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A partir de 8 años.
Un músico que tocaba el violín iba por el bosque. Se sentía solo y para encontrar compañía comenzó a tañer su instrumento. Al instante, un lobo, atraído por tan maravilloso sonido, corre a su encuentro para que le enseñe a tocar.
Músico y animales distintos se encuentran sucesivamente y siempre éstos con la intención de aprender a tocar, pero al violinista, extraño músico, no le parece bien la compañía que le proponen.

En la grabación de este relato han participado los alumnos de reciclaje de la escuela de doblaje sevillana Atril.

Ficha de audio:
Texto: J. y W. Grimm.
Narradora: María López.
Músico: Enrique Rodríguez.
Lobo: Juan José Ruiz.
Zorro: Quique Carneado.
Liebre: Carlos Pérez.
Leñador: Javier Merchante.
Músicas: El carnaval de los animales, Saint-Säens.






El extraño músico.
(Grimm)

Narrador: Érase una vez un extraño músico que iba por un bosque completamente solo, dejando vagar su pensamiento de un lado a otro, y cuando ya estaba cansado de pensar, se dijo a sí mismo:
Músico: El tiempo se me hace muy largo en este bosque, voy a buscarme un camarada.
Narrador: Entonces cogió el violín de la espalda y su música viajó a través de los árboles. Poco tiempo después apareció un lobo corriendo por la espesura.
Músico: Huy, ahí viene un lobo, pero ése no me apetece nada.
Narrador: Pero el lobo avanzó aproximándose y dijo:
Lobo: ¡¡Oh!!, querido músico, ¡qué forma tan hermosa de tocar! Me gustaría aprender.
Músico: Eso se aprende pronto, solamente tienes que hacer lo que yo te diga.
Lobo: ¡¡Oh!!, músico, te obedeceré como un alumno a su maestro.
Narrador: El músico le dejó que le acompañara y, cuando ya habían andado juntos un trecho de camino, llegaron a una vieja encina que estaba hueca por dentro y partida por la mitad.
Músico: Si quieres aprender a tocar el violín, pon las patas delanteras en la hendidura de esta encina.
Lobo: ¿Ahí dentro?
Músico: Sí, ahí..., dentro del hueco. Así, muy bien.
Narrador: El lobo obedeció; el músico entonces levantó rápidamente una piedra y le acuñó ambas patas con un golpe tan firme que el lobo quedó prisionero.
Músico: Espera hasta que yo regrese
Narrador: El músico y siguió su camino. Un rato más tarde volvió a hablar consigo:
Músico: Yo me aburro mucho aquí en el bosque, me buscaré otro compañero. Tocaré de nuevo mi violín y alguien aparecerá.
Narrador: Un poco más tarde apareció un zorro deslizándose entre los árboles.
Músico: ¡Uf!, viene un zorro, ése no me interesa lo más mínimo.
Zorro: ¡¡Oh!!, querido músico, ¡qué forma tan hermosa de tocar! Me gustaría aprender.
Músico: ¡Eso se aprende pronto, solamente tienes que hacer lo que yo te diga.
Zorro: Oh!, músico, te obedeceré como un alumno a su maestro.
Músico: Sígueme.
Narrador: Y, cuando ya habían andado un poco, llegaron a un sendero que tenía a ambos lados altos matorrales. Entonces se paró el músico y dobló un pequeño avellano hasta el suelo y dijo:
Músico: Y bien, zorrito, si quieres aprender algo, dame tus patas delanteras.
Narrador: El zorro obedeció y el músico le ató las patas delanteras al tronco izquierdo. Y cuando comprobó que los nudos de los lazos eran lo suficientemente fuertes, los soltó y el árbol se disparó hacia arriba, llevándose al zorrito consigo, que quedó bamboleándose en el aire y pateando en las alturas.
Músico: Espera hasta que vuelva. Como el tiempo se me hace muy largo aquí en el bosque, me buscaré otro compañero.
Narrador: Después de tocar de nuevo su violín, apareció una liebre saltando.
Músico: ¡Oh!, viene una liebre. Yo no quería eso.
Liebre: Oh!, querido músico, ¡qué forma tan hermosa de tocar! Me gustaría aprender.
Músico: Eso se aprende en un santiamén. Solamente tienes que hacer lo que yo te diga.
Liebre: ¡Oh!, músico, te obedeceré como un alumno a su maestro.
Narrador: Caminaron juntos durante un rato hasta que llegaron a un claro del bosque donde había un álamo. El músico le ató a la liebre una larga cuerda alrededor del cuello y sujetó el otro extremo al árbol.
Músico: ¿Dispuesta, liebrecilla? Ahora salta veinte veces alrededor del árbol.
Narrador: El animal obedeció y el cordel se enrolló alrededor del árbol. La liebre quedó presa y por más tirones que daba solamente lograba que la cuerda se aferrara más alrededor de su tierno cuello.
Músico: Espera hasta que regrese.
Narrador: El lobo, entre tanto, había empujado, tirado y mordido la piedra hasta que consiguió liberar sus patas. Lleno de ira y odio fue detrás del músico. Cuando el zorro lo vio correr, comenzó a lamentarse y chilló con todas sus fuerzas:
Zorro: ¡Hermano lobo, ayúdame, el músico me ha engañado!
Narrador: El lobo bajó el avellano, mordió las cuerdas y liberó al zorro, que se marchó con él, deseando también vengarse del músico. Encontraron a la liebrecilla prisionera, a la que soltaron igualmente, y los tres se fueron a buscar al enemigo.
El músico había hecho sonar de nuevo el violín, y esta vez había tenido más suerte: sus notas llegaron hasta los oídos de un pobre leñador, que rápidamente, quisiera o no quisiera, dejó el trabajo y con el hacha debajo del brazo se acercó a oír la música.
Músico: Por fin aparece el compañero apropiado, pues yo buscaba a un hombre y no animales salvajes
Narrador: Tocaba de manera tan hermosa y dulce que el hombre permaneció allí quieto como si estuviera hipnotizado y el corazón le saltaba de gozo.
Y estando así, aparecieron el lobo, el zorro y la liebrecilla, y él se dio perfectamente cuenta de que no venían con buenas intenciones. Por ello alzó su reluciente hacha y se colocó delante de él:
Leñador: Aquel que quiera meterse con él, que se guarde porque tendrá que vérselas conmigo.
Narrador: Los animales, entonces, sintieron miedo, y regresaron corriendo al bosque. El hombre le tocó todavía una pieza al leñador en señal de agradecimiento y siguió su camino.