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A partir de 8 años.
El ahijado de la Muerte, cuento popular alemán recogido por los Hermanos Grimm, presenta a la Muerte como protectora de su ahijado a quien convierte en médico famoso. Se trata de un cuento muy difundido en toda Europa; así, por ejemplo, en España existen numerosas versiones como “La Muerte madrina”, la mallorquina “En Pere de sa coca” o la vasca “ El carbonero y la muerte”.


Ficha de audio:
Texto: Hermanos Grimm.Narrador: Javier Merchante.Músicas: Isaac Albéniz y Camille Saint-Sans.Duración:7:40










El ahijado de la muerte.
(Cuento popular alemán recogido por los Hermanos Grimm)
Narrador: Un pobre hombre tenía doce hijos y necesitaba trabajar día y noche para poder darles pan. Cuando el decimotercero vino al mundo, no supo encontrar solución a su necesidad, corrió a la carretera y quiso pedirle al primero que encontrase que fuera su compadre. El primero al que encontró fue a Dios. Él sabía ya lo que angustiaba al hombre y le dijo:
Dios: Pobre hombre, me das pena. Yo seré el padrino, cuidaré de él y lo haré feliz en la tierra.
Hombre: ¿Quién eres tú?
Dios: Yo soy Dios.
Hombre: Pues no te quiero como compadre . Tú das a los ricos y dejas que los pobres pasen hambre.
Narrador: Por tanto, se alejó del Señor y prosiguió su camino. Entonces, se le acercó el diablo y dijo:
Diablo: ¿Qué buscas? Si me quieres de padrino de tu hijo, le daré oro en abundancia y todos los placeres del mundo.
Narrador: El hombre preguntó:
Hombre: ¿Quién eres tú?
Diablo: Yo soy el demonio.
Hombre: Entonces no te quiero por compadre. Tú engañas y corrompes a los hombres.
Narrador: Siguió andando, y en esto llegó la enjuta muerte que avanzó hasta él y dijo:
Muerte: ¿Me quieres de compadre?
Hombre: ¿Quién eres tú?
Muerte: Yo soy la Muerte, que hace a todos iguales.
Hombre: Tú eres la persona indicada: te llevas tanto a los ricos como a los pobres sin hacer diferencias; tú debes ser mi compadre.
Narrador: La muerte respondió.
Muerte: Yo haré a tu hijo rico y famoso, pues a aquel que me toma como amigo no le falta nada.
Hombre: El próximo domingo es el bautizo, así que procura llegar a tiempo.
Narrador: La Muerte apareció como había prometido, y fue un buen padrino. Cuando el muchacho creció, se le apareció y le hizo ir con él. Lo llevó al bosque, le enseñó una hierba que allí crecía y dijo:
Muerte: Ahora recibirás tu regalo de ahijado. Yo te haré un médico famoso. Cuando te llamen a ver un enfermo, yo estaré allí cada vez; si estoy a la cabeza del enfermo, puedes hablar con audacia y decir que quieres curarle, le das esta hierba y él sanará. Pero si estoy a los pies del enfermo, entonces me pertenece y tienes que decir que toda ayuda es inútil y que no le puede salvar ningún médico en el mundo.
Narrador: No transcurrió demasiado tiempo para que el joven se convirtiera en el médico más famoso del mundo. Y de todos los lugares llegaba gente, le llevaban enfermos y le daban tanto oro que pronto fue un hombre rico. Entonces sucedió que el rey enfermó. El médico fue avisado para decir si era posible la curación. Cuando llegó junto a la cama, la muerte estaba a los pies, y para el enfermo no había ya hierba alguna que sirviera para sanarle.
Hijo: Si pudiera engañar por una vez a la Muerte...
Narrador: Pensó el médico...
Hijo: ...estoy seguro de que no lo tomará a mal, ya que soy su ahijado, y hará la vista gorda; lo intentaré .
Narrador: Cogió al enfermo y lo colocó del revés, de tal manera que la Muerte pasó a estar a la cabeza del mismo. Luego le dio la hierba y el rey se recuperó y sanó. La Muerte, sin embargo, fue a ver al médico, llevaba cara larga y de pocos amigos y, amenazándole con el dedo, dijo:
Muerte: Te has burlado de mí; por ahora te lo pasaré, porque eres mi ahijado, pero si te atreves otra vez, te agarraré por el cuello y te llevaré a ti conmigo.
Narrador: Poco después, cayó gravemente enferma la hija del rey. Era su única hija, él lloraba día y noche, tanto que se le cegaron los ojos e hizo saber públicamente que quien la salvara de la muerte se convertiría en su marido y heredaría la corona. El médico, cuando llegó a la cama de la enferma, vio a la muerte a sus pies. Hubiera debido acordarse de la advertencia de su padrino, pero la gran belleza de la hija del rey y la felicidad de ser su marido le trastornó tanto que hizo caso omiso de sus pensamientos. No vio que la Muerte le lanzaba miradas furibundas, levantando la mano hacia arriba y amenazándole con el puño flaco; levantó a la enferma y le colocó la cabeza donde había tenido los pies. Le dio la hierba y pronto se colorearon sus mejillas y la vida volvió de nuevo.
La Muerte, cuando se vio engañada por segunda vez en lo que era su propiedad, se dirigió con grandes pasos hacia el médico y dijo:
Muerte: Estás perdido, ¡ahora te toca a ti!
Narrador: Lo cogió con su mano helada de forma tan fuerte que no pudo oponer resistencia y le llevó a una cueva subterránea. Entonces, vio cómo ardían miles y miles de luces en hileras interminables a la vista, unas grandes, otras medianas, otras pequeñas. Cada minuto se apagaban algunas y otras volvían a arder, de tal manera que las llamitas constantemente cambiantes parecían saltar de un lado a otro.
Muerte: ¿Ves?
Narrador: Dijo la Muerte.
Muerte:Estas son las luces de la vida de los hombres. Las grandes son de los niños, las medianas pertenecen a matrimonios en sus mejores años, las pequeñas pertenecen a los ancianos. Pero también, a menudo, niños y jóvenes tienen una pequeña luz.
Hijo: Muéstrame la luz de mi vida.
Narrador: Dijo el médico, pensando que todavía era muy grande. Pero la muerte señaló un pequeño cabito que amenazaba con apagarse y dijo:
Muerte: ¿Ves? Esa es.
Hijo: ¡Ay!, querido padrino, enciéndeme una nueva, hazlo por mí, para que pueda gozar de mi vida, ser rey y marido de la hermosa hija del rey.
Muerte: Yo no puedo.
Narrador: Contestó la Muerte.
Muerte: Antes tiene que apagarse una para que prenda una nueva.
Hijo: Coloca la antigua sobre una nueva, para que arda rápidamente cuando aquella se acabe.
Narrador: Dijo el médico. La muerte hizo como si quisiera cumplir su deseo; acercó una gran luz, pero como quería vengarse, intencionadamente se equivocó al colocarla y el trocito se cayó y se apagó. Rápidamente el médico cayó al suelo y fue a parar a los brazos de la muerte.
Muerte: Y colorín colorado, este cuento tan triste se ha terminado.