El hombrecito del azulejo_entrada.png



Un azulejo azul cobalto con un hombrecito pintado en su interior, la muerte del barrio de San Miguel y al fondo, como referente que mueve la acción, un niño, Daniel, son los protagonistas de este tierno y exquisito relato de Manuel Mujica Láinez, donde encontramos parte de su temática como escritor: el tiempo y la reencarnación.

Reparto:
Doctor 1º: Jesús Rosas.
Doctor 2º: Ismael Roldán.
Narrador: Javier Merchante.
Daniel: Pilar Valdés.
Martinito: Pablo Domínguez.
Muerte: Mª Carmen de las Casas.
Músicas: Alexander Franke y Esther García (Jamendo).
Duración: 10:21.





El hombrecito del azulejo.

(Manuel Mujica Láinez.Texto adaptado).

Doctor 1º: Esta noche será la crisis.
Doctor 2º: Sí; hemos hecho cuanto pudimos.
Doctor 1º: Veremos mañana. Tiene que pasar esta noche... Hay que esperar...
Doctor 2º: Me temo lo peor.
Narrador: En el gran patio que la luna enjalbega, la Muerte aguarda, sentada en el brocal del pozo. Ha oído el comentario de los doctores y en su calavera flota una mueca que hace las veces de sonrisa. También lo oyó el hombrecito del azulejo. El hombrecito del azulejo es un ser singular. Vino a Buenos Aires por equivocación, el único distinto de los azulejos del lote. Los demás, los que ahora lo acompañan en el zócalo, son azules como él, pero ninguno se honra con su diseño: el de un hombrecito azul, barbudo, con calzas antiguas, gorro de duende y un bastón en la mano derecha. Cuando el obrero que ornamentaba el zaguán topó con él, lo dejó aparte; mas luego le hizo falta un azulejo para completar y lo colocó en un extremo pensando que nadie lo descubriría. Y el tiempo transcurrió sin que ninguno notara que entre los baldosines había uno, disimulado por la penumbra de la galería, tan diverso. Hasta que un día la casa se vendió y entre sus nuevos habitantes hubo un niño, quien lo halló de inmediato.
Ese niño, ese Daniel a quien la Muerte atisba ahora desde el brocal, fue en seguida su amigo. Lo llamó Martinito.
Daniel: ¡Martinito! ¡Martinito!
Narrador: El niño lo llama al despertarse, y arrastra a la gata gruñona para que lo salude. Martinito es el compañero de su soledad. Daniel se acurruca en el suelo junto a él y le habla durante horas.
Martinito le escucha desde su silencio azul.
Pero ahora el niño está enfermo, muy enfermo. Y la Muerte espera en el brocal.
El hombrecito se asoma desde su escondite y la espía. Y ve que la Muerte bosteza.
Ni un rumor se oye en la casa. Martinito piensa que el niño, su amigo, va a morir, y le late el frágil corazón de cerámica. Ya nadie acudirá cantando a su escondite del zaguán; nadie le traerá los juguetes nuevos, para mostrárselos y que conversen con él. Quedará solo una vez más, mucho más solo ahora que sabe lo que es la ternura.
La Muerte, entretanto, balancea las piernas magras en el brocal y entonces advierte a sus pies al enano del azulejo, que se ha quitado el bonete y hace una reverencia de Francia.
Martinito: Madame la Mort...
Muerte:¡Oh, al fin un caballero atildado que me nombra en francés en este barrio de cuarteadores y vendedores de empanadas.
Martinito: Madame la Mort...
Muerte: Al fin pasa algo distinto. Alguien que no se espanta al verme. A cada visita mía, los que pueden verme -los gatos, los perros, los ratones- huyen vertiginosamente o enloquecen la cuadra con sus ladridos, sus chillidos y su agorero maullar. Los otros, los moradores del mundo secreto -los personajes pintados en los cuadros, las estatuas de los jardines, las cabezas talladas en los muebles, los espantapájaros, las miniaturas de las porcelanas- fingen no enterarse de mi cercanía. Y todo, ¿por qué?, ¿porque alguien va a morir? Todos moriremos; también moriré yo. A éste le faltan cuarenta y cinco minutos.
Martinito: Madame, comprendo cuán aburrida debe ser votre missión, debe ser muy, muy aburrida. Permettez-moi de distraire l'espoir. Permitidme que os refiera un cuento que transcurre a mil leguas de acá, allende el mar, en Desvres de Francia, oú je suis né, en casa de los Fourmaintraux, los manufactureros de cerámica. "rue de Poitiers". Pude haber sido de color cobalto, o negro, o carmín oscuro, o amarillo cromo, o verde, u ocre rojo, mais je préfère este azul de ultramar. ¿No es cierto? N'est-ce pas?
Je suis arrivé por error a Buenos Aires, pero no me quejo de mi destino. En el zócalo del zaguán he visto desfilar a un sin fin de personajes: la parda enamorada del carnicero; el mendigo que guarda una moneda de oro en la media; el boticario que ha inventado un remedio para la calvicie y que, de tanto repetir demostraciones y ensayarla en lui-même, ha perdido el escaso pelo que le quedaba...
Muerte: ¡Jajaja! Gracias, hombrecito. Me hacéis reír y me aliviáis tan tediosa espera. ¡Jajajaja!
Narrador: La Muerte ríe y mira el reloj. Faltan treinta y tres minutos. Como Buenos Aires ya no le brinda tema y no quiere nombrar a Daniel y a la amistad que los une, vuelve a hablar de Desvres, del bosque trémulo de hadas, de gnomos y de vampiros... Y habla y habla. Sospecha que a esta Muerte parroquial le agradará la alusión a otras Muertes más aparatosas, sus parientas ricas, y le relata lo que sabe de las grandes Muertes que entraron en Desvres a caballo, hace siglos, armadas de pies a cabeza, sitiando castillos e incendiando iglesias. Además no está quieto ni un segundo, y al pintar el episodio más truculento introduce una nota imprevista, bufona, que hace reír a la Muerte del barrio de San Miguel.
Martinito: Era un general gordísimo, tan temido por sus soldados, que osó retar a duelo a Madame la Mort de Normandie, y la Muerte aceptó el duelo, y mientras éste se desarrollaba ella produjo un calor tan intenso que obligó a su adversario a despojarse de sus ropas una a una, hasta que los soldados vieron que su jefe era en verdad un individuo flacucho, que se rellenaba de lanas y plumas, como un almohadón enorme, para fingir su corpulencia.
Muerte: ¡Jajajajaja!
Martinito: Y además...
Muerte: ¡Ah.....! ¡Cómo me ha podido pasar esto a mí! ¡El destino establecido para Daniel hace cuatro minutos que pasó! ¡Nunca, nunca me había sucedido esto en el barrio de San Miguel! ¡Esto es un error imperdonable que no tiene justificación! No huyas porque te alcanzaré en ese ridículo azulejo del zaguán en el que pretendes esconderte. Él se ha salvado pero tú morirás por él.
Narrador:La cerámica se quiebra en dos trozos que caen al suelo. La Muerte los recoge, se acerca al aljibe y los arroja en su interior. Luego se va, rabiosa, arrastrando los encajes lúgubres. Aun tiene mucho que hacer y esta noche nadie volverá a burlarse de ella.
Los dos médicos jóvenes regresan por la mañana. En cuanto entran en la habitación de Daniel se percatan del cambio ocurrido. El niño abre los ojos, y su madre y sus tías lloran, pero esta vez es de júbilo.
Una semana más tarde, el chico sale al patio. Alza en brazos a la gata gris y se apresura, titubeando todavía, a visitar a su amigo Martinito. Su estupor y su desconsuelo corren por la casa, al advertir la ausencia del hombrecito y que hay un hueco en el lugar del azulejo extraño. Madre y tías, criadas y cocinera, se consultan inútilmente. Nadie sabe nada. Daniel llora sin cesar. Se aproxima al brocal del aljibe y logra encaramarse y asomarse a su interior. Allá dentro todo es una fresca sombra. Lo único que el pozo le ofrece es su propia imagen, reflejada en un espejo oscuro, la imagen de un niño que llora.
El tiempo camina, remolón, y Daniel no olvida al hombrecito. Un día vienen a la casa dos hombres con baldes, cepillos y escobas. Son los encargados de limpiar el pozo, y como en cada oportunidad en que cumplen su tarea, ese es día de fiesta. Repentinamente, uno de los hombres grita, desde la hondura, con voz de caverna:
Hombre:¡Ahí va algo, abarájenlo!
Narrador:Y el chico recibe en las manos tendidas el azulejo intacto, con su hombrecito en el medio; intacto, porque si un enano francés estampado en una cerámica puede burlar a la Muerte, es justo que también puedan burlarla las lágrimas de un niño.