El tormento de la esperanza.

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Adaptación del relato del escritor francés Villiers de l'Isle-Adam (1.838-1.889). El venerable Pedro Argües, a la sazón Tercer Inquisidor General de España, visita en su celda al rabí Abarbanel para comunicarle una trágica noticia. El terror macabro inunda este relato hasta un sorprendente final que todos intuímos pero que no queremos llegar a creer.









El tormento de la esperanza.
(Adaptación del relato de Villiers de l'Isle-Adam)
Al atardecer, el venerable Pedro Argüés, tercer Gran Inquisidor de España, seguido de un fraile redentor encargado del tormento y precedido por dos familiares del Santo Oficio descendió a un calabozo. El Inquisidor penetró en un hueco mefítico. Un destello dejaba percibir un caballete ensangrentado, una hornilla, un cántaro. Sobre un lecho de paja sujeto por grillos, con una argolla de hierro en el pescuezo, estaba sentado un hombre andrajoso, de edad indescifrable.
Este prisionero era el rabí Abarbanel, judío aragonés, que diariamente había sido sometido a la tortura durante un año. Su fanatismo, "duro como su piel", había rehusado la abjuración.
Con los ojos llorosos, pensando que la tenacidad de esta alma hacía imposible la salvación, el venerable Pedro Argüés, pronunció estas palabras:
-Hijo mío, alégrate: Tus trabajos van a tener fin. Si en presencia de tanta obstinación me he resignado a permitir el empleo de tantos rigores, mi tarea fraternal de corrección tiene límites. Eres la higuera reacia, que por su contumaz esterilidad está condenada a secarse... pero sólo a Dios toca determinar lo que ha de suceder a tu alma. ¡Tal vez la infinita clemencia lucirá para ti en el supremo instante! ¡Debemos esperarlo! Hay ejemplos... ¡Así sea! Reposa, pues, esta noche en paz. Mañana participarás en el auto de fe; es decir, serás llevado al quemadero, cuya brasa premonitoria del fuego eternal no quema, ya lo sabes, más que a distancia, hijo mío. La muerte tarda por lo menos dos horas en venir, a causa de las envolturas mojadas y heladas con las que preservamos la frente y el corazón de los holocaustos. Seréis cuarenta y dos solamente. Considera que, colocado en la última fila, tienes el tiempo necesario para invocar a Dios, para ofrecerle este bautismo de fuego, que es el del Espíritu Santo. Confía, pues, en la Luz y duerme.
Dichas estas palabras, el Inquisidor ordenó que desencadenaran al desdichado y lo abrazó tiernamente. Terminada la ceremonia, el prisionero se quedó solo, en las tinieblas.




El rabí Abarbanel miró sin atención precisa la puerta cerrada. Había entrevisto el resplandor de las linternas por la hendidura entre el muro y la puerta. Una esperanza mórbida lo agitó. Suavemente atrajo la puerta hacia él. Por un azar el familiar que la cerró había dado la vuelta a la llave un poco antes de llegar al tope. El pestillo, enmohecido, no había entrado en su sitio y la puerta había quedado abierta.


Se arrastró hasta un corredor. Una luz pálida lo iluminaba. El fondo estaba en sombras. Ni una sola puerta en esa extensión. Quizá allá lejos, en lo profundo de las brumas, una salida podía dar la libertad. La vacilante esperanza del judío era tenaz, porque era la última.
Se arrastraba con lentitud, conteniendo los gritos que pugnaban por brotar cuando lo martirizaba una llaga.
De repente un ruido de sandalias que se aproximaba lo alcanzó. Se agazapó en un rincón y, medio muerto, esperó.
Era un familiar que se apresuraba. Pasó rápidamente con una tenaza en la mano y la cogulla baja. El rabino estuvo cerca de una hora sin poder iniciar un movimiento. El temor de una nueva serie de tormentos, si lo apresaban, lo hizo pensar en volver a su calabozo. Pero la vieja esperanza le murmuraba ese divino tal vez, que reconforta en las peores circunstancias. Siguió arrastrándose hacia la evasión posible y el corredor parecía alargarse; miraba siempre la sombra lejana, donde debía existir una salida salvadora.
De nuevo resonaron unos pasos. Las figuras blancas y negras de dos inquisidores emergieron en la penumbra, hablando en voz baja con viveza.
Ya cerca, los dos inquisidores se detuvieron. Uno de ellos, escuchando a su interlocutor, se puso a mirar al rabino. Pero los ojos del inquisidor eran los de un hombre profundamente preocupado de lo que iba a responder, absorto en las palabras que escuchaba; estaban fijos y miraban al judío, sin verlo.
Al cabo de unos minutos los discutidores continuaron su camino a pasos lentos. No lo habían visto.
De pronto notó frío sobre las manos que apoyaba en el enlosado; el frío venía de una rendija bajo una puerta y sintió como un vértigo de esperanza. Examinó la puerta. Nada de cerrojos ni cerraduras. ¡Un picaporte! Se levantó. El picaporte cedió bajo su mano y la silenciosa puerta giró.




La puerta se abría sobre jardines, bajo una noche de estrellas. En plena primavera, la libertad y la vida. Los jardines daban al campo, que se prolongaba hacia la sierra, en el horizonte. Una vez en las montañas, estaría a salvo. Respiró el aire y el viento lo reanimó. Y para bendecir a su Dios, extendió los brazos, levantando los ojos al firmamento.
Entonces creyó ver la sombra de una alta figura junto a la suya. Confiado, bajó la mirada. Estaba en brazos del Gran Inquisidor, del venerable Pedro Argüés, que lo contemplaba como el pastor que encuentra la oveja descarriada.
Mientras el rabino adivinaba que todas las fases de la jornada no eran más que un suplicio previsto, el de la esperanza, el sombrío sacerdote, le murmuraba al oído, con una voz debilitada por los ayunos:
-¡Cómo, hijo mío! ¿En vísperas, tal vez, de la salvación, querías abandonarnos?