El soldado de plomo




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Cuento de Hans Christian Andersen con ilustraciones de Georges Lemoine. En la sala de juegos de una casa, cuando todos duermen, los juguetes se despiertan y comienzan a jugar. Allí se encuentra el soldadito de plomo, con una pierna menos que el resto de la colección que le regalaron a un niño el día de su cumpleaños.

Pertenece a una antigua edición publicada por Ediciones Generales Anaya, colección Ratón Pérez, que aún podemos encontrar en buen estado en las bibliotecas públicas. Los sonidos de cajas de música y demás efectos son de **Soundsnap**.



El soldado de plomo.

Veinticinco soldados de plomo todos iguales fue uno de los regalos que recibió aquel niño el día de su cumpleaños. Cada soldado era idéntico al otro, excepto uno que sólo tenía una pierna porque fue fundido el último y no quedaba plomo suficiente. De todos los juguetes que había en aquella habitación, al soldadito de plomo le gustaba especialmente una bailarina toda ella de papel con una falda de muselina y que levantaba muy alto una pierna.

Cuando toda la gente de la casa se fue a la cama, todos los juguetes comenzaron a jugar. Había tanto jaleo que el canario se despertó y empezó a charlar por los codos…

Dieron las doce y saltó la tapa de la caja de sorpresas y salió un duendecillo negro.

-¡Soldado de plomo! ¿Qué haces ahí mirando lo que no te importa?

Pero el soldado de plomo hizo como si no le hubiera oído.
A la mañana siguiente fue a parar a la ventana y cayó de cabeza clavando la bayoneta en los adoquines. Los niños le buscaron, pero no dieron con él; no le pareció bien gritar “estoy aquí” estando de uniforme.

Después comenzó a llover, ¡qué fuerte aguacero! Dos golfillos con un periódico hicieron un barco de papel, lo pusieron en él y lo echaron a navegar arroyo abajo. De pronto, el barco se metió bajo el puente de una alcantarilla. Apretado a su mosquetón navegaba por aquel oscuro arroyo sin rumbo ni destino, perseguido por una gran rata de agua.

El barco se hundía más y más a medida que el papel se deshacía, mientras él pensaba en la bella bailarina, a la que no volvería a ver.
En aquel momento el papel acabó de rajarse. El soldado de plomo se hundió del todo y en seguida se lo tragó un gran pez. ¡Aquello si que estaba oscuro!

-¡Un soldado de plomo!

Y es que al pez lo habían pescado, lo llevaron al mercado, lo vendieron y lo trajeron a la cocina, donde la criada lo abrió con un gran cuchillo.

La criada lo llevó a la sala de estar y ¡qué pequeño es el mundo! se encontró en la misma habitación en la que había estado antes. Vio a los mismos niños y los mismos juguetes. Él miró a la preciosa y diminuta bailarina, ella le miró a él, pero no se dijeron nada.
De pronto, uno de los niños lo agarró y, sin motivo alguno, lo tiró a la chimenea.
El soldado de plomo se encendió y miró a la bailarina, que le devolvió la mirada. En aquel momento, una puerta se abrió y el viento se llevó a la bailarina que voló hasta la chimenea, junto al soldado de plomo. Al día siguiente, la criada, al retirar las cenizas, encontró un pequeño corazón de plomo y una lentejuela de la bailarina calcinada por el fuego.

(Adaptación de un cuento de Hans Christian Andersen).