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Relatos largos.

Jorge Orolia, doctor en psicología y parapsicología, recibe la visita de un antiguo amigo, Julio Aznar, visiblemente preocupado por un sucedo recientemente ocurrido y para el que no encuentra explicación lógica.
Domingo Santos (Barcelona, 1.941), considerado como uno de los autores más notables de la ciencia ficción en España, autor de este relato adaptado, publicó en 1.961 “Volveré ayer” donde aborda en tres relatos el tema de los viajes en el tiempo.

Reparto:
Narradora: Antonia de Miguel.
Jorge Orolia: Rafa Torres.
Julio Aznar: Javier Merchante.
Verner Von Ard: José Manuel Argon.
Músicas:
Pedro Amorós, Roger Subirana Mata, Conspiracy y Alexander Franke (Jamendo)




El huevo y la gallina.
(Domingo Santos. Adaptado)
Narrador: Se puso en pie cuando Jorge Orolia, doctor en psicología y parapsicología y presidente honoris causa del Departamento de Relación de los Tres Niveles, penetró en la habitación. Los dos hombres se dieron amistosamente la mano, y se sentaron en sendos sillones, dispuestos a iniciar la conversación.
Orolia: Bien, amigo Julio... Recibí tu aviso y tu petición de consulta… y confieso que me extrañó un poco. Me parece que quieres decirme algo… importante.
Julio: No, Jorge. Importante no es la palabra adecuada. Yo diría mejor… extraño. Absurdamente extraño. Por esto he venido a consultarte. Creo que tú podrás ayudarme más que cualquier otra persona en mi problema.
Orolia: Esperémoslo. Te escucho.
Julio: Verás. La cosa data de unos dos años y medio aproximadamente. Sucedió de improviso, sin que lo esperara. Fue una noche… Como sabrás, me dediqué al negocio de la importación-exportación. Pero volvamos a lo nuestro. Era una tarde igual que las otras tardes. Llegué a casa, me senté cómodamente en un sillón, y me puse a leer. Entonces fue cuando recibí aquella llamada. El rostro que apareció por la pantalla del fonovisor era totalmente desconocido para mí. Era el rostro de un hombre de mediana edad, fuerte y atlético.
Verner: ¿El señor Julio Aznar?
Julio: Sí. soy yo. ¿Qué desea?
Verner: Nada. Tan sólo pedirle que me aguarde unos momentos. Tengo necesidad de hablar con usted personalmente ahora mismo. Es muy importante.
Julio: Bueno. Yo estaré en mi casa hasta mañana por la mañana.
Verner: Estaré allá dentro de unos minutos.
Julio: Confieso que me extrañó su visita. El hombre vestía una gabardina marrón, y un sombrero. Se quitó las dos prendas cuando estuvo frente a mí, y apareció bajo ellas un vestido de una sola pieza, de color negro brillante, que le cubría todo el cuerpo excepto la cabeza, manos y pies, y unos zapatos también negros, sin cordones que llegaban hasta donde terminaba el resto de su indumentaria.
Verner: Sí, usted es Julio Aznar, no cabe duda. Lo recuerdo perfectamente. Recorté su fotografía al recibir su carta, con el fin de reconocerle.
Julio: ¿Carta? ¿Qué carta?.
Verner:¡Pues la carta que me escribió usted, naturalmente! No me va a decir que no la recuerda.
Julio: Pues… No sé, ¿Cuál es su nombre?
Verner: Verner Von Ard.
Julio: ¿Alemán?
Verner:No, suizo. De Nesslan.
Julio: ¿Y dice que yo le he escrito una carta a usted?
Verner:Sí. Pidiendo que viniera a prevenirle. ¿A qué año estamos?
Julio: Se lo dije, y el hombre se dio una palmada en la frente.
Verner:¡Naturalmente, mi amigo! Lo olvidaba. Usted no me escribió esta carta hasta dos años después de ahora. Obviamente, no puede acordarse de haberla escrito, por la sencilla razón de que no lo ha hecho… todavía.
Julio: ¿Está usted loco...?
Verner:No, señor Aznar, no estoy loco. ¿Me deja que le explique?
Julio: Está bien. Si usted quiere…
Verner:Naturalmente que quiero. Verá. Cuando recibí su carta, yo me encontraba en Nesslan, en mi casa. Sí, ya sé que usted todavía no la ha escrito, pero esto no es ningún inconveniente. Como le he dicho, recibí su carta, en la que usted me pedía que viniera aquí, a prevenirle. Me llegó por manos de una importante notaría, y en ella iban reseñados mi nombre y dirección, junto con la indicación claramente legible de: «A entregar el día 30 de julio del año 2144». La recibí puntualmente, el mismo día indicado. La abrí, y…
Julio: ¡Un momento! ¿Qué año me ha dicho?
Verner:El 2144, naturalmente. ¿Por qué?
Julio: ¡Porque está usted hablando de un año para llegar al cual falta todavía más de un siglo!
Verner:Eso no es ningún inconveniente. Déjeme continuar. Luego dirá todo lo que quiera. Como le iba diciendo, recibí su carta, de manos de un notario de la organización, y la leí. En ella me comunicaba usted que estaba inválido de las dos piernas a causa de un accidente de ferrocarril, y que su situación era verdaderamente desesperada. Su vida era un continuo infierno. Pero que todavía tenía esperanza. Y por eso me escribía.
Julio: ¿Por eso?
Verner:Sí. Yo había logrado construir un aparato para viajar por el tiempo, y usted lo supo. En aquella fecha, el 30 de julio del año 2144, yo acababa de perfeccionar mi invento, y lo había dado a conocer al público. Por eso me escribió la carta para aquel día. En ella me pedía que acudiera al pasado, al tiempo en el que usted todavía no había hecho el viaje que tenía proyectado en tren y en el que había sufrido el accidente que le había dejado inválido, y le hiciera desistir de hacerlo. Era un favor al que ningún hombre podía negarse, siquiera por humanidad.
Julio: ¿Y por eso ha venido usted aquí?
Verner:Sí, por eso. Aunque las causas de haber venido no han sido éstas precisamente, sino otras.
Julio: ¿Ah, sí?
Verner:Sí. Naturalmente, lo primero que yo hice después de recibir aquella carta fue averiguar qué había de cierto en ella. Y descubrí que, efectivamente, en la fecha que usted indicaba, mañana, el tren que usted tenía que tomar había sufrido un accidente y había descarrilado. ¡Pero usted no se encontraba entre la lista de los viajeros!
Julio: ¿Qué?
Verner:Óigame. Aunque le parezca duro, he de confesarle que yo no tenía la menor intención de hacer lo que usted me pedía en su carta. Hacerlo representaría causar una variación en el tiempo; variación que tanto podía ser poco importante como mucho. No tenía la menor intención de causar un trastorno en el tiempo por salvarle a usted. Y aquí vino lo peliagudo del asunto. Porque lo que usted me comunicaba en su carta no existía. Usted no había sufrido ningún accidente en el tren, simplemente porque usted no había viajado en él. No había realizado su proyectado viaje.
Julio: ¿Entonces?
Verner:Aquello me sumió en un mar de dudas. Usted, naturalmente, había sufrido el accidente, ya que me había escrito la carta. Pero no lo había sufrido, ya que su nombre no figuraba entre la lista de las víctimas. ¿Cuál era la realidad? ¿Cuál era la solución de todo esto? Obviamente, usted había sido salvado. ¿Por quién? Sólo podía haber sido por mí. Pero entonces resultaba que yo lo había salvado sin salvarle. ¿Solución? No había más que una. Yo debía acudir al pasado a salvarle, ya que la historia del mundo estaba así escrita. Si yo no acudía, usted volvería a estar lisiado. Y entonces la variación en el tiempo sería al revés: por omisión.
Julio: ¿Y por eso se encuentra ahora aquí?
Verner:Exactamente. Mañana piensa usted realizar el viaje, ¿verdad?
Julio: Sí.
Verner:Muy bien. Pues no debe hacerlo.
Julio: ¿Quiere que le diga lo que pienso? Todo lo que usted me ha contado es una solemne majadería. No creo ni un ápice de lo que me dice.
Verner:Muy bien. ¿Qué me dice entonces de esto?
Julio: «El único hombre que se salvó íntegramente del trágico accidente, Julio Aznar, tenía ya adquirido su billete para el viaje, pero un súbito cambio de decisión le salvó la vida.» La imagen de la fotografía es la mía.
Verner:El periódico es de pasado mañana, como podrá ver. Lo arranqué de los archivos de mi tiempo. ¿Considera que esto es suficiente prueba?
Julio: No sé lo que se trae usted entre manos con todo esto, pero esta página de periódico puede muy bien haber sido falsificada. No cuesta nada hacerlo.
Verner:¡Tipo imbécil! ¿No comprende que se juega la invalidez para el resto de su vida?
Julio: No. Usted mismo dijo que los periódicos de la época mencionaban que yo me había salvado. ¿Qué he de temer, entonces?
Verner:¿Acaso todavía no ve que los periódicos lo mencionaban por el simple hecho de que yo lo había puesto sobre aviso? Si ahora hace usted el viaje, quedará inválido para el resto de su vida, y transmutará la sucesión de los hechos en el tiempo.
Julio: Está bien. Ya lo hice una vez.
Verner:No, no lo hizo. ¿Pero tan zoquete es que todavía no ve claro? Usted escribió aquella carta, pero usted no sufrió daños. No estuvo inválido.
Julio: Entonces, ¿cómo escribí la carta?
Verner:Está bien, idiota. No crea que voy a gastar saliva inútilmente con usted. Me queda poco tiempo y no tengo el menor deseo de intentar convencerle. Pero no hará el viaje que tenía proyectado.
Julio: ¿Sí?
Verner:Sí, seguro. Aunque mi deseo no haya sido éste, me he encontrado metido en este asunto por la fuerza. Y no voy a dejarlo todo a medio hacer. Lo voy a dejar resuelto. Aunque usted no quiera.
Julio: ¿De veras? Dígame cómo piensa hacerlo.
Verner: De una manera muy sencilla.
Julio: Y antes de que yo pudiera darme cuenta de lo que sucedía, recibí un golpe en la cabeza y perdí el sentido. Cuando me desperté, me encontré atado de manos y pies, tirado por el suelo como un fardo. A mi lado pude ver un papel. Era una nota. Me acerqué a ella y pude leer:
Verner: Estimado señor Aznar: Lamento haber tenido que proceder tan poco educadamente, pero las circunstancias me han obligado a ello. El tiempo se me estaba agotando, y no hubiera querido tener que irme dejándole apenas convencido. De modo que lo he atado para que no pueda arrepentirse e ir a hacer el viaje previsto. Espero que cuando lo encuentren el tren haya partido. Así, cuando después pueda leer la noticia del accidente, comprenderá las razones que me impulsaron a hacer lo que he hecho. Nuevamente le ruego que me perdone.
Julio: Empecé a gritar, llamando a mis robots. Pero ninguno acudió. Cuando el cartero oyó mis voces, avisó a la policía, pero eran ya las doce del mediodía, y el tren salía a las nueve de la mañana. Había conseguido su propósito. Por la tarde, oí la noticia del accidente que había sufrido el ferrocarril hispanofrancés. Habían perecido ciento quince personas, y otras doscientas treinta y siete resultaron heridas. No hubo nadie que saliera ileso. Nadie salvo yo, naturalmente.
Desde que sucedió todo esto confieso que no habido un día en que no haya pensado un poco sobre ello. Un día, hace medio año, regresé a mi casa del despacho. Y allí me encontré una carta. Decía, simplemente:
Verner:Estimado señor Aznar:
Según he podido comprobar, mi plan salió perfectamente, lo cual me alegra, por mí y por usted. No obstante, pláceme recordarle que usted, con fecha de hoy, me escribió la carta que lo motivó todo. Lo cual espero que hará tan pronto reciba esta corta nota, para beneficio y perfecta organización de los acontecimientos.
Reciba un cordial saludo de este que es amigo...
Verner Von Ard
Julio: Comprendí el motivo que hizo que Verner las escribiera. Aquel mismo día, hoy hace casi seis meses, escribí una carta para ser abierta el día 30 de julio del año 2144, y dirigida a Verner Von Ard. Y en ella, naturalmente, yo era un pobre y triste inválido que pedía al inventor de una máquina del tiempo acudiera al pasado para ayudarme y librarme de mi desgracia. Y esto es todo.
Orolia: En verdad, es un caso absurdamente extraño. Y que tiene muchas derivaciones. ¿Y qué es lo que deseas que yo te aclare?
Julio: Verás, Jorge. He estado meditando durante largo tiempo. Hay multitud de puntos que me parecen inconsecuentes, absurdos.
Orolia: Sí, lo comprendo.
Julio: Bueno, pues, al final he podido llegar a la conclusión de que todo el problema proviene de una sola e ineludible cuestión. Pero esta cuestión no he podido descifrarla yo. Por eso he acudido a ti.
Orolia: Muy bien. ¿Cuál es esta cuestión?
Julio: Verás. ¿No has oído hablar nunca del cuento del huevo y la gallina? Tenemos, por una parte, que Von Ard acudió a mí, vino al pasado desde su tiempo, a causa de haber recibido mi carta, su venida no fue más que una consecuencia de haber escrito yo la carta. Ahora bien, yo escribí la carta precisamente porque él vino a verme. Yo no sabía nada de él ni de su máquina del tiempo, ni del accidente que sufriría el tren. Si escribí la carta sólo fue como consecuencia de haber venido él a mi tiempo. Cada una de las dos cosas es consecuencia de la otra. Sin embargo, ha de haber una de las dos que lo haya originado todo, iniciado la cadena. Y ésta es mi pregunta, Jorge. ¿Qué fue primero; la carta, o el viaje de Von Ard al pasado?