El tatuaje.

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La nuevas técnicas -las agujas pincel indoloras y los óleos biológicos transpirables- favorecen que los artistas de pretigio se acerquen al arte del tatuaje sin prejucios. Con ellos, un público ávido de novedades, prestan su piel a la nueva moda...

Reparto:
Demetrio: Chema del Barco.
Juárez: Joaquín Foncueva.
Narrador: Javier Merchante.

Música:
F. T. G.

Álbum: Le puits.

(Jamendo)


El tatuaje by Elmaestrocuentacuentos

El Tatuaje.
(Javier Merchante)
Cuando Carson Hill con las agujas pincel indoloras de estampación cutánea y Roy Pirling con sus nuevos óleos biológicos transpirables revolucionaron técnicamente el arte del tatuaje, los nuevos artístas se acercaron sin prejuicio al lienzo humano y lo desenterraron de la marginalidad artística en la que hasta entonces había vivido. Una nueva moda invadió las sociedades desarrolladas como antes lo fueran las clínicas dermoestéticas con sus siliconas o la depilación definitiva. Pero hubo que esperar a que el reconocido pintor, y máximo exponente de la escuela bautizada como “Arte Itinerante”, Herbert Munch, presentara su obra “El árbol de la vida”, realizada sobre el cuerpo-lienzo del extravagante millonario Aldo Juárez, para que el tatuaje se codeara en igualdad, y para siempre, con el resto de las artes plásticas. El éxito económico y social de un personaje comenzó a medirse por el nombre del artista que firmaba su piel. La terrazas veraniegas más éxitosas parecían galerías ambulantes donde los triunfadores exhibían sus obras de arte ante un público, que a discreta distancia, contemplaba los personajes-cuadro más célebres del momento. La moda tuvo que contemplar esta eventualidad y cada año renovaba las colecciones que mejor realzaban la piel-arte. Los mercados callejeros de artistas para el consumo de masas, como la plaza de Tertre en Paris, vieron como los novoartistas tatuadores se adueñaban de ella y desplazaban a sus antiguos competidores que acabaron vendiendo botellitas de agua mineral coloreadas o figuritas acuareladas de la torre Eiffel para regatear la indigencia. El nuevo tatuaje evidenció la fragilidad de la condición humana. Al suponer la extinción física del portador del lienzo la desaparición de su obra de arte, la angustia por la pérdida del bien más preciado se apoderó de sus almas. Metáfora de la vida que evidenciaba la vulnerabilidad de los nuevos tiempos.
La taxidermia evacuó su letargo al ojear el negocio y afinó los procesos para rescatar del definitivo desperdicio las obras de arte que portaban los muertos. Nació así un nuevo motivo de litigio en las disputas familiares por el reparto justo de la herencia; caldo que supieron aprovechar bien los abogados avispados que reclamaron su parte al calor de unos bienes inflados por gurús especialistas del género.


Desbordados por la repercusión repentina de su éxito, el artista y el millonario, se vieron obligados a refugiarse en la idílica propiedad caribeña de Juárez donde consiguieron dar esquinazo a la constante presión de los medios. Vana esperanza fue esperar a que todo pasara. Un sorprendente golpe de estado, capitaneado por un desconocido comandante, supuso la incautación de todas sus propiedades, así como la detención de ambos que pasaron a ser considerados “bienes propiedad del nuevo estado popular”. La recién nacida Unión de Repúblicas Populares Caribeñas, ansiosa por recaudar fondos, convirtió su casa en museo. Allí se exhibían las numerosas obras de arte atesoradas a lo largo de su vida y, también, la obra más exclusiva, el propio Juárez, hierático y mudo, vestido sólo por el tatuaje que Munch realizara, cubriéndole toda la piel.
Nadie protestó, nadie hizo nada por ellos. Tímidas declaraciones de condena con apelación a los derechos humanos que se disolvieron cuando Munch, rehén de las autoridades, colaboró con el nuevo régimen para asegurar su supervivenvia. Altos dignatarios, banqueros, líderes de opinión y, por fin, presidentes de gobiernos, repúblicas o reyes, no dudaron en visitar la isla en la esperanza de recibir de la máxima autoridad el obsequio más preciado que mostrar a su regreso: un original de Munch sobre su piel, recuerdo de su inolvidable visita por tierras caribeñas. Fantoche de la sobreactuación, Munch con su presencia en cócteles, banquetes del gobierno y declaraciones difundidas por todos los medios, legitimaba las bondades del nuevo régimen y contribuía a llenar las arcas del Estado.


Cada mañana, instalado en una discreta plataforma, aislado del público visitante por un riguroso perímetro de seguridad que activaba escandalosas alarmas, bañada la sala por el ocre suave de la iluminación artificial, un Juárez ausente y disciplinado se dejaba contemplar por grupos en estricto silencio. Nada de fotos, prohibido los vídeos, sólo cinco minutos. Todas las condiciones se aceptaban por poder mirar aquella obra única y perecedera.


Para Demetrio Bibalbo, alias el balilla, por su rapidez conduciendo el coche, aquel día señalaba la ocasión. Se presentó en el museo justo para pillar el turno que coincidía con el comienzo del encuentro. Y se encontró solo, frente a él, con cinco minutos tasados en la balanza del tiempo.


-¡Eh, señor Juárez, soy yo...! ¿No se acuerda de mi? No tenga miedo, puede hablar conmigo, estamos solos. Toda la seguridad está pendiente del televisor. Hoy juega la selección... ¡En el mundial...! ¿Quién lo diría!, eh? Nadie apostaría una moneda por ella, pero nos permitirá que al fin hablemos. Relájese, señor, nadie nos ve.
-¡Por favor, joven, no me lo ponga aún más difícil! El castigo si me pillan hablando con usted puede ser tremendo.
-¿Joven? ¿Cómo que “hablando con usted”? ¿No me reconoce? ¿Tan mal le han dejado estos hijos de la gran chungona?
-¡Claro que le reconozco! ¡Usted es...!
-No, no me reconoce... Usted no es el señor Juárez. Usted es un impostor. Debí suponerlo. El señor Juárez nunca se habría dejado atrapar por estos descerebrados.
-¡Calle!
-¿Por qué tengo que callar? Yo no forma parte de tu estafa.
-Calla, si aprecia en algo tu vida.
-En nada. Desde que llegaron esta gentuza no toco bola. Vivo de prestado y todos se apartan de mi como un apestado. Usted..., bueno, el señor Juárez era mi última esperanza.
-¿Y eso?
-Vera... Yo era su chófer... Mucho más que su chófer. Le salvaba de los apuros cuando tenía que salir por puertas, me encargaba sus trabajos sucios, ejercía de correo secreto..., y alguna vez que otra ocupé su lugar en el último momento..., cuando sus amantes con los ojos vendados no eran capaz de distinguir..., éramos de la misma estatura y tamaño...
-Vale, vale..., no sigas, ya me figuro. Menudo elemento. ¿Y qué venías a pedirle hoy a tu querido señor Juárez? ¿Algún teléfono al que acudir en tus momentos de celo?
-No te consiento que me hable así, espantapájaros de mierda.
-Perdona, perdona...
-El señor Juárez me habló de que tenía algo reservado para mi..., por si las cosas venían mal dadas. Ese es el motivo de mi interés por este museo.
-El señor Juárez, a la vista está, no tiene nada para tí, pero este modesto impostor tiene algo que quizá puede interesarte.
-A ver, larga.
-Tu envergadura, tan similar..., puede ayudarte. Ya ves que todo esto es una estafa, muy bien organizada, por cierto. Dos grupos de tres personas cada uno, suplantamos al fugado. Cada grupo realiza su actuación a lo largo de un mes. Es el tiempo que dura en buenas condiciones la estampación rápida que mismo Munch realiza sobre nuestra piel. No hay tatuaje. La tenue iluminación, la distancia a la que se sitúa el público, nuestro parecido físico y la fe de los visitantes, hacen el resto. Si te has dado cuenta todo está orquestado para realzar la figura de Munch. A él está dedicado esta casa museo. Y aunque la casa, la colección particular y la pieza fundamental que se exhibe fueron de tu querido patrón, no encontrarás referencias a él, salvo su supuesta persona, tratada como un objeto.
-¿Qué pinto yo en todo esto?
-Verás, un miembro de mi grupo anda algo disparado. Ha llegado a creerse el personaje..., es un peligro y está fuera de circulación. Necesitamos un sustituto.
-Comprendo.
-No se vive mal, te lo aseguro. Un mes de trabajo y otro de descanso, sin estampación, siendo quien eres. Sólo tienes que aportar su cuerpo, disciplina y silencio, mucho silencio. Alimentación equilibrada, ejercicio físico para conservar la forma y algún cambio estético para dar el pego. ¿Qué me dices?
-No sé...
-El tiempo se agota. Recuerda..., cinco minutos por grupo. Cuando esa puerta se abra tendrás que tener tomada la decisión. Yo que tú no lo dudaría. Sabiendo lo que ya sabes, puedes considerarte hombre muerto.
-¿Me estás amenazando?
-Yo no, ellos. No dejarán que pongas en peligro este tinglado. Con tal de perderte definitivamente de vista, aquellos a los que habrás dado algún sablazo para ir tirando no te echarán de menos.
-Ya.
-Discretamente desaparecerás de la circulación. A cambio vivirás bien... Te lo aseguro. Ahorrarás algún dinero para cuando pase tu tiempo y, sobre todo, conservarás tu vida. Si en algo la aprecias...
-¿Qué debo hacer?
-Hasta donde yo sé sólo el director del museo está en la pomada. El resto del personal ignora de lo que pasa y, si algo sospechan, callan. Abórdale cuando se disponga a marcharse. Lo reconocerás enseguida. Es el propietario del Jaguar verde que hay estacionado en la entrada. Sólo debes decirle “la nueva tela está preparada”. Luego, déjate hacer.

Parpadeó la flecha. Una ronca señal acústica se activó al tiempo que un automatismo liberaba la puerta de salida de la sala. La visita había terminado. Al mes siguiente, el aturdido chófer de Herbert desesperaba porque el supuesto relevo de su compañero de grupo no se efectuaba. Al fin comprendió. Pero, para entonces..., Herbert, Munch y el director del museo ya estaban a salvo después de haber abandonado la isla camuflados como tripulantes de un carguero con destino a algún paraiso perdido lejos del Caribe...