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Relatos largos.

Michel, soltero de unos 60 años, es el pariente pobre de una familia reunida para celebrar el día de navidad. Según la tradición, amenizan la sobremesa con el relato de historias a cargo de los comensales. Michel se ve impelido a iniciar la sesión que no dejará indiferente a nadie.
El cuento del pariente pobre, de Charles Dickens, versión adaptada, un cuento de navidad.

Ficha de audio:
Texto: Charles Dickens, adaptado.

Michel: Juan José Ruiz.
Tío Chill: Javier Merchante.
Christiana: Mª José Blaya.
John, socio: Paco Vila.
John, pariente: Adolfo Zarandieta.

Músicas: Nikos Boubas, Triplexity y Pasco.

Duración: 19:27.





El cuento del pariente pobre.
(Charles Dickens, adaptado de la traducción de Marta Salis)

Ambiente: Vamos, Michel, no tienes escapatoria este año. No te niegues más.
Michael: John, debe ser John, nuestro querido anfitrión, quien debe tener la gentileza de comenzar...
Ambiente: No, no, esta navidad debes ser tú el primero. ¡Empieza de una vez!¡Te estamos esperando! ¡No te hagas de rogar!
Michael: Está bien... Estoy seguro de que os sorprenderé con la confesión que voy a hacer. Os prometo que seré escrupulosamente fiel a la verdad.
No soy lo que aparento. Soy muy diferente. Pero quizá sea mejor que eche una ojeada a lo que se supone que soy.
La gente cree, si no me equivoco, que no tengo otro enemigo que yo mismo. Que nunca tuve el menor éxito en nada. Que fracasé en los negocios porque fui crédulo y poco profesional al no prever los planes interesados de mi socio. Que fracasé en el amor porque fui ridículamente confiado al creer imposible que Christiana me traicionara. Que fracasé en mis esperanzas con respecto a tío Chill, debido a mi falta de sagacidad en asuntos mundanos. Que a lo largo de la vida he sufrido, por lo general, desaires y decepciones. Que hoy soy un soltero de casi sesenta años que vive de una pequeña renta en forma de asignación trimestral a la que, por lo que veo, John, nuestro querido anfitrión, no desea que continúe refiriéndome.
Mis ocupaciones y hábitos en la actualidad son, en teoría, los siguientes:
Vivo en un alojamiento de Clapham Road —en una habitación trasera muy limpia, en una casa muy respetable—, donde no está previsto que pase el día, a menos que me sienta mal, y que normalmente abandono a las nueve de la mañana con el pretexto de dirigirme a la oficina. Desayuno (un panecillo con mantequilla y media pinta de café) en un antiguo café cerca del puente de
Westminster; y luego callejeo un rato, y visito las escasas oficinas donde algún pariente o conocido tiene la amabilidad de tolerar mi presencia, y donde me arrimo, sin sentarme, al fuego si hace frío. Es así como paso el día hasta que llegan las cinco, hora en que ceno por un promedio de un chelín y tres peniques. Como me sobra un poco de dinero para mi entretenimiento vespertino, entro en algún viejo café de camino a casa, y tomo una taza de té, y quizá un poco de pan tostado. De tal modo que, cuando la manecilla gruesa vuelve a ponerse en la misma hora de la mañana, regreso a Clapham Road y me voy directamente a la cama, ya que encender la chimenea es caro, y la familia que me aloja no quiere hacerlo porque da trabajo y ensucia mucho.
A veces, alguno de mis parientes o conocidos tiene el detalle de invitarme a comer.
Soy un hombre solitario, y rara vez paseo acompañado; ni soy divertido ni me considero una compañía interesante.
La única excepción a esta regla es el hijo de mi primo hermano, el pequeño Frank. Siento especial cariño por ese niño, y él me quiere mucho. Es una criatura tímida por naturaleza; de esas que la multitud enseguida arrolla y olvida. Pero los dos nos llevamos extraordinariamente bien. Supongo que el pobre niño acabará ocupando el mismo extraño lugar que yo en la familia. Apenas hablamos; y, sin embargo, estamos muy compenetrados. Paseamos juntos, de la mano; y, sin decir casi nada, él me entiende y yo lo entiendo a él. Un día en que íbamos caminando por Lombard Street, un lugar que visitamos a menudo porque yo le conté que allí vivía gente muy rica, un caballero dijo al cruzarse conmigo: “A su hijito se le ha caído un guante”. Os aseguro que esa mención fortuita de que fuera hijo mío me conmovió hasta tal punto que unas lágrimas ridículas asomaron a mis ojos.
Cuando manden a Frank a un internado en el campo, lo echaré mucho de menos, pero tengo la intención de ir andando a verlo una vez al mes, cuando él tenga medio día libre. Y si mis visitas no se consideran oportunas para el niño, lo veré de lejos sin que se entere, y volveré andando a casa. Su madre es de muy buena familia, y soy consciente de que no le gusta que pasemos demasiado tiempo juntos. Sé que no soy la mejor compañía para su carácter retraído; pero creo que me echaría realmente de menos si nos impidieran vernos.
Cuando muera en Clapham Road, no dejaré mucho, pero tengo la miniatura de un niño que pediré que sea entregada a Frank. He escrito, asimismo, una carta muy breve a mi querido pequeño. Le doy algún pequeño consejo para advertirle del peligro de no tener otro enemigo que uno mismo; y trato de consolarle, señalándole que, salvo para él, no he pintado nada para nadie más de la familia; y que, al no haber conseguido hacerme un lugar entre esta concurrida asamblea, estaré mejor fuera de ella.
Ésa es la imagen que todo el mundo tiene de mí. Pues bien, se da la circunstancia extraordinaria, y que constituye el objetivo de mi historia, de que nada de eso es verdad. Ni ésa es mi vida, ni ésos son mis hábitos. Ni siquiera me alojo en Clapham Road. En términos relativos, rara vez estoy allí. Vivo por lo general en un castillo. No digo que sea una antigua residencia de la nobleza, pero sigue siendo un edificio que todo el mundo llama castillo. En él conservo los detalles de mi historia, que enumeraré a continuación:
Cuando convertí a John Spatter (que había sido mi empleado) en mi socio, siendo yo un joven de veinticinco años que vivía en casa del tío Chill, me atreví a pedirle a Christiana que se casara conmigo. Llevaba mucho tiempo enamorado de ella. Era muy hermosa, y encantadora en todos los sentidos. Yo desconfiaba un poco de su madre viuda, pues temía que fuera intrigante y mercenaria; pero, por Christiana, tenía de ella el mejor concepto posible. Jamás había amado a nadie que no fuera Christiana, y ella había sido todo... bueno, mucho más que todo para mí desde que éramos niños.
Christiana aceptó ser mi mujer con el consentimiento de su madre, y me hizo el hombre más feliz del mundo. Mi vida en casa del tío Chill era austera y aburrida, y mi dormitorio de la buhardilla tan inhóspito, oscuro y frío como una celda en lo alto de una severa fortaleza norteña. Pero, teniendo el amor de Christiana, no deseaba nada más en la tierra. No habría cambiado mi destino por el de ningún otro ser humano.
La avaricia era, por desgracia, el principal defecto de mi tío Chill. A pesar de su riqueza, era cicatero, mezquino y tacaño, y vivía míseramente. Como Christiana no tenía dinero, no me atreví a contarle que nos habíamos comprometido; pero le escribí una carta para comunicarle la noticia. Se la di una noche, antes de acostarme.
A la mañana siguiente, me dirigí a la sala donde desayunaba con mi tío. Nos levantábamos siempre tan temprano que, en esa época del año, desayunábamos a la luz de una vela. Cuando le tendí la mano, cogió su bastón y me golpeó con él profiriendo un insulto.

Michael: Tío, no esperaba que se enfadara usted de ese modo.
Tío Chill: ¿Qué no lo esperabas? ¿Cuándo se te ocurrió esperar algo? ¿Cuándo se te ocurrió contar con algo, o desear algo, perro despreciable?
Michael: ¡Sus palabras son duras, tío!
Tío Chill: ¿Duras? No son más que plumas para lanzarle a un idiota como tú. ¡Deja de frotar mis piernas y mira como lloriquea este gallina, Betsy Snap!
¡Mira qué niñito de pecho! He aquí al caballero que, según dicen, no tiene otro enemigo que a sí mismo. He aquí al caballero incapaz de decir que no. He aquí al caballero que ganaba tanto con su negocio que no ha tenido más remedio que asociarse con otro hace unos días. He aquí al caballero que contraerá matrimonio con una mujer sin un penique, y ¡que ha caído en manos de unas Jezabeles que especulan con mi muerte!
Con mi muerte, con mi muerte... muerte... ¡Muerte! Pero yo terminaré con tanta especulación. Que sea la última vez que comes en esta casa, sinvergüenza, y ¡ojalá te atragantes!
Y ahora, señor Michael, antes de separarnos, me gustaría hablar con esas damas en tu presencia.
Michael: Como usted quiera, señor; pero se engaña a sí mismo, y nos juzga equivocada, cruelmente, si piensa que entre nosotros hay algún otro sentimiento que no sea el amor más puro, desinteresado y sincero.
Tío Chill: ¡Mentiroso!


Michael: Nos dirigimos a la casa donde vivían Christiana y su madre. Mi tío las conocía muy bien. Estaban desayunando, y les sorprendió vernos tan temprano.

Tío Chill: A sus pies, señora. Supongo que adivina usted el propósito de mi visita. Tengo entendido que lo que se cuece aquí es el amor más puro, desinteresado y sincero. Me alegra traerles cuanto necesita para ser perfecto. Aquí tienen a su yerno, señora, y a su marido, señorita. A este caballero yo no lo conozco de nada, pero le deseo lo mejor en su bonito negocio.


Michael: Me gruñó al salir, y jamás volví a verlo.
También es un error suponer que mi querida Christiana se dejara convencer e influenciar por su madre y se casara con un hombre adinerado, cuyo carruaje me llena de barro siempre que, en estos nuevos tiempos, ella pasa a mi lado. No, no. Se casó conmigo.
El modo en que llegamos a casarnos antes de lo previsto fue como sigue. Yo alquilé una habitación muy barata, y estaba ahorrando y planificando lo mejor para ella cuando un día me dijo con la mayor seriedad:

Christiana: Mi querido Michael, te he dado mi corazón. He dicho que te amaba y me he comprometido a ser tu mujer. Soy tan tuya en lo bueno y en lo malo como si nos hubiéramos casado el día en que acepté tu mano. Te conozco y sé que, si tuviéramos que separarnos y nuestro vínculo se rompiera, tu vida entera se ensombrecería, y toda la fortaleza que necesitas, incluso ahora, para enfrentarte al mundo se convertiría en la sombra de lo que es.
Michael: ¡Qué Dios me ayude, Christiana! Tienes toda la razón.
Christiana: ¡Michael! No sigamos separados por más tiempo. Nadie sabe mejor que yo lo feliz que viviré con los medios de que dispones, y sé de sobra que son suficientes para ti. Te lo digo con el corazón. No sigas luchando solo; luchemos juntos. Mi madre, olvidando que, cuanto has perdido lo has perdido por mí, quiere que tenga un marido rico e insiste, pobre de mí, en que me case con otro. No puedo ni pensarlo, pues, si lo hiciera, te traicionaría. Prefiero compartir tu lucha que contemplarla sin hacer nada. No necesito un hogar mejor del que tú puedas ofrecerme. Sé que tus esfuerzos y aspiraciones serán mayores si soy tu mujer, así que ¡casémonos cuando quieras!

Michael: Aquel día fui realmente bendecido, y un nuevo mundo se abrió ante mí. Nos casamos enseguida, y llevé a mi esposa a nuestro feliz hogar. Éstos fueron los cimientos de la residencia que he mencionado antes; el castillo donde hemos vivido juntos desde entonces. Todos nuestros hijos nacieron en él. El primero fue una niña —hoy en día casada—, a la que llamamos Christiana. Su hijo se parece tanto al pequeño Frank que apenas los distingo.
La idea más extendida sobre la manera en que me trató mi socio también es completamente errónea; no se fue apoderándo poco a poco de nuestro negocio hasta echarme de él. Por el contrario, fue sumamente leal y honrado conmigo.
Las cosas, entre nosotros, tomaron este rumbo: el día en que me alejé de mi tío, bajé al despacho que teníamos en nuestro pequeño muelle, con vistas al río, y le conté a John Spatter lo sucedido. John me dijo lo siguiente:

John: Michael, fuimos al colegio juntos, y yo siempre me las arreglé mejor que tú y gocé de más prestigio.
Michael: Así es, John.
John: Cuando abriste este negocio, vine a pedirte trabajo, el que fuera, y me hiciste tu secretario.
Michael: No vale la pena que lo recuerdes, mi querido John Spatter; pero es cierto, sí.
John: Al darte cuenta de que yo tenía buena cabeza para los negocios, te pareció un acto de justicia que fuera enseguida tu socio.
Michael: Fui consciente, y lo sigo siendo, de tu valía y mis limitaciones, John.
John: Sin embargo, querido amigo, ahora que reina la concordia entre nosotros, tenemos que ser sinceros. Eres demasiado blando, Michael. No tienes otro enemigo que tú mismo. Si yo llegara a abusar de esa confianza, mi poder se vería fortalecido y tu debilidad sería cada vez mayor; y un día acabaría encontrándome en el camino que lleva a la riqueza después de haberte dejado atrás, en algún baldío lejos de la ruta principal.
Michael: Así es.
John: Para evitar esto, Michael, o la más remota posibilidad de esto, debemos tenernos la mayor confianza. No nos ocultaremos nada, y tendremos un único interés.
Michael: Mi querido John Spatter, eso es precisamente lo que quiero.
John: Y, cuando seas demasiado blando, con tu permiso, impediré que los demás se aprovechen de ese defecto de tu carácter; no esperes que te siga la corriente...
Michael: Mi querido John Spatter no espero que me sigas la corriente. Es algo que deseo corregir.
John: Yo también.
Michael: ¡Exactamente! Los dos tenemos el mismo objetivo; y persiguiéndolo con honradez, confiando por completo el uno en el otro, y compartiendo un único interés, nuestra sociedad será próspera y feliz.
John: ¡Estoy seguro!

Michael: Llevé a John a mi castillo y pasamos un día muy dichoso. Nuestra sociedad prosperó. No soy muy rico, ya que nunca le di importancia a serlo; pero tengo lo suficiente para cubrir mis modestas necesidades y estoy muy lejos de pasar penurias. Mi castillo no es un lugar lujoso, pero sí muy acogedor; su atmósfera es cálida y alegre, y es la viva imagen del Hogar.
Nuestra hija mayor, que es el vivo retrato de su madre, está casada con el primogénito de John Spatter. Nuestras dos familias están muy unidas por otros lazos. Nos encanta pasar la velada juntos y John y yo hablamos de los viejos tiempos y del único interés que hemos compartido siempre.
Lo cierto es que en mi castillo no sé lo que es la soledad. Mi queridísima y abnegada esposa, siempre leal, siempre cariñosa, siempre amable y servicial, es la mayor bendición de mi hogar; de ella salen las demás bendiciones.
Ése es mi castillo, y ésas son las circunstancias reales de mi vida allí. A veces llevo al pequeño Frank conmigo. Mis nietos lo reciben con alegría, y juegan juntos. En esta época del año, Navidad y Año Nuevo, rara vez salgo de mi Castillo.
Pariente: Y el castillo está...
Michael: Sí. Mi castillo está en el aire. John, nuestro querido anfitrión, ha adivinado muy bien su emplazamiento. ¡Mi castillo está en el aire! Bueno, he llegado al final. ¿Tendría la amabilidad de contar su historia el siguiente?