El patito feo

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María y David Díaz

Hans Christian Andersen (1.805-1.875) era hijo de un instruido zapatero y una lavandera que padeció la penuria hasta el extremo de dormir bajo un puente y mendigar. Durante sus años de escuela sufrió las burlas del director de su colegio; años que siempre recordó como un suplicio. Detrás de muchos relatos de Andersen podremos reconocer elementos autobiográficos como es el caso de El patito feo.
Hay una desveladora frase en este cuento que nos muestra claramente la intención oculta que anida él: Poco importa que se nazca en el corral de los patos, siempre que uno salga de un huevo de cisne. Después de sufrir toda clase de sufrimientos, desprecios e incomprensiones, desplegó sus alas, alzó su esbelto cuello e inició el vuelo ante la admiración de todos.
Para este cuento, María y David Díaz, alumnos de segundo y quinto de primaria del C.E.I.P. San Sebastián de la Puebla del Río, realizaron las ilustraciones que acompañan al audio.





El patito feo.
(Adaptación)


Cierto día los huevos que anidaba mamá pata rompieron el cascarón y los patitos vinieron al mundo; salvo un huevo, más grande que el resto, que se demoraba en salir. Por fin rompió el cascarón y la pata, al ver lo grande y feo que era, exclamó:
-¡Dios mío, qué patito tan enorme! No se parece a ninguno de los otros.
Al otro día hizo un tiempo maravilloso y mamá pata llevó a todos los patitos al foso para nadar. De regreso al corral, mamá pata les dijo:
- Anden ligeros y no dejen de hacerle una bonita reverencia a esa anciana pata que está allí. Es la más fina de todos nosotros. Fíjense en que lleva una cinta roja atada a una pierna. ¡No metan los dedos hacia adentro! Los patitos bien educados los sacan hacia afuera… Eso es. Ahora hagan una reverencia y digan ¡cuac!
La vieja pata al verlos pasar, le dijo:
-¡Qué lindos niños tienes, muchacha! Todos son muy hermosos, excepto uno. Sin embargo, estos otros patitos son encantadores.
La vieja pata los invitó a pasar. Todos se sintieron allí a sus anchas. Pero el pobre patito que había salido el último del cascarón, y que tan feo les parecía a todos, no recibió más que picotazos, empujones y burlas.
-¡Qué feo es!
Así pasó el primer día. En los días siguientes, las cosas fueron de mal en peor. El pobre patito se vio acosado por todos. Incluso sus hermanos y hermanas lo maltrataban y le decían:
-¡Ojalá te agarre el gato, grandullón!
Entonces el patito huyó del corral hasta que llegó a los grandes pantanos donde vivían los patos salvajes.
A la mañana siguiente, los patos salvajes miraron a su nuevo compañero.
-¿Y tú qué cosa eres? ¡Eres más feo que un espantapájaros! Pero eso no importa, con tal que no quieras casarte con una de nuestras hermanas.
¡Pobre patito! Ni soñaba él con el matrimonio. Sólo quería que lo dejasen estar tranquilo entre los juncos y tomar un poquito de agua del pantano.
De repente, se oyó -¡bang, bang!-, los cazadores se presentaron con sus escopetas y perros de caza. Los patos y los gansos espantados emprendieron el vuelo. Un enorme y espantoso perro apareció junto a él: la lengua le colgaba fuera de la boca y sus ojos miraban con brillo temible. Le acercó el hocico, le enseñó sus agudos dientes, y de pronto… ¡plaf!… ¡allá se fue otra vez sin tocarlo!
-Por suerte soy tan feo que ni los perros tienen ganas de comerme-. Y se tendió allí muy quieto.
Hacia el crepúsculo llegó a una pobre cabaña campesina. En la cabaña vivía una anciana con su gato y su gallina. Cuando llegó la mañana, el gato y la gallina no tardaron en descubrir al extraño patito. La vieja, que no andaba muy bien de la vista al verlo, dijo:
-¡Qué suerte! Ahora tendremos huevos de pata. Le daremos unos días de prueba.
Así que al patito le dieron tres semanas de plazo para poner, al término de las cuales, por supuesto, no había ni rastros de huevo.
El patito fue a sentarse en un rincón, muy desanimado. Recordó el aire fresco y el sol, y sintió ganas de irse a nadar en el agua. Fue y se lo contó a la gallina.
-¡Vamos! ¿Qué te pasa? Bien se ve que no tienes nada que hacer.
-¡Pero es tan sabroso nadar en el agua! ¡Tan sabroso zambullir la cabeza y bucear hasta el mismo fondo!
-Sí, muy agradable. Me parece que te has vuelto loco.
-No me comprendes.
-¡No seas tonto, muchacho! ¿No te has encontrado un cuarto cálido y confortable? No eres más que un tonto, y a nadie le hace gracia tenerte aquí.
-Creo que me voy a recorrer el ancho mundo.
-Sí, vete.
Y así fue como el patito se marchó. Nadó y se zambulló; pero ningún ser viviente quería tratarse con él por lo feo que era.
Pronto llegó el otoño. Las hojas en el bosque se tornaron amarillas o pardas; el viento las arrancó y las hizo girar en remolinos, y los cielos tomaron un aspecto hosco y frío.
Cierta tarde emergió de entre los arbustos una bandada de grandes y hermosas aves. El patito no había visto nunca unos animales tan espléndidos. Eran de una blancura resplandeciente, y tenían largos y esbeltos cuellos. Eran cisnes. A la vez que lanzaban un fantástico grito, extendieron sus magníficas alas, y remontaron el vuelo, alejándose de aquel frío hacia las tierras cálidas. Se elevaron muy alto, muy alto, y el patito feo se sintió lleno de una rara inquietud.
¡Cuán frío se presentó aquel invierno! Sería demasiado cruel describir todas las miserias y trabajos que el patito tuvo que pasar durante aquel crudo invierno. Había buscado refugio entre los juncos cuando las alondras comenzaron a cantar y el sol a calentar de nuevo: llegaba la hermosa primavera.
Entonces, de repente, probó sus alas: el zumbido que hicieron fue mucho más fuerte que otras veces, y lo arrastraron rápidamente a lo alto. Y en eso surgieron en la laguna, frente a él, tres hermosos cisnes blancos. El patito feo reconoció a aquellas espléndidas criaturas que una vez había visto levantar el vuelo, y se sintió sobrecogido.
-¡Volaré hasta esas regias aves! Me darán de picotazos hasta matarme, por haberme atrevido a aproximarme a ellas. Pero, ¡qué importa! Mejor es que ellas me maten, a sufrir los pellizcos de los patos, los picotazos de las gallinas, los golpes de la muchacha que cuida las aves y los rigores del invierno.
Y así, voló hasta el agua y nadó hacia los hermosos cisnes. En cuanto lo vieron, se le acercaron con las plumas encrespadas.
-¡Sí, mátenme, mátenme! -gritó inclinando la cabeza hacia el agua en espera de la muerte. Pero, ¿qué es lo que vio allí? ¡Era un reflejo de sí mismo, pero no ya el reflejo de un pájaro torpe y gris, feo y repugnante, no, sino el reflejo de un cisne!
Poco importa que se nazca en el corral de los patos, siempre que uno salga de un huevo de cisne. Se sentía realmente feliz de haber pasado tantos trabajos y desgracias, pues esto lo ayudaba a apreciar mejor la alegría y la belleza que le esperaban. Y los tres cisnes nadaban y nadaban a su alrededor y lo acariciaban con sus picos.
En el jardín habían entrado unos niños que lanzaban al agua pedazos de pan y semillas.
-¡Ahí va un nuevo cisne! ¡Es el más hermoso!
-¡Sí, hay un cisne nuevo! ¡Qué joven y esbelto es!
Era muy, pero muy feliz, aunque no había en él ni una pizca de orgullo, pues este no cabe en los corazones bondadosos. Y mientras recordaba los desprecios y humillaciones del pasado, oía cómo todos decían ahora que era el más hermoso de los cisnes.
















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