El tuerto de los espárragos.

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Cuento popular donde el protagonista responde a la tradición de pícaros y pobres que se valen de su ingenio pasa salir de la miseria. La versión que utilizamos con ligeros retoques es la recogida a José Sánchez Sánchez por Juan Ignacio Pérez y Ana María Martínez y publicada en “Cien cuentos populares andaluces recogidos en el Campo de Gibraltar”, Asociación Lit.Oral.

Narrador: Javier Merchante.
Música: Sergey Kovchik (Jamendo ).
Ilustradores: Blanca del Rocío Cumplido, Laura González, Paola Grau, Ángel Neria, Ana Paula Colchero, Julio López y Ángela Vasco. Alumnos de 5º curso del Colegio J. N. Zamora.
Duración: 5.01










El tuerto de los espárragos.

INFORMANTE: José Sánchez Sánchez (Algeciras, Cádiz)
RECOGIDO POR: Juan Ignacio Pérez
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El tuerto de los espárragos era un hombre muy fino que vivió hace mucho tiempo. Cuentan que, por donde el vivía, había una banda de ladrones que estaba siempre haciendo de las suyas, es decir, venga a robar y robar, y él quiso meterse a trabajar con ellos. Un día se presentó donde ellos estaban y el jefe le dijo que, para entrar en la banda, tenía que hacerle una prueba de su eficacia como ladrón. Entonces, el tuerto le dijo:

-Bueno, hágame usted la prueba como quiera.
Y el jefe le contestó:

-Como aquí tenemos que comer todos los días, voy a mandar a uno de mis hombres a que traiga una oveja. Tú se la tienes que robar y traerla aquí sin que él se dé cuenta.

El jefe mandó por una oveja a otro de la banda. Éste encontró un rebaño que había detrás de un cerro, cogió una oveja y se la echó a cuestas. Cuando venía de vuelta, vio en lo alto del cerro una bota que había dejado allí el Tuerto de los Espárragos. Va y dice:

-¡Hombre, qué bota más nueva! Se le habrá caído a alguno ¡Qué lástima que no estuviera la otra!

La dejó allí y, al bajar la cuesta, el Tuerto le había puesto la otra bota. El ladrón entonces soltó la oveja un momento para no llevar mucho peso y subió de nuevo al cerro a por la otra bota. Pero, al volver abajo, el ladrón vio que la oveja no estaba, que había desaparecido. Y es que el tuerto se la había llevado y se presentó con ella ante el jefe:

-Aquí tienes lo que me habías pedido.

Entonces, el jefe le contestó:

-Mira que ese va a ir a por otra oveja, ese no vuelve sin oveja, así que ve a quitarle la otra.

El tuerto fue y le quitó la otra oveja con el mismo engaño de las botas. Y el jefe le volvió a decir:

-Pues ese no se viene sin oveja, así que ve otra vez a ver si le puedes quitar la tercera.

El tuerto fue y se escondió detrás de unas matas, en el mismo sitio donde le quitó las dos ovejas, y se puso a gritar:

-Beee, beee, beee.

El ladrón, que ya iba con otra oveja encima, se volvió:

-¡Ahí, ahí están las ovejas que se me escaparon!

Con las mismas, suelta la tercera y va en busca de las otras dos. Y, mientras, el tuerto la coge, se la lleva y se presenta ante el jefe y éste, ya convencido de lo listo que era, le dijo:

-Bueno, está bien, te puedes quedar con nosotros.

Cuando El Tuerto de los Espárragos vio las riquezas que guardaban allí los ladrones, pensó:

-A esta gente les robo yo, que soy más pobre que las ratas.

Y, en un descuido, se valió para quitarles todas las riquezas que tenían y salió corriendo.

Con los tesoros se construyó una casa rodeada por unos muros muy altos, porque sabía que iban a ir en busca de él, pero dejó fuera unas cochineras diciendo:

-Total, las cochineras valen poco, no importa dejarlas fuera.

Efectivamente, al poco tiempo los ladrones fueron a buscarlo.

-¡Lo vamos a destrozar! ¡Lo vamos a matar! –decían.

Pero, en vista de que no podían entrar por los muros tan altos que había levantado, se contentaron con llevarse el único cochino que había en la cochinera.

-¡Qué vamos a hacer! Por lo menos, tendremos para comer esta noche- dijeron.

Así que se echaron el cochino a cuestas y se marcharon. Por el camino, cuando se cansaba uno de llevar el cochino, se lo pasaba a otro y luego a otro. Pero el Tuerto de los Espárragos no quiso perder tampoco a ese animal y se camufló entre los ladrones, hasta que le tocó a él llevar el cochino, se dio media vuelta y, como era de noche, nadie lo vio y el cochino se perdió con él.

Los ladrones se dieron cuenta de que con el Tuerto de los Espárragos no había nada que hacer y lo dejaron tranquilo ya para siempre.

Y aquí termina este cuento.