El hombre hueco_entrada.jpg
Javier Grau Sellés


En su próspera casa de comidas para obreros, Sinnombre recibe un día una visita inesperada: su viejo amigo de andanzas y negocios en África, Gopak. El pasado de quince años atrás, la tragedia y la violenta muerte de aquél se reviven en este misterioso relato adaptado de Thomas Burke (1.886-1.945).
Javier Grau Sellés ha realizado 62 ilustraciones para los tres escenarios donde se desarrolla este relato de terror.


Reparto:
Narradora: Antonia Zurera.
Sinnombre: Joaquín Foncueva.
Gopak: Javier Merchante.
Mujer: Mari Carmen de las Casas.
Ilustraciones: Javier Grau Sellés.
Músicas: Scabeater (Jamendo).






El hombre hueco.
(Adaptado. Thomas Burke)
Narrador: Era la suya una figura alta y enjuta, embutida en un impermeable negro. En la bruma otoñal parecía un espectro y algunos transeuntes volvían la cabeza para cerciorarse de que realmente habían visto un ser vivo.
Iba en busca de alguien que había sido amigo suyo quince años atrás, y la mano invisible o un instinto perruno lo habían llevado de África a Londres, y lo guiaban ahora hacia cierta modesta casa de comidas. Sabía desde que había salido de África que viajaba al encuentro de Sinnombre y que ya estaba muy cerca de él. Sinnombre ignoraba que su viejo amigo estuviera tan cerca. Estaba sentado en uno de los bancos de su próspera “Casa de Comidas para Obreros”, fumando y mirando las musarañas. Había hecho la caja y no había nada que le impidiese irse a la cama tras quince horas seguidas de atender a su negocio. Pero cuando una mano levantó el picaporte, alzó entonces la vista. Vio que la puerta se abría, se puso en pie y fue hacia ella. Y allí mismo, en el umbral, se encontró frente a frente con aquella escuálida imagen del dolor y del infortunio.
Sinnombre: ¡Oh!
Gopak: Sinnombre.
Sinnombre: ¡Gopak...!
Gopak: ¿Puedo sentarme? Estoy cansado, tan cansado.
Sinnombre: Gopak... ¡Gopak...! Pero ¡si yo te maté! Te maté en la jungla. Estabas muerto. No tengo la menor duda de ello.
Gopak: Ya se que lo hiciste. Lo sé. Eso es lo único que recuerdo de este mundo. Que tu me mataste. Luego, ellos vinieron a turbar mi sueño. Me despertaron. Y me volvieron a la vida.
Sinnombre: ¿Que fueron a turbar tu sueño? ¿Que te despertaron? ¿Quiénes?
Gopak: Los Hombres Leopardo.
Sinnombre: ¿Los qué?
Gopak: Los Hombres Leopardo.
Sinnombre: ¿Los Hombres Leopardo? Ah..., ya... Los Hombres Leopardo... Sí, allí oí hablar de ellos. Todo cuentos.
Gopak: No, no son cuentos. Son reales. Si no lo fuesen, yo no estaría ahora aquí, ¿no crees? Ellos hacen esas cosas. Yo los vi. Formaron un corro a mi alrededor y yo resucité en medio del corro. Dieron muerte a un negro y me infundieron su vida. Querían a un hombre blanco para que los ayudase en las faenas agrícolas. Así que me volvieron a este mundo. Que lo creas o no lo creas, es cosa tuya. Sé que no quieres creerlo. Pero esta es la pura verdad. Por eso estoy aquí.
Sinnombre: Pero si yo te dejé completamente muerto! Hice todas las comprobaciones posibles. Y pasaron tres días antes de que te enterrase. Y cuando lo hice, te enterré bien enterrado.
Gopak: Ya lo sé. Pero a ellos eso les es indiferente. Cuando me volvieron a la vida ya había pasado mucho tiempo. Y aún sigo muerto, ¿sabes? Lo único que resucitaron fue mi cuerpo. ¡Y estoy tan cansado!
Sinnombre: Pero ¿cómo has llegado hasta aquí?
Gopak: Me escapé.
Sinnombre: Pero ¿cómo?
Gopak: No sé... No recuerdo nada..., excepto nuestra pelea. Y que luego descansaba en paz.
Sinnombre: ¿Por qué has venido hasta aquí? ¿Por qué no te quedaste en la costa?
Gopak: No sé... Tú eres la única persona que conozco. La única que puedo recordar.
Sinnombre: ¿Y cómo has dado conmigo?
Gopak: Tampoco lo sé. Pero tenía que encontrarte. Eres el único que puede ayudarme.
Sinnombre: ¿Y cómo puedo ayudarte?
Gopak: No sé. Pero nadie más puede.
Sinnombre: Bien, ¿y qué quieres hacer? ¿Adónde vas a ir? La verdad, no veo en que puedo ayudarte. Y aquí, obviamente, no te puedes quedar.
Gopak: Pero tengo que quedarme aquí. No hay ningún otro sitio al que pueda ir. He de quedarme aquí. Por eso he venido. Tú tienes que ayudarme.
Sinnombre: Pero aquí no te puedes quedar. No hay habitaciones. Todas están ocupadas. No puedes dormir en ningún sitio.
Gopak: Eso no importa. Yo no duermo,
Sinnombre: ¿Qué?
Gopak: Yo nunca duermo. No he dormido desde que me volvieron a la vida. Puedo quedarme aquí sentado hasta que se te ocurra algún modo de ayudarme.
Sinnombre: ¿Cómo se me va a ocurrir? ¿Cómo quieres que te ayude sin no me dices qué puedo hacer?
Gopak: No lo sé... Pero tienes que hacer algo. Tú me mataste. Yo estaba muerto, y muy cómodo. Puesto que todo viene de que tú me diste muerte, eres responsable de que me halle en este estado. Así que tienes que ayudarme. Por eso es por lo que he venido hasta aquí.
Sinnombre: ¿Qué quieres que haga yo?
Gopak: No sé... No puedo pensar. Pero nadie más que tú puede ayudarme. Tenía que encontrarte. Algo me trajo derecho a ti. Eso significa que eres el único que me puede ayudar. Ahora que estoy contigo ya habrá algo que venga en mi ayuda. Estoy seguro. Pronto se te ocurrirá algo.
Narrador: Tenía a un muerto en su casa, un hombre al que había asesinado en un arrebato de cólera, y en su su fuero interno sabía que no podía echarlo a la calle. Aquel viejo pecado suyo de cólera se le había literlamente instalado en casa.
Gopak: Yú vete a dormir, Sinnombre. Yo me quedaré aquí sentado. Pero tú vete adormir.
Sinnombre: Ay, ¿por qué no podré yo también descansar?
Narrador: Al día siguiente, a su mujer y a los pinches de cocina, Sinnombre les dijo que era un viejo amigo que había sufrido una conmoción:
Sinnombre: Naufragó y se dio un golpe en la cabeza. Pero es totalmente inofensivo, y no va quedarse mucho tiempo. Está esperando que le admitan en una residencia. Padece insomnio y prefiere quedarse levantado por las noches. Pero, ya digo, es totalmente inofensivo.
Narrador: Al final de aquel primer día, Sinnombre le dijo que había acondicionado un rincón en una habitación del primer piso que daba a la calle.
Gopak: No. No quiero subir. Me quedo aquí. Aquí. No quiero moverme.
Narrador: A la segunda semana, los clientes habituales empezaron a brillar por su ausencia. Gopak permanecía sentado en su banco, unas veces con expresión soñolienta después de comer, otras con la vista clavada en el suelo. Solo una cosa parecía despertar en él un remoto interés. Y era la hija de su anfitrión, Burbujas, una joven que parecía ser la única de cuantos trabajaban en el local o lo frecuentaban que no lo rehuía. El interés que el muerto mostraba por su hija parecía tener efectos bastante desagradables. Sinnombre no había reparado en ello, pero su mujer se lo hizo notar:
Mujer: ¿Te has fijado estos últimos días? Burbujas ya no está tan alegre y dicharachera como antes. Cada vez está más callada y un tanto holgazana. Está todo el tiempo santada. Y más pálida de lo que ha estado nunca.
Sinnombre: Tal vez sea la edad.
Mujer: No, no es eso, le pasa algo. Fue hace una o dos semanas cuando empecé a notarlo. No prueba la comida. No muestra el menor interés por nada... Tal vez no sea nada, sólo mal humor, o tal vez... ¿Cuánto tiempo más va a quedarse aquí ese horrible amigo tuyo?
Narrador: El horrible amigo se quedó unas cuantas semanas más, diez en total, mientras Sinnombre veía cómo su negocio se iba a la ruina y cómo la palidez y la irritabilidad de su hija iban en aumento. Sus clientes habían ido desertando del local no por la presencia de un hombre pálido y silencioso, sino por la presencia de un muerto vivo. Tal vez sus mentes no fueran conscientes de ello, pero la voz de la sangre se lo decía. Y así como su negocio había sido destruido, así también sería su hija aniquilada. A ella la voz de la sangre no la ponía en guardia. Todo lo que le decía era que aquel ser era un viejo amigo de su padre, y sentía una especie de atracción hacia él.
Sinnombre: Gopak, óyeme. Tu viniste aquí porque yo soy la única persona que podía ayudarte en tus tribulaciones. ¿Me escuchas?
Gopak: Si.
Sinnombre: Bien, me dijiste yo debía pensar algo. Pues ya lo he pensado... Oye. Tú dices que soy responsable de tu situación y que tengo que sacarte de ella, pues fui yo quien te mató. Sí, yo te maté. Nos peleamos. Me pusiste furioso. Me desafiaste. Y bajo aquel sol, en la jungla, y con todos aquellos insectos, perdí la cabeza y te maté. Cuando vi lo que había hecho me habría dejado cortar la mano derecha. Sí, porque tú y yo éramos amigos. Me habría dejado cortar la mano derecha, te lo juro.
Gopak: Lo sé. Me di perfectamente cuenta cuando todo había terminado. Vi que estabas sufriendo.
Sinnombre: Bien, pues voy a decirte lo que he pensado. ¿No crees que te ayudaría si... si... volviera a matarte?
Gopak: Sí, sí. Eso es. Eso es lo que estaba esperando. Por eso es por lo que vine aquí. Ahora me doy cuenta. Por eso es por lo que tenía que venir hasta aquí. Nadie más podría matarme. Sólo tú. Alguien me tiene que dar muerte de nuevo. Eso es. Pero nadie más podría hacerlo... Sí, has dado con la solución que tanto tú como to estábamos esperando. Cualquier otro me podría disparar, apuñalar, ahorcar, pero nunca podría matarme. Tú eres el único que puede hacerlo. Y tienes que hacerlo. Hazlo ahora mismo. Yo sé que no quieres. Pero tienes que hacerlo. ¡Has de hacerlo!
Sinnombre: ¿Cómo quieres... cómo he he hacerlo?
Gopak: La otra vez lo hiciste con un cuchillo. Aquí, justo debajo del corazón. Has de hacerlo exactamente igual que entonces.
Mujer: ¿Qué ocurre ahí abajo? Vamos, hija, acompáñame. Pero ¿qué te pasa? ¿Te encuentras bien?
Sinnombre: Sí, estoy perfectamente. Es sólo un ligero mareo mareo. De tanto fumar, supongo.
Mujer: Mmm. O de tanto beber... ¿Dónde está tu amigo? ¿Ha salido a dar un paseo?
Sinnombre: No. Se ha ido para siempre. Me dijo que no quería seguir imponiéndonos su presencia y se ha ido a un asilo. ¿No oíste el golpe que dio al cerrar la puerta?
Mujer: Pensé que eras tú que te habías caído.
Sinnombre: No. Fue él al salir. No pude detenerlo.
Mujer: Mmm. Bueno, pues ¡qué se le va a hacer! La verdad es que desde que apareció por aquí todo ha ido de mal en peor.
Narrador: El local presentaba todo él un aspecto polvoriento. Los manteles estaban sucios. Las ventanas, empañadas de mugre. En una mesa había un largo cuchillo cubierto por una espesa capa de polvo. Un impermeable y un traje de faena polvorientos estaban en el suelo en un rincón junto a la puerta que daba a la cocina, como si alguien los hubiese tirado allí. Pero era delante de la puerta principal donde el polvo, un polvo de color blanco grisáceo, se hacía más espeso, llegando a formar un largo reguero.
Mujer: La verdad es que esto está cada vez más sucio. Mira todo el polvo que hay junto a la puerta. Parece como si alguien hubiera estado tirando ceniza por todo el local.
Sinnombre: Sí, ya lo sé. Mañana voy a hacer una limpieza a fondo.