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Relatos Largos.
Adaptación del relato de Ana María Matute. Un hombre recuerda un otoño de su infancia cuando asistió por unos meses a la escuela de la señorita Leocadia. Allí se encuentra también Ivo, encargado de repartir los libros custodiados en la torrecilla, privilegio que sólo pertenece a él y que sabe defender ante sus posibles rivales.
Ficha de audio:
Narrador/Chico: Pablo Domínguez.
Leocadia: Antonia Zurera.
Ivo: Pilar Valdés.
Mateo: Maite Benítez.
Músicas: Adrián Berenguer (Jamendo)
Duración: 7:51.




El árbol de oro.
(Ana María Matute. Adaptación)

Narrador: Asistí durante un otoño a la escuela de la señorita Leocadia, en la aldea, porque mi salud no andaba bien y el abuelo retrasó mi vuelta a la ciudad.
Recuerdo especialmente a un muchacho de unos diez años, hijo de un aparcero muy pobre, llamado Ivo. Era un muchacho delgado, de ojos azules, que bizqueaba ligeramente al hablar. Todos admiraban y envidiaban un poco a Ivo. Había algo en él que conseguía cautivar a quien le escuchase. También la señorita Leocadia se dejaba prender de aquella red de plata que Ivo tendía:le confiaba a Ivo tareas deseadas por todos, o distinciones que merecían alumnos más estudiosos y aplicados.
Lo que más se envidiaba de Ivo era la posesión de la codiciada llave de la torrecita, en cuyo interior se guardaban los libros de lectura. Allí entraba Ivo a buscarlos, y allí volvía a dejarlos, al terminar la clase. La señorita Leocadia se lo encomendó a él, nadie sabía en realidad por qué.
Un día, Mateo Heredia, el más aplicado y estudioso de la escuela, pidió encargarse de la tarea y la señorita Leocadia pareció acceder. Pero Ivo se levantó, y acercándose a la maestra empezó a hablarle en su voz baja, bizqueando los ojos y moviendo mucho las manos, como tenía por costumbre. La maestra dudó un poco, y al fin dijo:
Leocadia: Quede todo como estaba. Que siga encargándose Ivo de la torrecita.
Narrador: A la salida de la escuela le pregunté:
N/Niño: ¿Qué le has dicho a la maestra?
Ivo: Le hablé del árbol de oro.
N/Niño: ¿Qué árbol?
Ivo: Si no se lo cuentas a nadie…
N/Niño: Te lo juro, que a nadie se lo diré.
Ivo: Veo un árbol de oro. Un árbol completamente de oro: ramas, tronco, hojas… ¿sabes? Las hojas no se caen nunca. En verano, en invierno, siempre. Resplandece mucho; tanto, que tengo que cerrar los ojos para que no me duelan.
N/Niño: ¡Qué embustero eres!
Ivo: No te lo creas. Me es completamente igual que te lo creas o no…
¡Nadie entrará nunca en la torrecita, y a nadie dejaré ver mi árbol de oro! ¡Es mío! La señorita Leocadia lo sabe, y no se atreve a darle la llave a Mateo Heredia, ni a nadie… ¡Mientras yo viva, nadie podrá entrar allí y ver mi árbol!
N/Niño: ¿Y cómo lo ves…?
Ivo: Ah, no es fácil. Cualquiera no podría verlo. Yo sé la rendija exacta.
N/Niño: ¿Rendija?…
Ivo: Sí, una rendija de la pared. Una que hay corriendo el cajón de la derecha: me agacho y me paso horas y horas… ¡Cómo brilla el árbol! ¡Cómo brilla! Fíjate que si algún pájaro se le pone encima también se vuelve de oro. Eso me digo yo: si me subiera a una rama, ¿me volvería acaso de oro también?
Narrador: No supe qué decirle, pero, desde aquel momento, mi deseo de ver el árbol creció de tal forma que me desasosegaba. Todos los días, al acabar la clase de lectura, Ivo se acercaba al cajón de la maestra, sacaba la llave y se dirigía a la torrecita. Cuando volvía, le preguntaba:
N/Niño: ¿Lo has visto?
Ivo: Sí. Le han salido unas flores raras. Mira: así de grandes, como mi mano lo menos, y con los pétalos alargados. Me parece que esa flor es parecida al arzadú.
N/Niño: ¡La flor del frío! ¡Pero el arzadú es encarnado! ¿Y cómo lo ves…?
Ivo: Muy bien. Pero en mi árbol es oro puro.
N/Niño: Además, el arzadú crece al borde de los caminos… y no es un árbol.
Narrador: Ocurrió entonces algo que secretamente yo deseaba; me avergonzaba sentirlo, pero así era: Ivo enfermó, y la señorita Leocadia encargó a otro la llave de la torrecita. Primeramente, la disfrutó Mateo Heredia. Yo espié su regreso, el primer día, y le dije:
N/Niño: ¿Has visto un árbol de oro?
Mateo: ¿Qué andas graznando?
Narrador: Unos días después, me dijo:
Mateo: Si me das algo a cambio, te dejo un ratito la llave y vas durante el recreo. Nadie te verá…
Narrador: Vacié mi hucha, y, por fin, conseguí la codiciada llave. Mis manos temblaban de emoción cuando entré en el cuartito de la torre. Allí estaba el cajón. Lo aparté y vi brillar la rendija en la oscuridad. Me agaché y miré.
Cuando la luz dejó de cegarme, mi ojo derecho sólo descubrió una cosa: la seca tierra de la llanura alargándose hacia el cielo.
Nada más. Lo mismo que se veía desde las ventanas altas. La tierra desnuda y yerma, y nada más que la tierra. Tuve una gran decepción y la seguridad de que me habían estafado.
Olvidé la llave y el árbol de oro. Antes de que llegaran las nieves regresé a la ciudad.
Dos veranos más tarde volví a las montañas. Un día, pasando por el cementerio vi algo extraño. Entre las cruces caídas, nacía un árbol grande y hermoso, con las hojas anchas de oro: encendido y brillante todo él, cegador. Algo me vino a la memoria, como un sueño, y pensé: “Es un árbol de oro”. Busqué al pie del árbol, y no tardé en dar con una crucecilla de hierro negro, mohosa por la lluvia. Mientras la enderezaba, leí:
IVO MÁRQUEZ, DE DIEZ AÑOS DE EDAD.
Y no daba tristeza alguna, sino, tal vez, una extraña y muy grande alegría.