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El rey y su halcón es un relato adaptado del original de Tomas Jefferson escrito para transmitir una enseñanza que va más allá de la política: nos habla de la importancia del control de nuestras emociones. Gengis Kan, en pleno apogeo imperial, gusta salir con sus soldados de caza portando su halcón. Se echa la tarde, se interna en un valle y tiene sed... El resto, mejor lo oís.
Ficha de audio y vídeo:Narradora: Antonia Zurera.Gengis Kan: Javier Merchante.Música: Grzegorz Majcherczyk (Jamendo).Ilustraciones: Alumnos de Alternativa 5º y 6º, curso 13/14, C.P. Josefa Navarro Zamora: Julio, Ismael, Xu Kai, Eloy, Joshué, Ye Fan, Helena, Aida, Andrés, Alberto y Ana Paula.






El rey y su halcón.
(Adaptado del original de Tomás Jefferson)
Narradora: Gengis Kan fue un gran rey y un guerrero. Condujo a su ejército hasta China y Persia y conquistó muchas tierras. En todos los países, la gente hablaba de sus grandes hazañas y decían que, desde Alejandro Magno, no había habido otro rey como él.Una mañana salió con unos amigos hacia un bosque cercano para cazar. Cabalgaron como siempre con sus arcos y flechas. También lo seguían lo seguían los sirvientes con los perros.Formaban una partida de caza tan alegre que el bosque se llenó de sus gritos y sus risas. Y esperaban regresar a casa con gran cantidad de presas al anochecer.Posado en su muñeca, el rey transportaba a su halcón favorito, ya que en esos tiempos los halcones eran entrenados para cazar. Cuando su amo se lo ordenaba, alzaban el vuelo y oteaban a su alrededor en busca de una presa. Si tenían la suerte de ver un ciervo o un conejo, se precipitaban sobre ellos, veloces como una flecha.Al caer la tarde, mientras los demás cazadores volvían a casa por el camino más corto, Gengis Kan se internó por una senda que atravesaba un valle entre dos montañas.Había sido un día caluroso y el rey estaba sediento. Su halcón amaestrado había abandonado su muñeca y alzado el vuelo. El ave sabía con certeza que encontraría el camino de regreso.El rey recordaba haber visto un arroyuelo cerca de ese camino. Estaba sediento y deseaba encontrarlo. Pero el calor de verano había secado todos los arroyos de las montañas.Por fin, vio un hilillo de agua que se deslizaba por la hendidura de una roca y dedujo que un poco más arriba habría un manantial. El rey echó pie a tierra, cogió un pequeño vaso de plata que llevaba en su zurrón de cazador y lo acercó a la roca para recoger las gotas de agua.Tardó mucho tiempo en llenar el vaso. Cuando el vaso estuvo casi lleno, se lo llevó a los labios y se dispuso a beber.De repente, un zumbido cruzó el aire y el vaso cayó de sus manos. Y el agua se derramó por el suelo.El rey levantó la vista para ver quién había provocado el accidente y descubrió que había sido su halcón.El pájaro pasó volando unas cuantas veces y finalmente se quedó posado en las rocas cerca del manantial.El rey recogió el vaso y volvió a llenarlo. Esta vez no esperó tanto. Cuando el vaso estaba a la mitad, se lo llevó a los labios. Pero antes de que pudiera beber, el halcón se lanzó hacia él e hizo caer de nuevo el recipiente.El rey se puso furioso. Volvió a repetir la operación, pero, por tercera vez, el halcón le impidió beber. Ahora el rey estaba verdaderamente enfadado.Gengis Kan: ¿Cómo te atreves a comportarte así? Si te tuviera en mis manos, te retorcería el pescuezo.Narradora: Y volvió a llenar el vaso. Pero antes de beber desenvainó su espada. Gengis Kan: Ahora, señor Halcón, no volverás a jugármela.Narradora: Apenas había pronunciado estas palabras, cuando el halcón se dejó caer en picado y derramó el agua otra vez.Pero el rey lo estaba esperando. Con un rápido mandoble, alcanzó al halcón. El pobre animal cayó mortalmente herido a los pies de su amo.Gengis Kan: Esto es lo que has conseguido con tus bromas. Narradora: Al buscar el vaso, vio que éste había rodado entre dos rocas, donde no podría recogerlo. Gengis Kan: Tendré que beber directamente de la fuente. Narradora: Entonces se encaramó al lugar de donde procedía el agua. No era fácil y cuanto más subía, más sediento estaba. Por fin alcanzó el lugar. Encontró, en efecto, un charco de agua. Pero allí, justo en medio, yacía muerta una enorme serpiente de las más venenosas.El rey se paró en seco y olvidó la sed. Sólo podía pensar en el pobre halcón muerto tendido en el suelo. Gengis Kan: El halcón me ha salvado la vida. ¿Y cómo se lo he pagado? Era mi mejor amigo y le he dado muerte. Narradora: Descendió del talud, cogió al pájaro con suavidad y lo metió en su zurrón de cazador. Entonces montó su corcel y cabalgó velozmente hacia su casa. Y se dijo así mismo:Gengis Kan: Hoy he aprendido una triste lección: nunca hagas nada cuando estés furioso.