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Relatos largos.
La peste que asoló Florencia en 1348 inspiró a Boccaccio la idea de El decamerón, que redactó entre ese año y el de 1353. La obra obtuvo gran éxito y le valió ser promovido a cargos oficiales honoríficos.
Su legado literario más valioso, el que lo convierte en el fundador de la prosa italiana, son los cien cuentos que lo componen, que dan cuenta de su visión a la vez cínica e indulgente de las flaquezas, los pecados y las corrupciones de los hombres de su época.
A El marido confesor que hoy publicamos seguirá del mismo autor El resucitado.

Ficha de audio:
Texto: Giovanni Boccaccio.
Narrador: José Manuel Argon.
Marido: Javier Merchante.
Mujer: Pepa Carrasco.
Felipe: Adolfo Zarandieta.
Músicas: Silvius Leopold Weiss.



El marido confesor.
(Giovanni Boccaccio. Adaptado)
Narrador: Un rico comerciante de Rímini, casado con hermosa mujer, se volvió en extremo celoso. No tenía motivos para padecerlos. Para ella no había ni bodas, ni festines, ni paseos: sólo le era permitido ir a la iglesia los días de gran solemnidad, pasando todo el tiempo en su casa, sin tener libertad de asomar la cabeza a las ventanas de la calle. Así, pues, aquella mujer, viéndose, sin motivo alguno, mártir de los celos de su marido, creyó que no sería un crimen mayor si estaba celoso con fundamento. Sabiendo que en la casa contigua vivía un joven gallardo y bien educado, buscó alguna hendidura en la pared desde la cual pudiese hablarle y entregarle su corazón.
Con la ayuda de su criada, levantando las tapicerías, descubrieron una hendidura que daba al cuarto del joven, y que éste dormía en él sin compañía. Trabaron ambos jóvenes amistad y, al poco tiempo, complacidos por el amor que se profesaban, la hendidura fue bastante grande para verse y tocarse las manos; pero, los dos amantes no podían hacer otra cosa, a causa de la vigilancia del celoso.
Una mañana, la mujer dijo a su marido que deseaba confesarse y ponerse en estado de cumplir con sus deberes religiosos el día de la Natividad del Salvador.
Marido: ¿Qué necesidad tenéis de confesaros y qué pecados habéis cometido?
Mujer: ¿Creéis, acaso, que soy una santa y que no peco lo mismo que las demás? Mas no es a vos a quien debo confesarme, ya que ni sois sacerdote ni tenéis facultades para absolverme.
Marido: Bien, podréis hacerlo a condición de que lo hagáis en mi capilla y con el padre capellán, o con cualquier otro sacerdote que éste os indique. Iréis muy temprano y regresaréis a casa una vez terminada la confesión.
Narrador:Llegado el día, el marido llegó a la iglesia antes que ella y, concertado con el capellán sobre lo que se proponía hacer, se vistió con una sotana y un capuchón que le cubría el rostro. El padre capellán se disculpó diciéndole que en aquel momento no podía tomarle confesión, pero que le mandaría a uno de sus colegas. Poco después vio llegar a su marido disfrazado.
Mujer: “¡Alabado sea Dios! De marido celoso, helo aquí convertido en sacerdote. Veremos cuál de los dos será el burlado. Le prometo que encontrará lo que busca: micer Cornamenta va a visitarlo, o yo me equivoco mucho.”
Narrador: La joven, fingiendo tomarle por un clérigo verdadero, empieza a comunicarle sus pecados
Mujer: Soy casada, y me acuso de estar enamorada de un sacerdote que todas las noches duerme conmigo.
Marido: Pero ¿cómo es eso? ¿Acaso vuestro marido no duerme a vuestro lado?
Mujer: Sí, padre mío.
Marido: Y, entonces, ¿cómo puede dormir con vos un sacerdote?
Mujer: Ignoro qué secreto emplea; pero no hay puerta de nuestra casa, por cerrada que esté, que no se abra a su presencia. Más me ha dicho que, antes de entrar en mi dormitorio, tiene costumbre de pronunciar ciertas palabras para adormecer a mi marido, y que sólo cuando queda dormido abre la puerta y se acuesta a mi lado.
Marido: Muy mal hecho, señora mía; y, si queréis obrar bien, no debéis recibir más a ese infeliz sacerdote.
Mujer: No puede ser lo que pedís; le quiero tanto, que me fuera imposible renunciar a sus caricias.
Marido: Si es así, siento tener que deciros que no puedo absolveros.
Mujer: ¡Cómo ha de ser! Mas yo no he venido aquí para decir mentiras. Si me sintiese con fuerzas para seguir vuestro consejo, os lo prometería con mil amores.
Marido: En verdad, señora, que siento os condenéis; no hay salvación para vuestra alma, si no renunciáis a ese comercio criminal. Lo único que puedo hacer en vuestro servicio es rogar al Señor para que os convierta, y espero que atenderá a mis fervientes oraciones. Os mandaré de vez en cuando un clérigo para saber si éstas se han aprovechado. Si producen buen efecto, podré daros la absolución.
Mujer: ¡Que Dios os libre, padre mío, de mandar quienquiera que sea a mi casa!: mi marido es tan celoso, que, si llegara a saberlo, nadie le quitaría de la cabeza que hay un mal en ello, y no me dejaría sosegar. Harto sufro ya ahora.
Marido: No os dé cuidado eso, señora, pues arreglaré las cosas de suerte que él no tendrá de qué quejarse.
Mujer: Siendo así, consiento de todo corazón lo que me proponéis.
Narrador: Ya en la casa, el marido, fingió cuanto pudo para no demostrar lo que pasaba en su interior, y resolvió hacer de centinela la noche siguiente en un cuartito inmediato a la puerta de la calle, para ver si acudía el sacerdote.
Marido: Esta noche no vendré a cenar, ni a dormir; por consiguiente, te ruego cierres bien las puertas, y sobre todo la de la escalera y la de tu habitación. En cuanto a la de la calle, yo me encargo de cerrarla, y me llevaré la llave.
Mujer: Está muy bien; puedes quedar tan tranquilo como si no te ausentases de casa.
Narrador: Viendo que las cosas seguían el camino que ella deseaba, se dirigió al agujero de comunicación, y puso al tanto a Felipe.
Mujer: No creo ni un palabra de su pretendido proyecto; estoy segura que no saldrá de casa; mas ¿qué importa, con tal que se esté junto a la puerta de la calle, donde permanecerá de centinela toda la noche? Tratad de introduciros en nuestra casa por el tejado, y venid a reuniros conmigo cuando haya oscurecido. Encontraréis abierta la ventana del desván.
Felipe: Así haré, querida amiga.
Narrador: Llegada la noche, el celoso se despidió de su mujer, fingió salir y fue a apostarse en el cuarto inmediato a la calle. Por su parte, la mujer hizo como que se encerraba bajo siete llaves y en seguida corrió en busca de Felipe. No se separaron hasta que comenzó a despuntar la aurora.
El celoso, como el sacerdote no compareciera en toda la noche, abrió la puerta de la calle, fingiendo llegar de fuera.
Al día siguiente, un muchacho, que dijo venir de parte de cierto confesor, preguntó por la mujer, informándose sobre si el hombre en cuestión había acudido la noche pasada. La joven contestó negativamente, pero el marido continuó acechando por espacio de algunas noches, esperanzado en sorprender al sacerdote. La mujer aprovechó todas sus ausencias para recibir las caricias de su amante y entretenerse con él en lo agradable que es engañar a un celoso.
Un día, el marido, viendo que era inútil declarar infiel a su mujer, le preguntó:
Marido: Quiero que me digas ahora mismo qué le dijiste a tu confesor y a qué vienen los recados que le mandas con tanta frecuencia.
Mujer: No estoy obligada a hacerlo.
Marido: ¡Pérfida, bribona! A pesar de tus negativas, ya sé lo que le dijiste, y quiero saber irremisiblemente quién es el sacerdote temerario que, merced a sus sortilegios, ha logrado dormir contigo, y del que estás tan enamorada; ¡o me dices su nombre, o te estrangulo!
Mujer: No estoy enamorada de ningún sacerdote.
Marido: ¿Cómo es eso, desdichada? ¿Acaso no dijiste a tu confesor, el día de Navidad, que amabas a un cura y que casi todas las noches se acostaba a tu lado, mientras yo dormía? Desmiénteme, si te atreves.
Mujer: No tengo necesidad de ello; mas reportaos, por favor, y os lo confesaré todo. ¿Es posible que un hombre experto, como sois vos, se deje embaucar por una mujer tan sencilla como yo? Cuanto más torpe y estúpido os habéis vuelto, menos debo vanagloriarme de haberos engañado. ¿Creéis de buena fe que esté yo tan ciega de los ojos del cuerpo como lo estáis vos de los del ánimo? Desengañaos, que yo veo muy claro; tan claro, que reconocí perfectamente al sacerdote que me confesó la última vez; sí, vi que erais vos mismo en persona; mas, para castigaros de vuestros curiosos celos, quise haceros pasar un mal rato, y lo sucedido después responde al éxito de mi empresa. Os dije que amaba a un cura: ¿acaso no lo erais en aquel momento? Añadí que todas las puertas de mi casa se abrían a su paso, si quería dormir conmigo: ¿qué puertas os he cerrado, cuando habéis venido a buscarme? Además, os dije que el susodicho cura se acostaba conmigo todas las noches: ¿acaso habéis faltado de mi lado alguna vez? Y cuando me ha visitado, de parte vuestra, el pretendido clérigo, ¿no he contestado que el cura no había comparecido? ¿Era tan difícil desembrollar este misterio? Sólo un hombre cegado por los celos ha podido no ver claro en el asunto. Y, en efecto, ¿no se necesita ser tonto, y muy tonto, para pasar las noches en acecho y quererme dar a entender que habíais ido a cenar y dormir fuera de casa? En lo sucesivo, no os deis tan inútil trabajo; razonad un poco más, y desechad celos y sospechas. Estad persuadido de que, si me encontrara de humor de engañaros y de trataros cual se merece un celoso de vuestra especie, no seríais vos quien me lo impidiese, y, aunque tuvieseis cien ojos, os juro que nada veríais. Sí, amigo mío: os pondría los cuernos, sin que abrigaseis la menor sospecha, si me diese la gana; así, pues, desechad unos celos tan deshonrosos para vuestra mujer como injurioso para vos mismo.
Narrador: El imbécil del celoso no supo qué contestar; dio gracias al cielo de haberse equivocado; y abandonó sus celos, precisamente en el momento que hubiera podido tenerlos con razón. Su conversión dio una mayor libertad a la señora, que ya no tuvo necesidad de hacer penetrar al amante por el tejado, como los gatos, para solazarse con él. Le hacía entrar por la puerta de la calle, con alguna precaución, y disfrutaba momentos muy felices en su compañía, sin que nada sospechara el marido.