El Inquisidor.

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Converso: (Del lat. conversus).

1. adj. Dicho de un musulmán o de un judío: Convertido al cristianismo.
Adaptación del relato de Francisco Ayala con músicas de Dom The Bear, Axis Mundi Actum y Estalagmita (Jamendo).

Reparto:

Rabino/Obispo: Joaquín Foncueva.
Marta, su hija: Antonia M. Zurera.
Narrador, Bartolomé Pérez y Secretario: Javier Merchante.


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El inquisidor by Elmaestrocuentacuentos

Texto adaptado de la narración:

El Inquisidor
(Adaptado.Francisco Ayala)
¡Qué regocijo! ¡qué alborozo! ! El Gran Rabino de la judería, varón de virtudes y ciencia sumas, habiendo conocido al fin la luz de la verdad, prestaba su cabeza al agua del bautismo; y la ciudad entera hacía fiesta. Aquel día inolvidable, sólo una cosa hubo de lamentar el antiguo rabino: que a su mujer, la difunta Rebeca, no hubiera podido extenderse el bien de que participaban con él, Marta, su hija única, y los demás familiares de su casa, bautizados todos en el mismo acto con mucha solemnidad.
Dio por averiguado que su salvación tenía que ser fruto de un trabajo muy arduo en pro de la fe; y resolvió que no habría de considerarse cumplido hasta no merecer y alcanzar la dignidad apostólica allí mismo, en aquella misma ciudad donde había ostentado la de Gran Rabino.
Ordenóse, pues, de sacerdote, fue a la Corte, estuvo en Roma y, antes de pasados ocho años, ya su sabiduría, su prudencia, su esfuerzo incansable, le proporcionaron por fin la mitra de la diócesis desde cuya sede episcopal serviría a Dios hasta la muerte.
Ahí lo tenemos, trabajando, casi de madrugada. Ha cenado muy poco: un bocado apenas, sin levantar la vista de sus papeles, necesitaba concentrarse, sin que nadie lo perturbara, en el estudio del proceso. Mañana mismo se reunía bajo su presidencia el Santo Tribunal; esos desgraciados, abajo, aguardaban justicia, y no era él hombre capaz de rehuir o postergar el cumplimiento de sus deberes.
Ahora todo lo tenía reunido ahí, todo estaba minuciosamente ordenado y relatado ante sus ojos, folio tras folio, desde el comienzo mismo, con la denuncia sobre el converso Antonio Maria Lucero, hasta los borradores para la sentencia que mañana debía dictarse contra el grupo entero de judaizantes complicados en la causa.
Al repasar ahora las declaraciones obtenidas mediante el tormento -diligencia ésta que, en su día, se creyó obligado a presenciar el propio obispo- acudió a su memoria la mirada que Antonio María, colgado por los tobillos, con la cabeza a ras del suelo, le dirigió desde abajo. Bien sabía él lo que significaba aquella mirada: contenía una alusión al pasado, quería remitirse a los tiempos en que ambos eran aún judíos; recordarle aquella ocasión ya lejana en que el orfebre, se había acercado respetuosamente a su rabino pretendiendo la mano de Sara, la hermana menor de Rebeca, todavía en vida, y el rabino, después de pensarlo, no había hallado nada en contra de ese matrimonio, y había celebrado él mismo las bodas de Lucero con su cuñada Sara. Sí, eso pretendían recordarle aquellos ojos que brillaban a ras del suelo, en la oscuridad del sótano, obligándole a hurtar los suyos.
Pero en esta noche difícil para su conciencia y recto proceder, el prelado no conseguía ceñirse a la tarea; no podía evitar que la imaginación se le huyera hacia su hija única, su orgullo y su esperanza. Era el vástago postrero de aquella vieja estirpe a cuyo dignísimo nombre debió él hacer renuncia para entrar en el cuerpo místico de Cristo, y cuyos últimos rastros se borrarían definitivamente cuando, llegada la hora, y casada con un cristiano viejo, criara una prole nueva en el fondo de su casa... Y recordando cómo habían querido valerse de su pureza de alma en provecho del procesado Lucero, la ira le subía a la garganta, no menos que si la penosa escena hubiera ocurrido ayer mismo. Arrodillada a sus plantas, veía a la niña decirle:

-Padre, padre: el pobre Antonio María no es culpable de nada; yo, padre, yo, padre, sé muy bien que él es bueno. ¡Sálvalo!

Sí, que lo salvara. Como si no fuera eso precisamente, salvar a los descarriados, lo que se proponía la Inquisición... Todos los parientes, sin duda, se habían juntado para fraguar la escena que, como un golpe de teatro, debería torcer la conciencia del dignatario con el sutil soborno de las lágrimas infantiles. El obispo mandó a la niña, como primera providencia, que se recluyera en su cuarto hasta nueva orden.
Resolvió entonces despedir al preceptor y maestro de doctrina, a ese doctor Bartolomé Pérez que con tanto cuidado había elegido siete años antes y del que, cuando menos, podía decirse ahora que había incurrido en lenidad.
Tal vez, distraído en los cuidados de su diócesis, había dejado que se le metiera el mal en su propia casa. Lo primero que hizo cuando Nuestro Señor le quiso abrir los ojos a la verdad, fue buscar para aquella triste criatura, huérfana por obra del propio nacimiento, un preceptor que garantizara su cristiana educación. El antiguo rabino buscó, eligió y requirió para misión tan delicada a un hombre sabio y sencillo, este Dr. Bartolomé Pérez. Mas, ahora... ¿cómo podía explicarse esto? ¿Acaso no habría estado lo malo en la seguridad confiada y satisfecha del cristiano viejo, dormido en la costumbre de la fe? Y aún pareció confirmarlo en esta sospecha el aire tranquilo, casi diríase aprobatorio con que el Dr. Pérez tomó noticia del hecho cuando él le llamó a su presencia para echárselo en cara.

- Óigame, doctor Pérez, hace un momento, Marta, mi hija, ha venido a mí para interceder por Antonio María Lucero. Ha podido en ella más el sentimiento de parentezco que el recto proceder que ha de guiarla en su fe.
- Cosas, señor, de un alma generosa... Y su señoría... ¿no piensa escuchar la voz de la inocencia?

Ése fue su solo comentario. El obispo prefirió no darle respuesta de momento. Estaba indignado, pero, más que indignado, el asombro lo anonadaba ¿Qué podía significar todo aquello? ¿por qué no podían utilizar también a un sacerdote, a un cristiano viejo? El obispo impartió al Dr. Pérez algunas instrucciones ajenas al caso, y lo despidió; se quedó otra vez solo con sus reflexiones. Ya la cólera había cedido a una lúcida meditación. Que los cristianos viejos, con todo su orgulloso descuido, eran malos guardianes de la ciudadela de Cristo. Por algo su Providencia le había llevado a él al puesto de vigía y capitán de la fe.
Reorganizó el régimen de su casa y siguió adelante el proceso contra su concuñado Lucero sin dejarse convencer de ninguna consideración humana. Las sucesivas indagaciones descubrieron a otros complicados, se extendió a ellos el procedimiento, y cada nuevo paso mostraba cuánta y cuán honda era la corrupción cuyo hedor se declaró primero en la persona del Antonio María. El proceso había ido creciendo hasta adquirir proporciones descomunales; pero más penoso resultaba el auto de procesamiento a decretar contra el Dr. Bartolomé Pérez, quien, a resultas de un cierto testimonio, había sido prendido la víspera e internado en la cárcel de la Inquisición..
Uno de aquellos desdichados había atribuido al Dr. Pérez opiniones bastante dudosas que, cuando menos, descubrían este hecho alarmante: que el cristiano viejo y sacerdote de Cristo había mantenido contactos, conversaciones, quizás con el grupo de judaizantes, y ello no sólo después de abandonar el servicio del prelado sino ya desde ante. De buena gana lo hubiera pasado por alto. Mas ¿podía, en conciencia, desentenderse de los indicios que tan inequívocamente señalaban al Dr. Bartolomé Pérez? No podía, en conciencia; aunque supiera, como lo sabía, que este golpe iba a herir de rechazo a su propia hija...
En fin, el mal estaba hecho. ¿Qué efecto le produciría a la desventurada, inocente y generosa criatura el enterarse, como se enteraría sin falta, y saber que su confesor, su maestro, estaba preso por sospechas relativas a cuestión de doctrina? Trabajó toda la noche. Y casi al rayar el alba, se quedó, sin poderlo evitar, un poco traspuesto. Al entrar Marta al despacho, como solía, por la mañana temprano, se irguió con precipitación; espantados tras de las gafas, se abrieron los ojos miopes. Y ya la muchacha, quedó clavada en su sitio.

-Ven acá, Marta, ven, dime: si te dijeran que el mérito de un cristiano virtuoso puede revertir sobre sus antepasados y salvarlos, ¿qué dirías tú?
-La oración y las buenas obras pueden, creo, ayudar a las ánimas del purgatorio, señor.
-Sí, sí, pero... ¿y a los condenados?
-¿Cómo saber quién está condenado, padre?

El teólogo había prestado sus cinco sentidos a la respuesta. Quedó satisfecho. Le dio licencia, con un signo de la mano, para retirarse.
El señor obispo se se puso de nuevo a trabajar con ahínco sobre los papeles hasta que, poco más tarde, llegó el Secretario del Santo Oficio. Dictándole estaba aún su señoría el texto definitivo de las previstas resoluciones -y ya se
acercaba la hora del mediodía- cuando, para sorpresa de ambos funcionarios, se abrió la puerta de golpe y vieron a Marta precipitarse en la sala.

-¿Qué le ha pasado al Dr. Pérez?
-¿Qué es eso, hija mía? Cálmate. ¿Qué tienes? El doctor Pérez va a ser..., va a rendir una declaración. Todos deseamos que no haya motivo... Pero, ¿qué significa esto, Marta?
-Lo han preso; está preso. ¿Por qué está preso? Quiero saber qué pasa.

Entonces, el obispo se puso a esbozar una confusa explicación sobre la necesidad de cumplir ciertas formalidades que, sin duda, imponían molestias a veces injustificadas, pero que eran exigibles en atención a la finalidad más alta de mantener una vigilancia estrecha en defensa de la fe y doctrina de Nuestro Señor Jesucristo...

-No me atrevo a pensar que si mi padre hubiera estado en el puesto de Caifás, tampoco él hubiera reconocido al Mesías.
-¿Qué quieres decir con eso?
-No juzguéis, para que no seáis juzgados.
-¿Qué quieres decir con eso?
-Juzgar, juzgar, juzgar .
-¿Qué quieres decir con eso?
-Me pregunto cómo puede estarse seguro de que la segunda venida no se produzca en forma tan secreta como la primera.

Esta vez fue el Secretario quien pronunció unas palabras:

-¿La segunda venida?
-Calla.
-¿Cómo saber si entre los que a diario encarceláis, y torturáis, y condenáis, no se encuentra el Hijo de Dios?
-¡El Hijo de Dios!

Volvió a admirarse el Secretario. Parecía escandalizado; contemplaba, lleno de expectativa, al obispo.

-¿Sabes, hija mía, lo que estás diciendo?
-Sí, lo sé. Lo sé muy bien. Puedes, si quieres, mandarme presa.
-Estás loca; ¡vete!
-¿A mí, porque soy tu hija, no me procesas? Al Mesías en persona lo harías quemar vivo.

El señor obispo inclinó la frente, perlada de sudor; sus labios temblaron en una imploración:
-«¡Asísteme, Padre Abraham!»,
e hizo un signo al Secretario. El Secretario comprendió; no esperaba otra cosa. Extendió un pliego limpio, mojó la pluma en el tintero y, durante un buen rato, sólo se oyó el rasguear sobre el áspero papel, mientras que el prelado, pálido como un muerto, se miraba las uñas.