor, su canto le entusiasmará.
Narrador: Los regalos fueron llevados al salón del palacio en dos grandes cajas de plata. La princesa, que se encontraba allí con sus damas y su padre, el emperador, estaba ansiosa por abrirlos:
Princesa: ¡Cuánto me gustaría que fuese un pequeño gatito! ¡Oh, qué desilusión es una rosa!
Dama: ¡Qué linda es!
Emperador: Es más que bonita, ¡es hermosa!
Todos: ¡Hermosa!
Narrador: Dijeron las damas y el emperador, pero a la princesa algo le molestó
Princesa: ¡Ay, papá, qué lástima! ¡No es artificial, sino natural!
Dama: ¡Qué lástima! ¡Es natural!
Emperador: Vamos, no te aflijas aún, y veamos qué hay en la otra caja.
Narrador: Y salió entonces el ruiseñor, cantando de un modo tan bello, que no hubo medio de manifestar nada en su contra.
Emperador: Este pájaro me recuerda la caja de música de mi difunta esposa, la emperatriz. Es la misma melodía, el mismo canto. ¡Oh, cuánto la echo de menos...!
Princesa: Espero que este pájaro no sea natural, ¿verdad?
Emperador: Pues, sí que lo es; es un pájaro de verdad.
Princesa: Entonces, dejadlo en libertad. Ah, y decidle al mensajero que ha traído los regalos... que no quiero ver a su príncipe.
Dama: ¡Un pájaro de verdad y una rosa natural, ¡qué vulgaridad! Este príncipe ha de ser muy inculto y maleducado.

Narrador: Pero el príncipe no se dio por vencido. Se embadurnó la cara de color terroso y, calándose un sombrero hasta las orejas, se presentó en la escalinata que daba acceso al palacio donde casualmente tomaba el sol el emperador.
Príncipe: Buenos días, señor Emperador. ¿No podríais darme trabajo en el castillo?
Emperador: Bueno. Necesito a alguien para guardar los cerdos, pues tenemos muchos, muchos cerdos.
Narrador: Y así pasó a ser porquerizo del Emperador. Le asignaron un mísero cuartucho junto a los cerdos, y allí hubo de quedarse. Se pasaba el día trabajando, y al anochecer elaboraba un pucherito, rodeado de cascabeles; tan pronto el pucherito rompió a hervir las campanillas tocaron una vieja melodía:

(Canción)

Yo bien puedo ser casada / mas de amores moriré

para qué quiero casarme / si a la fin suspiraré

si el marido ha de mandarme / para qué me casaré.


He aquí que acertó a pasar la princesa, que iba de paseo con sus damas y, al oír la melodía, se detuvo:
Princesa: ¡Es mi canción favorita! Este porquerizo debe ser un hombre de gusto. Oye, vete abajo y pregúntale cuánto cuesta su instrumento.
Dama: Como dispongáis mi señora, pero antes me calzaré estos zuecos. Eh, tú, porquero, ¿cuánto pides por tu puchero?
Príncipe: Diez besos de la princesa.
Dama: ¡Dios nos asista!
Príncipe: Éste es el precio, no puedo rebajarlo.
Princesa: ¿Qué te ha dicho?
Dama: No me atrevo a repetirlo. Es demasiado indecente.
Princesa: Entonces dímelo al oído.
Dama: (Bisbiseo).
Princesa: ¡Oh, qué grosero! ¡Vámonos!
(Canción)

Yo bien puedo ser casada / mas de amores moriré

para qué quiero casarme / si a la fin suspiraré

si el marido ha de mandarme / para qué me casaré.


Escuchad, suena otra vez mi canción. Ve de nuevo y pregúntale si aceptaría diez besos de mis damas.
Narrador: Pero su respuesta fue...:
Príncipe: Muchas gracias. Diez besos de la princesa o me quedo con el puchero.
Princesa: ¡Es un fastidio! Pero, en fin, poneos todas delante de mí, para que nadie lo vea.
Narrador: Las damas se pusieron delante con los vestidos extendidos; el porquerizo recibió los diez besos, y la princesa obtuvo la olla.
El porquerizo no dejaba pasar un solo día sin hacer una cosa u otra. Lo siguiente que fabricó fue una carraca que, cuando giraba, tocaba todos los valses del mundo.
Un día al pasar por el lugar... (suena una carrañaca seguida de vals)
Princesa: ¡Oh, esto es magnífico! ¡Nunca oí música tan bella! Oye, entra a preguntarle lo que vale el instrumento; pero nada de besos, ¿eh?
Dama: Esta vez, ¡pide cien besos de la princesa!
Princesa: ¡Este hombre está loco! Pero hay que estimular el Arte. Por algo soy la hija del Emperador. Está bien, poneos delante de mí como la otra vez Dile que le daré diez besos, como la otra vez.
Narrador: Y, una vez situadas las damas convenientemente, el príncipe empezó a besarla. En ese momento el Emperador salió al balcón para tomar algo de aire fresco y se caló las lentes.
Emperador: ¿Qué alboroto hay en la pocilga? Las damas de la Corte que cestán haciendo de las suyas; bajaré a ver qué pasa.
Dama: Ochenta y uno, ochenta y dos, ochenta y tres, ochenta y cuatro, ochenta y cinco, ochenta y seis...
Narrador: El Emperador llegó a donde estaban las damas y al contemplar la escena entró en cólera y golpeó a su hija con la zapatilla en la cabeza.
Emperador: ¿Qué significa esto? ¡Qué besuqueo es éste! ¡Fuera todos de aquí! ¡No quiero volver a verte jamás! ¡Fuera de mi reino, hija infame! ¡Y vosotras también! ¡Fuera de mi vista todo el mundo!
Narrador: Y todos hubieron de abandonar el reino, incluso la princesa y el porquerizo.
Y he aquí a la princesa llorando, mientras llovía a cántaros.
Princesa: ¡Ay, mísera de mí! ¿Por qué no acepté al apuesto príncipe? ¡Qué desgraciada soy!
Narrador: Entonces el porquerizo se ocultó detrás de un árbol, y, limpiándose la tizne que le manchaba la cara y quitándose las viejas prendas con que se cubría, volvió a salir espléndidamente vestido de príncipe.
Príncipe: Ahora sé que mereces todo mi desprecio. Te negaste a aceptar a un príncipe digno. No fuiste capaz de apreciar la rosa y el ruiseñor, pero sí creíste que, para divertirte, podías besar al porquerizo; ¡puesto esto es lo que has salido ganando!
Narrador: Y una vez hubo pronunciado estas palabras, le dijo adiós para siempre y regresó a su reino, mientras ella se quedó allí sola y abandonada.