El resucitado_entrada.png


Relatos largos.
La peste que asoló Florencia en 1348 inspiró a Boccaccio la idea de El decamerón, que redactó entre ese año y el de 1353. La obra obtuvo gran éxito y le valió ser promovido a cargos oficiales honoríficos.
Su legado literario más valioso, el que lo convierte en el fundador de la prosa italiana, son los cien cuentos que lo componen, que dan cuenta de su visión a la vez cínica e indulgente de las flaquezas, los pecados y las corrupciones de los hombres de su época.
Un abad está deslumbrado por la belleza de la esposa de un tosco y celoso campesino, Ferondo. Consigue ganarse la confianza del matrimonio para acercarlos a él y así tender la red donde ha de caer tan dulce muchacha.
Con ustedes El resucitado...

Ficha de audio.
Texto: Giovanni Boccaccio.
Narrador: Antonia Zurera.
Abad: Javier Merchante.
Mujer: Pilar Valdés.
Ferondo: Pablo Domínguez.
Fraile: José Manuel Argon.

Músicas: Johann Hermann Schein (Ens. Le Banquet du Roy).
Duración: 13:27.




El resucitado.
(Giovanni Boccaccio. Adaptado)

Narrador: Hubo en Toscana una abadía cuyo abad llevaba una vida bastante regular, si se exceptúa el artículo mujeril, sin el que no podía pasarse. Se le tenían por un santo varón. Cerca del convento vivía un rico campesino, llamado Ferondo, hombre grosero y estúpido, quien trabó relaciones con el abad. La mujer de Ferondo era joven y linda, y apenas la vio el fraile, quedó prendado de ella. Como era hábil y astuto, supo amansar de tal suerte al marido celoso, que logró que llevara a su mujer a pasear por el lindo huerto del convento. El buen hipócrita sólo les hablaba de cosas santas. La unción que empleaba en sus discursos le hacían pasar por santo a los ojos de aquellos esposos. En fin: supo desempeñar tan bien su papel, que la mujer lo tomó por director espiritual. Ya la tenemos postrada a los pies del abad, quien se propone sacar partido de su confesión para conducirla a sus fines.
Abad: Y... ¿vivís en armonía con vuestro marido?
Mujer: ¡Ay!, difícil es satisfacer a semejante hombre; no podéis figuraros lo que sufro con sus tonterías y estupidez. Por otro lado, sus celos no tienen límite, aunque, a decir verdad, no doy el más pequeño motivo para que los tenga. Os quedaría muy reconocida, padre mío, si me quisieseis aconsejar sobre el modo con que debo obrar para curarle de esa enfermedad, que causa mi desdicha y también la suya.
Abad: Me hago cargo, hija mía, de la extensión de vuestras penas. Debéis tratar de curar a vuestro marido del mal cruel de los celos. Convengo con vos en que la cosa no es tan fácil, mas os prometo ayudaros en lo que pueda. Sé un remedio infalible, y lo emplearé, con tal que me prometáis guardar el más inviolable secreto de lo que voy a revelaros.
Mujer: No pongáis en duda mi discreción; antes mil veces la muerte que divulgar una cosa que me hayáis prohibido decir. Hablad, ¿cuál es ese remedio?
Abad: Si hemos de conseguir que vuestro marido se cure de los celos, es absolutamente necesario que se dé una vuelta por el purgatorio.
Mujer: ¿Qué estáis diciendo, padre mío? ¿Acaso se puede ir al purgatorio en vida?
Abad: No; morirá antes de ir. Y cuando haya transcurrido bastante tiempo para que quede curado de celos, entonces los dos rogaremos a Dios que le vuelva a la vida, y puedo aseguraros que nuestras oraciones serán oídas.
Mujer: Mas, ¿durante el tiempo que estará sin vida deberé yo permaneceré en estado de viudedad? ¿No podré volver a casarme?
Abad: No, hija mía; no os será permitido tomar otro marido; esto irritaría al Todopoderoso. Por otra parte, os veríais en la precisión de abandonarle cuando vuelva Ferondo del otro mundo, y este nuevo enlace le haría más celoso que antes.
Mujer: Estoy resuelta a someterme ciegamente a vuestra voluntad, reverendo padre, siempre que quede curado de su mal y que no tenga necesidad de guardar por mucho tiempo la viudez.
Abad: Estad tranquila, hija mía; todo se arreglará como corresponde. Mas ¿qué recompensa me daréis por este servicio?
Mujer: La que deseéis, si está en mi mano; pero ¿qué puede hacer una mujer de mi condición por un hombre como vos?
Abad: Podéis hacer tanto o más por mí que lo que yo por vos; podéis conservarme la vida, que indudablemente perderé si no ponéis remedio a mi mal.
Mujer: ¿Qué debo hacer, pues? ¿Cuál es vuestro mal, y de qué manera puedo curarlo?
Abad: Mi mal no es otro que el inmenso amor que os profeso; y si no correspondéis a mi pasión soy hombre perdido.
Mujer: ¡Ah! ¿Qué es lo que me pedís? Yo os tenía por un santo. ¿Está bien que un sacerdote, un religioso, un confesor, haga semejantes declaraciones a sus penitentes?
Abad: No debéis sorprenderos por esto, querida mía; la santidad no sufrirá menoscabo por ello, puesto que reside en el alma, y lo que os pido sólo atañe al cuerpo. Este cuerpo tiene sus necesidades, que es permitido satisfacer, mientras se conserve la pureza del espíritu. Si alguna cosa debe sorprenderos, es el efecto producido por vuestra belleza en un corazón que no acostumbra ver otras beldades que las celestes. Podéis gloriaros de ser la más hermosa de las mujeres, ya que la santidad misma no ha podido resistir a vuestros atractivos. Mientras el celoso Ferondo permanecerá en el purgatorio, yo os haré compañía y os serviré de marido, sin que nadie llegue a saberlo nunca. Aprovechad, pues, linda amiga mía, la ocasión que el cielo os ofrece. Si sois discreta, no la dejareis escapar. Sin contar que poseo muy lindas sortijas y otras valiosas joyas, que os regalaré si consentís en hacer en vuestro favor. ¿Seríais tan desagradecida que me rehusaríais un servicio que tan poco ha de costaras, cuando quiero haceros uno de tal importancia para vuestra tranquilidad?
Mujer: Haré cuanto sea de vuestro agrado, pero sólo cuando Ferondo esté en el purgatorio.
Abad: No tardará en ir. Sólo os pido que le digáis venga a verme mañana, o pasado; cuanto antes, mejor.
Narrador: Y dicho esto, le colocó una sortija en el dedo y la despidió.
No tardó en presentarse Ferondo en el convento. El abad había recibido de las tierras de Oriente unos polvos amarillos, que producían un sueño más o menos largo. Era tal la virtud de aquellos polvos, que, mientras obraban sobre el que los había tomado, hubiérase dicho que estaba muerto, sin que por esto le causasen ninguna molestia: quitaban los sentidos, y nada más. El abad mezcló una cantidad en vino, y lo dio a beber a Ferondo. Los polvos empezaron a hacer su efecto: Ferondo se duerme, y cae al suelo. Se le traslada a una de las celdas, se le toma el pulso, y vese que ha cesado; por lo tanto, no cabe ya duda que el pobre hombre está muerto. Finalmente, es enterrado con todas las ceremonias de costumbre y apenas la noche hubo extendido sus sombras sobre la tierra, cuando el abad y un fraile, íntimo amigo suyo, se encaminan a la fosa, sacan a Ferondo del ataúd y lo trasladan al hoyo que servía de cárcel a los frailes que cometían algún pecadillo. Desnúdanlo, le ponen un hábito y lo extienden sobre un montón de paja, aguardando a que despierte.
El siguiente día, el abad, visita a la viuda y convienen en reunirse la noche siguiente.
Preséntase el fraile vestido con las ropas del pobre Ferondo, que todavía dormía, se acuesta con su mujer y se refocila de lo lindo.
Ya se comprenderá que el bribonzuelo no se contentó con aquella noche, sino que menudeó sus visitas...
Al cabo de tres o cuatro días despertó el pobre Ferondo. El fraile cómplice del abad penetró en el calabozo provisto de un haz de juncos, y le aplicó cinco o seis golpes con todas sus fuerzas.
Ferondo: ¡Ay, ay! ¿Dónde estoy?
Fraile: Estás en el purgatorio.
Ferondo: ¿Acaso he muerto?
Fraile: Indudablemente. Toma, para que comas y bebas.
Ferondo: ¿Cómo es eso? ¿Acaso comen los muertos?
Fraile: Sí; comen cuando Dios lo manda. La comida que aquí ves es la misma que ha dejado esta mañana en la iglesia la mujer que dejaste en la tierra, para que dijesen misas por el descanso de tu alma. Dios quiere que te sea dada en este sitio.
Ferondo: ¿Por qué me has pegado así?
Fraile: Porque Dios me lo ha ordenado, y quiere que recibas igual número de azotes dos veces al día.
Ferondo: Y el motivo ¿cuál es?
Fraile: Por haber tenido celos de tu mujer, la más honrada y virtuosa del lugar.
Ferondo: ¡Ah! Es muy cierto, era más dulce que la miel; pero yo ignoraba que los celos fuesen un pecado a los ojos de Dios. Puedo aseguraros que, a haberlo sabido, no hubiese estado celoso.
Fraile: Cuanto digas ahora es inútil; yo debo ejecutar las órdenes que tengo, y nada más. A lo menos, este castigo te enseñará a no serlo otra vez, si vuelves al mundo de los vivos.
Ferondo: ¿Acaso los muertos pueden volver a la tierra?
Fraile: Sí, siempre que así lo quiera Dios.
Ferondo: ¡Ay! Si algún día torno allí, prometo ser el mejor de los maridos. ¡Viva una mujer tan buena! Si algún día vuelvo a su lado, la dejaré en libertad de hacer cuanto le acomode. ¡Buena y excelente mujer! Pero vos quién sois.
Fraile: Soy un difunto como tú; y por haber loado los celos de un amo que tuve, Dios me ha condenado a ser tu camarero y tu verdugo dos veces al día, hasta que decida otra suerte de nuestro destino.
Ferondo: Otra pregunta: ¿no hay más que nosotros dos en este sitio?
Fraile: Somos muchos miles; pero no te está permitido verlos ni oírlos, ni ellos te ven ni te oyen a ti.
Ferondo: ¿A qué distancia nos hallamos de nuestro país?
Fraile: A miles y miles de leguas.
Ferondo: ¡Cáspita!, muy lejos es; sin duda, debemos estar fuera del mundo, ya que se encuentra tan distante de aquí nuestro pueblo.
Narrador: Diez meses hacía que aquel infeliz permaneció encerrado en aquella mazmorra, cuando su mujer quedó embarazada. Entonces juzgaron ser llegado el momento de resucitar al marido, para encubrir el libertinaje.
La siguiente noche, el abad se dirigió en persona al calabozo de Ferondo, y, fingiendo la voz, le dijo:
Abad: Consuélate, Ferondo; Dios quiere que vuelvas a habitar la tierra, donde tendrás otro hijo, a quien darás el nombre de Benito. Debes tan señalada gracia a las reiteradas oraciones de tu mujer y a las del santo abad del convento de tu pueblo.
Ferondo: ¡Alabado sea Dios! Voy a ver otra vez a mi dulce y santa mujer, a mi caro y tierno hijo y al santo y piadoso abad, a quien deberé mi redención. ¡Qué Dios les bendiga para siempre amén!
Narrador: El padre abad, con los consabidos polvos en su bebida, y ayudado del fraile confidente, lo llevarlo a la fosa donde había sido enterrado al principio.
Cuando despertó el pretendido difunto, pidió socorro y los frailes se acercaron a la fosa. Se apoderó tal miedo de todos ellos, que huyeron precipitadamente, dando parte al abad de aquel prodigio.
Abad: Nada temáis, hijos míos; tomad la cruz y el agua bendita, y vamos a ver, con santa reverencia, lo que la omnipotencia de Dios acaba de obrar.
Narrador: Mientras tanto, Ferondo había logrado apartar la losa de manera que pudiese pasar por la abertura y salir del hoyo. Al momento que ve al abad se arroja a sus pies y le dice:
Ferondo: Padre mío, vuestras oraciones y las de mi mujer me han librado de las penas del purgatorio y vuelto a la vida. Ruego al Altísimo que os la alargue mucho y os colme de bendiciones.
Abad: ¡Bendito y alabado sea el nombre del Señor! Levántate, hijo mío, y ve a consolar a tu mujer, que desde tu muerte no ha cesado de llorarte; anda, y sé un fiel servidor de Dios.
Narrador: Ferondo regresaba a su casa. Su mujer le recibió con las mayores demostraciones de contento; al cabo de siete meses dio a luz un niño, a quien el pretendido resucitado puso por nombre Benito Ferondo, creyéndose verdaderamente su padre. Todo cuanto relató del otro mundo ayudó a probar que realmente resucitara de entre los muertos, lo cual aumentó la reputación de santidad de que gozaba el padre abad. No pudo olvidar Ferondo los azotes que habían recibido sus espaldas en el purgatorio, y vivió al lado de su esposa sin sospecha alguna y sin molestarla con sus celos. Ella, por su parte, aprovechó la indulgencia y rusticidad de su marido para seguir recibiendo bendiciones de su santo director.