El alma en pena de Fiz Cotovelo.

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San Andrés de Teixido

Xan de Malvís, más conocido como Fendetestas, se refugia en la espesura de fraga a fin de abandonar su pobre condición de jornalero por otra que le reporte mejores réditos sin tanta fatiga. Allí conocerá a Fiz de Cotovelo, un fantasma con quien a fuerza del roce llega a intimar en las solitarias noches del bosque.
Relato adaptado perteneciente a El bosque animado, de Wenceslao Fernández Flores.
Reparto:
Narrador: Javier Merchante.
Fendetesta: Joaquín Foncueva.
Fiz de Cotovelo: Paco Trujillo.

Música:
VVSMUSIC (Jamendo).

El alma en pena de Fiz Cotovelo by jmerchante



El Alma En Pena De Fiz Cotovelo

(Wenceslao Fernández Flórez, adaptado)

Narrador: Esto ocurrió en aquellos años en que una gallina costaba dos pesetas.
Xan de Malvís, más conocido por Fendetestas, pensó -una vez que llenaba de piñas un saco remendado- que aquella espesura podía muy bien albergar a un bandolero y apreció la inexistencia del bandido como una vacante que podía ser cubierta. Y se adjudicó la plaza.
Cuando Fendetestas abandonó sus tareas de jornalero para emprender la higiénica vida del ladrón de caminos, no disponía más que de un pistolón. Fendetestas llevó también a la fraga un ideal: robar la casa de algún cura. No hubo ni hay en campo gallego un solo ladrón que no haya robado a un cura o soñado en robarle. Es un tópico de la profesión.
Xan de Malvís pensó, naturalmente, en robar a un párroco, pero aplazó su proyecto para cuando hubiese adquirido cierta perfección en el oficio. Las primeras semanas las dedicó a desvalijar a los labriegos que volvían de vender ganado en las ferias. Y no le iba mal. Apañó el primer mes dieciocho duros, más de lo que ganaba en un trimestre trabajando para los ladrones de Armental. Comía lo suficiente, dormía en una cueva arcillosa que iba dando a su traje la dureza de una tabla, y entretenía sus largos ocios haciendo trampas para pájaros.
Pero una noche tuvo una visión que le llenó de pavura. Por entre robles y castaños vio avanzar un fantasma. Era un fantasma enteramente igual a cualquier otro fantasma aldeano. Venía envuelto en una blanca sábana, traía una luz sobre la cabeza y arrastraba unas cadenas que chirriaban al rozar con los pedruscos del camino.Corrió hacia su cueva y no concilió el sueño hasta el amanecer.
Dos noches después casi tropezó con el mismo fantasma:

Ladrón: ¡Jesús, María, José! Quién eres y qué quieres de mí?
Fantasma: Soy el ánima de Fiz Cotovelo, el de Cecebre, que anda penando por estos caminos.
Ladrón: ¿Quieres unas misas?
Fantasma: Nunca vienen mal. Pero si me ves así es porque hice en vida la promesa de ir a San Andrés de Teixido y no la cumplí, y ahora necesito que un cristiano vaya descalzo y peregrinando en mi lugar, y que lleve una vela tan alta como yo he sido.
Ladrón: Pues... yo bien iría ... ; pero, la verdad, no me conviene mucho ni creo que me dejasen llegar muy lejos.
El espectro lanzó un largo gemido y siguió arrastrando sus cadenas.
Ladrón: Rezaré por ti.

Narrador: Desde entonces el bandido pudo saber perfectamente cuándo eran las doce en punto de la noche. Como lo habitual pierde emoción y Malvís era un hombre valiente, concluyó por familiarizarse con la presencia del fantasma. Muchas noches, esperaba, sentado en las piedras, al espíritu de Fiz Cotovelo y le instaba a detenerse.

Ladrón: ¿Qué prisa llevas? ¿Cómo marcha el asunto?

Narrador:Entonces ambos conferenciaban gravemente. Fiz Cotovelo se dolía de que todos escapasen aterrados, sin pararse a escuchar lo que tenía que decirles, y de la enorme cantidad de agua bendita que le arrojaban en la aldea y que le hacía andar siempre con la sábana terriblemente húmeda. Malvís hablaba de sus pequeños negocios del día y, sobre todo, de su proyecto de asalto a la casa del cura.
A veces el fantasma se interesaba en la vida del bandolero.

Fantasma: ¿Lo pasas bien?
Ladrón: Es peor arar; te lo digo yo, es peor arar. Lo malo está en que no puedo salir de aquí a comprar tabaco. Si hubiese tabaco en la fraga, no me cambiaba por el maestro de escuela. Palabra. Pero cuando no puedo fumar... Muchos días estuve tentado, sólo por eso, a volver a ser un hombre decente.

Narrador: Una noche, contó su vulgar historia al bandido. Él, Félix Cotovelo, había vivido y muerto muy pobre, muy pobre. Pero aparte el pesar de haber dejado incumplida su promesa a San Andrés de Teixido , no llevó a la tumba otro pesar que el de no haber realizado su candente deseo de marcharse a América. Fue una obsesión que le acompañó desde la niñez. Si hubiese ido allá sin duda habría alcanzado la fortuna, como tantos otros, y podría haber tenido su casita y sus eras, y un diente o dos de oro, y una vejez regalada, y podría contar las aventuras de la ruda labor que había realizado hasta desembocar en prosperidades.
En verdad, ya no sabían conversar sino acerca de aquel tema cautivador.
Cotovelo refería a Malvís la magnificencia de la vida de su abuelo, que había estado en Cuba y había vuelto a casarse y a comprar tierras en Cecebre. Cuando murió, repartióse su hacienda entre sus tres hijos, y entonces tuvieron éstos que aumentar su trabajo y reducir su comida. Pero en fin, el padre de Fiz Cotovelo aún podía vivir sin más ahogos que los de cualquier otro labrador. Lo terrible fue que entre los seis hijos que dejó a su vez, las tierras se atomizaron hasta lo increíble. Era el mal de Galicia y la razón por la que se hundían en la miseria aquellos que no podían emigrar. Un prado les quedó tan repartido, que si una vaca iba a pacer en él no podía comer la hierba propia sin tener las patas traseras en la propiedad de otro hermano y los cuernos proyectando sombra en la de un tercero. Y siempre pensando, siempre, siempre, en que si hubiese podido marchar a América tendría la fortuna con él enjaulada.

Ladrón: América está en todas partes.
Fantasma: No está, no.

Narrador: El ladrón fue sintiendo hacia él una simpatía que se mezclaba a cierta sensación de superioridad. Pero no pasó mucho tiempo sin que se diese cuenta de que su único amigo le llevaba involuntariamente a la ruina.
Desde que se supo que entre la espesura de la fraga iba y venía un espectro, nadie gustaba de aventurarse por las vereditas que la cruzaban. Fendetestas se halló súbitamente sin clientela. Ser ladrón en un desierto sin caravanas es la más estúpida de todas las ocupaciones. Al descubrir la causa de aquel aislamiento, sintió mal humor por primera vez desde que se había retirado a la cueva. Terminó por decírselo francamente.

Ladrón: ¿Aún no encontraste a nadie que quiera ir a Teixido?
Fantasma: ¿Cómo voy a encontrar si en cuanto me ven se caen sin sentido o huyen dando voces sin detenerse a saber lo que quiero ni por qué estoy penando? Resulta imposible hablar con nadie, y así no puede ser. Luego se pasan noches y noches sin que yo vea alma viviente, como no seas tú.
Ladrón: Tampoco yo veo a nadie, y eso es lo peor. Escorrentaste hasta a la guardia civil. Eres mi ruina, Cotovelo. ¿Por qué no te vas?
Fantasma: ¿Adónde he de ir? Cualquiera diría que estoy donde no debo. Todas las fragas tienen un fantasma, como tienen también un ladrón.
Ladrón: ¿Por qué no te presentas a un pariente?
Fantasma: No nos llevamos bien.
Ladrón: ¡Pudiendo ir a todas partes, Cotovelo, como puedes tú; pudiendo ver la capital, o ir a Santiago o conocer Madrid, hombre, donde tanto hay que ver .. ! Lo mismo encontrarías allí que aquí el cristiano que buscas para ese servicio, o acaso mejor allí, y a la vez te distraías algo.
Fantasma: Aquí nací y aquí viví Y nada me interesa como esto. En otros sitios no conozco a nadie. No me voy.
Ladrón: Pues fastidiar, bien me fastidias.

Narrador: Cierta noche vieron marchar por la negra lejanía una serie de puntitos de luz que avanzaban de oriente a occidente, uno tras otro, conservando siempre una distancia igual entre sí. Fendetestas se levantó sobresaltado.

Ladrón: Así Dios me salve como sea la Santa Compaña.
Fantasma: Es.
Ladrón: Viene hacia aquí.
Fantasma: No. Va hacia el mar.
Ladrón: ¿Es cierto que no hay obstáculo para ella, que sigue siempre en derechura, sobre los montes y sobre los barrancos y sobre el agua ...?
Fantasma: Sí.
Ladrón: ¿Y hasta podrá dar la vuelta al mundo?
Fantasma: Claro que puede.
Ladrón: Pues si ésos van hacia el mar, todo por ahí, siguiendo en línea recta, a donde llegarán no es otro sitio que las Américas. Por ahí se van también los vapores. Ahora es la zafra en Cuba. Buena ocasión de ver aquello. Se trabajará de firme en los campos de caña y habrá allí muchos hombres ganando buenos jornales. No digo yo que quisiera ser uno de ellos, pero me gustaría verlo si pudiese y no me hicieran pagar el viaje.
Fantasma: Sí, Malvís. Debe de ser un buen espectáculo.
Ladrón: Sobre todo, verlo, Cotoveliño; haber estado allí... Porque, mira, no haber ido a San Andrés de Teixido..., bueno.... no está bien; pero hay mucha gente que no fue y no siente verguenza. Pero... ser de la tierra y no conocer América, Cotovelo...
Fantasma: Es verdad.
Ladrón: No poder contar nunca: «Cuando yo estuve en Cienfuegos ... ». Los pobres que nunca logramos ir, no somos nadie. Ahí tienes unos compañeros tuyos que van a allá. ¿Qué te iban a decir si te unieses a ellos? Seguramente...

Narrador: Pero no hizo falta que continuase. El secular afán migratorio, reforzado por el también secular afán de no pagar el pasaje, habló en el alma del campesino difunto. Erguido, lúgubre, el fantasma de Fiz Cotovelo se alejaba como empujado por el viento, hacia la negra lejanía.
Y pronto hubo una luz más entre las luces de la Santa Compaña. Fendetestas la vio, persignóse y lanzó un suspiro alivio.