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A partir 8 años.
Un día una hermosa y caprichosa princesa pierde su pelota de oro al caérsele en un pozo. Su desconsolado llanto enternece a una rana que prodigiosamente posee la facultad de hablarEl rey rana de los hermanos Grimm.
Ficha de audio y vídeo:Texto: Hermanos Grimm.Narradora: Pilar Valdés.Princesa: Mª José Roquero.Rana: Quique Carneado.Rey: Javier Merchante.Ilustraciones: Anastassija Archipowa y otros.Música: Akashic Records.





El rey rana.
(Hermanos Grimm)

Narrador: Hace mucho tiempo vivía un rey que tenía unas hijas muy hermosas, sobre todo la menor que hasta el sol se maravillaba cuando sus rayos se posaban en su rostro. Junto al palacio real fluía un manantial y la hija del rey solía sentarse a la orilla de la fuente. Como se aburría, se ponía a jugar con una pelota de oro, arrojándola al aire y recogiéndola con la mano al caer; era su juguete preferido.
Ocurrió una vez que la pelota cayó en el suelo y, rodando, fue a parar dentro del agua. La pelota desapareció, pues el manantial era tan profundo, tan profundo, que no se podía ver su fondo. Entonces la niña comenzó a llorar, cada vez más fuerte, sin consuelo. En esas estaba cuando alguien la llamó:
Rana: ¿Qué te ocurre, princesa? ¡Hasta las piedras se ablandarían por tu llanto!
Narrador: La niña descubrió una rana que asomaba su gruesa y fea cabezota por la superficie del agua.
Princesa: ¡Ah!, eres tú, viejo chapoteador! Pues lloro por mi pelota de oro, que se me cayó en la fuente.
Rana: Cálmate y no llores más, yo puedo arreglarlo. Pero, ¿qué me darás si te devuelvo tu juguete?
Princesa: Lo que quieras, mis vestidos, mis perlas y piedras preciosas; hasta la corona de oro que llevo.
Narrador: La rana le contestó:
Rana: No me interesan tus vestidos, ni tus perlas, ni tus piedras preciosas, ni tu corona de oro; pero si estás dispuesta a quererme, si me aceptas por tu amiga y compañera de juegos; si dejas que me siente a la mesa a tu lado y coma de tu platito de oro y beba de tu vasito y duerma en tu camita; si me prometes todo esto, bajaré al fondo y te traeré la pelota de oro.
Princesa: ¡Oh, sí! Te prometo cuanto quieras si me devuelvas la pelota.
Narrador: Sin embargo, pensaba para sus adentros:
Princesa: “¡Qué tonterías se le ocurren a esta rana simplona! ¿Cómo puede ser compañera de un ser humano?”
Narrador: Obtenida la promesa, la rana se zambulló, y al poco rato volvió a salir con la pelota en la boca. La princesita, loca de alegría la recogió y echó a correr con ella.
Rana: ¡Aguarda, aguarda, llévame contigo!; no puedo alcanzarte; no puedo correr tanto como tú!
Narrador: Pero de nada le sirvió desgañitarse y gritar. La princesa se olvidó de la pobre rana.
Al día siguiente, estando la princesa almorzando junto con el Rey y toda la corte, se presentó en la puerta del comedor de palacio.
Rana: ¡Princesita, la menor de las princesitas, ábreme! Debes cumplir tu promesa.
Princesa: ¡Oh, qué horror, márchate de aquí, vete a tu charca!
Rey: Hija mía, ¿de qué tienes miedo? ¿Acaso hay a la puerta algún gigante que quiere llevarte?
Princesa: No, padre, no es un gigante, sino una rana asquerosa.
Rey: ¿Y qué quiere de ti?
Princesa: !Ay, padre querido! Ayer estaba en el bosque jugando junto a la fuente, y se me cayó al agua la pelota de oro. Y mientras yo lloraba, la rana me la trajo. Yo le prometí, pues me lo exigió, que sería mi compañera; pero jamás pensé que pudiese alejarse de su charca. Ahora está ahí afuera y quiere entrar.
Rana: ¡Princesita, la más niña, abreme! ¿No sabes lo que ayer me dijiste junto a la fresca fuente? ¡Princesita, la más niña, Ábreme!
Rey: Lo que prometiste debes cumplirlo. Ve y ábrele la puerta.
Narrador: La niña fue a abrir, y la rana saltó dentro y la siguió hasta su silla. Luego la subió a la mesa, comió de su plato y, finalmente dijo la bestezuela:
Rana: ¡Ay! Estoy ahíta y me siento cansada; llévame a tu cuartito y arregla tu camita de seda: dormiremos juntas.
Narrador: La princesita se echó a llorar; le repugnaba aquel bicho frío, que ni siquiera se atrevía a tocar; y he aquí que ahora se empeñaba en dormir en su cama. Pero el Rey, enojado, le dijo:
Rey: No debes despreciar a quien te ayudó cuando te encontrabas necesitada.
Narrador: La cogió con dos dedos y la depositó en un rincón de su habitación. Ella se acostó.
Rana: Estoy cansada y quiero dormir tan bien como tú; conque súbeme a tu cama, o se lo diré a tu padre.
Narrador: A la princesa se le acabó la paciencia, cogió a la rana del suelo y, con toda sus fuerzas, la arrojó contra la pared:
Princesa: ¡Ahora descansarás, asquerosa!
Narrador: Pero en cuanto la rana cayó al suelo, dejó de ser rana, y se convirtió en un apuesto príncipe. Les contó que una bruja malvada lo había encantado, y que nadie sino ella podía desencantarlo y sacarlo de la charca.
Y el Rey lo aceptó como compañero y esposo de su hija. Al día siguiente se marcharon en una carroza tirada por ocho caballos blancos, adornados con penachos de blancas plumas de avestruz y cadenas de oro. Detrás iba, de pie, el criado del joven Rey, el fiel Enrique. Este leal servidor había sentido tal pena al ver a su señor transformado en rana, que se había colocado tres aros de hierro en tomo al corazón para evitar que le estallase de dolor y de tristeza. Por el camino se oyeron tres chasquidos metálicos, y creyó el príncipe que la carroza se rompía; pero no eran sino los aros que saltaban del corazón del fiel Enrique al ver a su amo redimido y feliz.