El caballero.

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En El caballero encontramos bien reflejados dos aspectos definitorios de la literatura de Cunqueiro: un lenguaje extraordinario lleno de matices y la sucesión de ficciones de carácter fantástico que se van desgranado vertiginosamente.
Cunqueiro incorpora varias narraciones que van entrelazándose en una sucesión inagotable de fantasías contadas al estilo caballeresco: la del caballero don Leonís, narrador de las historias; su señor, casado con una mujer diríase de cristal que acabó rompiéndose; Lanzarote, que engendró gemelos, Sibila y Silván, sobre los que se profetizó que seguirían el destino de Tamar y Amon, por lo que fueron separados; el torneo que dieciséis años más tarde se convocó para conceder la mano de Sibilia y que ganó un Doncel Desconocido que resultó ser Silván; el encuentro amoroso que ambos tuvieron la noche previa a los esponsales fruto de la cual engendrarían un niño; el conocimiento en la intimidad de la ceremonia de su parentesco lo que les obliga a su alejamiento; el descubrimiento por don Leonís de los amores que Silván mantiene con una estatua en figura de doña Sibila que cobra vida por la noche; y las consecuencias que tal hecho supone para su integridad física, perseguido desde entonces por una jauría de perros.

Reparto:
Don Leonís: Chema del Barco.
Barquero: Javier Merchante.
Juan: Joaquín Foncueva.
Madalena: Maite Benítez.
Músicas: Yael Bat-Shimon, MDTmusic, Jean Pierre Saussac, Dj Fab (Jamendo).





El Caballero
(Álvaro Cunqueiro, adaptado)

Caballero: ¡Ah de la barca!
Barquero: Habrá de apearse y ayudarme a entrar la bestia.
Caballero: ¿Este es el paso de la Salgueira?
Barquero: El mismo. Ese es el puente viejo
Caballero: ¡Vamos! ¡De prisa! ¡Se oyen otra vez los canes!

Caballero: ¿Tendréis cama por esta noche?
Juan: Mala noche para caminantes. El río no cesa de medrar. Dicen que hay
lobos en el Pontigo. Pláceme que os quedéis, tanto por vos como por el gasto.
Barquero: Madalena, sírvele al caballero aguardiante y a mí ribeiro, que yo por complexión caliente soy dado al vino tinto.
Caballero: Gustar, gustaríame el oficio de barquero. En mi país es oficio de rey.
Madanela: ¿De dónde sois?
Caballero: De lejos, más allá de cien días de caballo. Si queréis oír mí historia habéis de atrancar la puerta, y vos habéis de amarrar la barca por esta noche.
Barquero: Dadla por amarrada. ¡Nadie del país pasará por aquí con semejante temporal!
Caballero: No temo la gente del país
Barquero: ¿Teméis los canes que espantaban vuestro caballo?
Caballero: Ese es el final de la historia.

Caballero: Soy mensajero de un señor, casi un rey que vive más allá en los mares. Se llama mi país Narahio. Mi amo es un gran caballero, viudo de una dama llamada doña Beatríz, que era una señora de mucho ver, con el pelo tejido de oro y perlas y una carne de cristalería; toda ella era como una estatua de vidrio, frágil y transparente. Mí señor la conoció en Italia, se enamoró y no paró hasta conseguirla. Ella le amó mucho, y, cuando murió, se murmuró en nuestra tierra que la muerte fue porque tropezó y cayó y se quebró como lo que era: cristal fino. Mi señor quedó triste, el cabello se le tomó blanco en un día.
Hablando de mí, os diré que soy su correo, no tengo mujer ni hijos y vivo en un palomar, enseñando palomas mensajeras y canes guardadores.
Un día del verano pasado recibí una orden de mi señor. Quería que me pusiera en viaje a la busca de la verdad de una historia antigua, que a él le tocaba por un tío suyo del que ahora tiene en un castillo un nieto de seis años. Aunque sabía yo que averiguar esa historia pasada podía traerme, como me trajo, males, duelos y peligros, no dudé salir de viaje un día de agosto, diciéndome que quizá nunca más volvería a ver las torres de Narahio. De esto va para dos años y aún estoy lejos del final de esta mensajería.
Un tío de mi caballero en cuestión, conocido por don Lanzarote, tuvo dos hijos, niño y niña, los dos de un vientre, y cuando nacieron echáronle a don Lanzarote la profecía de que serían Tamar y Amón, porque al nacer la madre soñó que un gavilán devoraba a una paloma. Contristose la princesa y don Lanzarote, para aliviar la melancolía de su esposa llevó el niño a Soage, mi lugar, para que lo educaran en las armas y en la cortesía, separándolo de su hermana , que fue llevada a Constantinopla a casa de una tía abuela. Pensaron don Lanzarote y doña Teodora que no se viesen los hijos hasta mayores y casados ambos, y en esto estuvo la causa de la tragedia y el que la profecía fuese cumplida, que paréceme a mí que si de niños hubiesen jugado juntos y se hubieran tratado de hermanos cada día, no hubiese llegado el mal a sus corazones... Pasaron dieciséis años, en los que no hubo novedad mayor, salvo la muerte de don Lanzarote en las guerras que hubimos en Oriente. Doña Teodora acercose a Constantinopla a ver a la hija y se asombró de que aún estuviese soltera, y como tenía posibles hizo un torneo, ofreciendo al vencedor la mano de Sibila, que así la nombraban. Acudieron príncipes y muchos caballeros, y a todos excedió un caballero vestido de galas negras, al que llamaron el Doncel Desconocido. Este caballero, que no se descubrió ante las damas, ganó el torneo. Ya habréis dado en que el Desconocido era don Silván, el hermano de la novia.
Cuando doña Sibila le dio al desconocido el premio del pañuelo colorado susurró al oído del caballero que tenía un cenador en su huerto. El Doncel Desconocido no vio inconveniente en tocar a vísperas, máxime que al día siguiente ante doña Teodora y el Patriarca, había de ser casado. En viniendo la noche salió de su posada embozado y pasó al huerto de doña Sibila, que le esperaba en el cenador. Allí en el cenador pasaron las vísperas, y si la alondra no canta, paréceme que aún seguirían con sus juegos, porque mucho se gustaron, según lo que después se vio. Fuese a su posada feliz y amoroso don Sílván, vistió traje de seda y caminó a las Blanquernas, donde ya estaban la novia, doña Teodora y el Patriarca. La velación entre los griegos se hace a puertas cerradas, con sólo el sacerdote y los padres. Lo que allí pasó sólo se sabe por inquisición, que nadie dijo palabra. Doña Teodora salió muerta; doña Sibila, desmayada; don Silván, demudado, y el Patriarca, con la tiara en la mano.
Silván huyó y el Patriarca anunció que la boda no podía celebrarse porque el caballero vencedor era leproso. Con esto se quiso echar tierra al asunto. Lo que allí pasó fue que al declarar el Doncel Desconocido su nación y nombre, la pobre madre vio la profecía cumplida y dio el alma a Dios, gritando la desventura.

Juan: Paréceme una historia. ¡Mojad, mojad la lengua, mi amigo!
Caballero: Doña Sibila parió a los nueve meses un niño, ese que os dije que tiene seis años. Doña Sibila entró en un convento, donde está ahora a la muerte y que aquí viene el porqué de mi mensajería.
Barquero: Dejemos ese porqué para tras la cena.
Caballero: Don Silván huyó como un ciervo, pero ciervo enamorado. Doña Síbilia dejó Constantinopla por Narahio, y en el castillo de Ansemar le nació el hijo, ese mocito que os dije. Mi caballero, ahora que doña Sibila está muriéndose, envióme a la busca del padre, del que en estos ocho años no hubo noticia. Averigüé yo que de Levante pasó a Venecia, y de allí, a Roma. Allí mercó una finca que tiene un jardín cercado, y allí fue mi mayor aventura, esa que ahora pone en peligro la vida mía.
Con una carta que llevaba, fui a llamar a su puerta, fingiéndome Miguel de nombre y de oficio jardinero. Y aconteció que precisamente necesitaban uno en la casa, porque había de mudar la disposición de algunas partes del jardín para colocar una estatua que esperaban de un día para otro. La casa de don Silván era grande y bella; en los dos salones de la terraza estaba prohibida la entrada a los sirvientes. Ahí dormía el caballero, y de allí, por la noche, salía una música como otra no oísteis. Os adormeceríais en su arrullo. En las tinieblas se oían sollozos y pasos. Todas las noches la misma pieza y a la misma hora. Yo cobré temor, pareciéndome que algo, conjuro o encanto, se escondía tras ella.
Barquero: ¿Y era así?
Caballero: Así era. Una tarde llegó al jardín don Silván y vino a mí, diciéndome que anochecido habrían de llegar con la estatua que aguardábamos. Díjele que con mis fuerzas contara. Nunca vi mármol más pesado; cinco la sentamos en su pedestal.
La estatua figuraba una mujer desnuda a su natural tamaño y el rostro se lo encontré tan conocido, que pasmé; era el de doña Sibila. Yo sólo había visto a la dama una vez, enferma y dolorida; pero, sin más, la reconocí. No oí ninguna música esa noche; pero volví a oírla la noche siguiente , y tenía una parte nueva, como una risa argentina. Yo no pude más y me propuse averiguar sin más pausa el secreto de la casa, decidiéndome a vigilar el jardín y la terraza. Una noche, como don Silván acostumbraba a cerrar la casa con llave y candado, hice por quedarme oculto tras un macizo de rosacrestas. Sobre las dos serían cuando apareció en la terraza don Silván; los salones estaban iluminados como para una fiesta. A su lado salió un enano que comenzó a afinar su violín, violín que reconocí como el de la música que os conté. Mi amo bajó al jardín acercándose a la estatua de doña Sibila, y el enano comenzó su tocata. Comenzó la estatua a moverse, el mármol a despertar. Vi con los ojos míos levantarse la doña Sibila de mármol y, apoyada en el hombro de don Silván, brincar del pedestal al césped. En sus brazos la tomó don Silván, y seguidos por el músico pasaron al salón de la terraza. Os ahorraré la visión de sus excesos y delirios. ¡Cómo se amaron! El claror del día puso fin a la orgía. Él se adormeció sobre los cojines. Ella abandonó el salón y pasó a la terraza. Pasó a mi lado, desnuda y perfumada camino del pedestal. Y no me pude resistir. Mi mano derecha fue hacia ella y la tocó en un hombro. Diréisme que fui loco; pero ¿qué sabe nadie del alma de nadie? Mi mano tropezó con una carne humana, con una carne fría y viscosa como panza de culebra. Ni la cabeza volvió. Siguió su camino guiada del enano y pasó a su lugar donde tomó la figura de estatua. Determiné comprar un caballo y pasar a Ostia en busca de barco para Narahio. Al día siguiente, al pasar junto a la estatua espanté; allí, en su hombro izquierdo, donde mi mano la había tocado, estaba la señal de los dedos y de la palma en el mármol, como si hubiera sido labrada. Entró el terror en mí, y sin esperar un minuto más huí a Roma, pensando que cuando don Silván se percatase de la huella, había de averiguar quién fue el osado espía. Huí a Roma y ya no me atreví a pasar a Ostia. Ofrecí peregrinación a Compostela, en cuyo camino estamos. Desde Roma, amigos, me sigue el enano con canes rabiosos, tocándome músicas con las que pretende atraerme a la muerte, porque mi huida me delató y quieren enterrarme con mi secreto. Sáleme a todos los caminos y creo que puede volverme loco. Este mediodía me detuve para que el caballo bebiera en un regato, y de entre unas hayas salió la voz del violín del enano, una voz sutil y acariciadora que como una mano de seda se tendía hacia mí. Pero sobre el violín brincó el ronquido impaciente de un perro de presa, y fue como si una garra negra rasgase la seda que enguantaba la mano de la música que os digo.

Barquero: Don Leonís no quiso ir a la cama. Pagó el gasto, advirtiendo que a lo mejor tenía que salir de improviso. Yo me ofrecí para hacerle compañía, pero la rechazó diciendo que a mis años mejor me venía una buena cama. Dormí, y a la mañana, cuando desperté, ya no estaba don Leonís en la posada. Siempre pensé que Madanela le hizo compañía. Era una moza alegre y donairosa, que se arrebolaba por nada y sin duda muy soñadora. Él le dejó de regalo un pañuelo de Cambray, muy bordado, que en una punta tenía una avecita colorada con una cinta de letras en el pico. Las letras decían: «Con amor vivírás». Poco vivió la moza. Se ahogó viniendo de la romería del Pomar. Una mañana encontraron el cuerpo estribado en la represa del molino, medio comido de los ratas y las lampreas. ¡Siempre me recuerdo del gracioso andar y de los ojos azules de aquella rapaza!