El pequeño abeto


Cristina, nuestra ahijada, con cuatro o cinco años aprendió a leer sola. Cuando venía a casa y aún no sabía leer, cogía una pila de libros de su tita, se los llevaba a la escalera y hacía como que los leía mientras pasaba las páginas y verbalizaba lo que ella suponía que contenían. Desde que aprendió a leer es una empedernida lectora y ahora comprobaréis como, además, posee unas excelentes condiciones para la interpretación.
La historia que os vamos a contar es la de un pequeño abeto que no estaba contento con sus hojas...

Reparto:
Narrador: Javier Merchante.
Abeto/cabra: Cristina de la Torre Asencio.
Música: Alexander Stamenkovic (Jamendo).
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EL PEQUEÑO ABETO.

Había una vez un pequeño abeto que era muy desgraciado porque, en medio de todos los árboles que tenían hojas verdes, el sólo tenía agujas, y sólo agujas... ¡Cómo se quejaba!:

- Todos mis amigos tienen hermosas hojas verdes; en cambio yo, sólo tengo espinas... Quisiera tener...; quisiera tener todas mis hojas de oro.

A la mañana siguiente el pequeño abeto vio cumplido su deseo y amaneció todo cubierto de oro. En el bosque, los árboles comentaron así:

- ¡El pequeño abeto es todo de oro!

Un ladrón escuchó lo que dijeron los árboles, esperó a que llegara la noche, se adentró en el bosque con un saco y despojó al pequeño abeto de todas sus hojas de oro.
A la mañana siguiente, el pequeño abeto se quejaba así:

- Ya no quiero más hojas de oro..., vienen los ladrones y te dejan sin nada. Quisiera tener..., ¡quisiera tener mis hojas de cristal, que también brillan!

A la mañana siguiente su deseo se vio cumplido. Todos los árboles del bosque comentaron así:

- ¡El pequeño abeto tiene sus hojas de cristal!

Pero al llegar la noche, se presentó la tormenta y un fuerte viento lo dejó completamente desnudo, sin que sus quejas le sirvieran de nada... A la mañana siguiente, al ver el destrozo, el pequeño abeto se puso a llorar:

- ¡Qué desgraciado soy! Otra vez estoy desnudo. Han robado mis hojas de oro y han roto mis hojas de cristal. Quisiera tener..., ¡quisiera tener como mis amigos hermosas hojas verdes!

A la mañana siguiente su deseo se vio cumplido y amaneció cubierto de hermosas hojas verdes, como sus amigos... Sus vecinos los árboles del bosque comentaron así:

- ¡El pequeño abeto ya es como nosotros!

Pero la cabra salió de paseo con sus cabritillos y al ver al pequeño abeto les dijo así:

- ¡Venid, niñitos míos! ¡Venid, hijos míos! Saboread esta comida y no dejéis nada.

Los cabritillos se acercaron y en un instante lo devoraron todo. El pequeño abeto al verse completamente desnudo y tiritando, se puso a llorar de nuevo como un niño:

- ¡Se lo han comido todo! Ya no me queda nada. He perdido mis hojas, mis hermosas hojas verdes, como mis hojas de cristal y mis hojas de oro. ¡Si al menos pudiera tener mis antiguas agujas...!

A la mañana siguiente, cuando se despertó, se encontró sus antiguas agujas y no supo qué decir. Ya nunca más se quejó de ellas; se había curado de su orgullo. Y en el bosque se oyó a sus vecinos decir:

- ¡El pequeño abeto es como antes! ¡El pequeño abeto es como antes..., como antes...!

Y colorín, colorado, este cuento, se ha terminado.