EPAMINONDAS Y SU MADRINA.

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Otro cuento de Sara Cone Bryant. La primera vez que leí este cuento en público me sorprendió el éxito que tuvo entre los chavales. Se desternillaban y siempre que lo cuento, se ríen. El protagonista de esta historia, Epaminondas, no sale muy bien parado de todos los sencillos recados que le encarga su madre y nos queda claro que tiene menos entendimiento que un mosquito. Pensaba que el relato no tendría gracia; sin embargo, cualquira que lo oiga saca la reconfortante conclusión de que él tiene más inteligencia que el desdichado Epaminonda. Todo un consuelo.
Pepa, puso voz a la madre y a la madrina y, además, se atrevió con los dibujos; y de Haris Alexiou, tomé prestado un fragmento de su disco “To Paixnidi tis agapis”.





EPAMINONDAS Y SU MADRINA.


Había una vez una buena mujer que sólo tenía un hijo. Como la buena mujer era muy pobre y no podía dar gran cosa a su hijo, quiso ponerle
por lo menos un gran nombre. Por eso le llamó Epaminondas, que es el nombre de un antiguo general griego, muy famoso porque ganó dos
célebres batallas.
El niño tenía pues un nombre glorioso, pero no parecía que eso le importara demasiado.

Su madrina le quería mucho y le daba alguna cosa cada vez que Epaminondas iba a visitarla.


EL BIZCOCHO. Un buen día la madrina le regaló un bizcocho.

- No lo pierdas, Epaminondas, no lo pierdas. Llévatelo a casa muy apretado - le dijo.

- No temas, madrina, no lo perderé - contestó Epaminondas.

Pero apretó la mano con tanta, tanta fuerza, que cuando llegó a casa ya no quedaban más que unas pocas migajas.

-¿Qué traes aquí, Epaminondas?

- Un bizcocho, madre.

-¡Un bizcocho! ¡Válgame Dios! ¿Qué has hecho de la inteligencia que te di cuando viniste al mundo? ¡Qué maneras son esas de llevar un

bizcocho? Para llevar bien un bizcocho se envuelve, muy bien envuelto, en un papel de seda, y después se mete dentro del sombrero.

Entonces te pones el sombrero y, muy despacio y muy derecho, para que no se te caiga, vienes tranquilamente a casa. ¿Has entendido?

- Sí, madre.



LA MANTEQUILLA. A los pocos días fue otra vez a casa de su madrina y ésta le regaló un hermoso pedazo de mantequilla fresca para su

madre.

Epaminondas cogió la mantequilla, la envolvió en un papel de seda cuidadosamente y la puso dentro de su sombrero; luego se colocó el

sombrero sobre la cabeza y empezó a andar hacia su casa, muy derecho y despacio.

Era verano y el sol abrasaba; la mantequilla empezó a derretirse dentro del sombrero y goteaba por todas partes. Y cuando Epaminondas llegó

a su casa la mantequilla no estaba «dentro. del sombrero, sinoencima de Epaminondas.

La madre, al verle, se echó las manos a la cabeza.

- ¡Epaminondas! ¿Qué traes aquí?

- Mantequilla, madre.

- ¿Mantequilla? ¡Válgame Dios, Epaminondas! ¿Qué has hecho de la inteligencia que te di cuando viniste al mundo? La mantequilla, para

llevarla bien, tienes que envolverla en hojas frescas y, a lo largo del camino, la mojarás una y otra vez en todas las fuentes que veas hasta

llegar a casa. ¿Has entendido?
- Sí, madre.


EL PERRITO. La vez siguiente, cuando Epaminondas fue a visitar a su madrina, le regaló un perrito muy mono.

Epaminondas, ni corto ni perezoso, lo envolvió en unas grandes y frescas hojas, y por el camino lo fue mojando en todas las fuentes hasta

llegar a casa; y cuando llegó el pobre perrito estaba medio muerto y tiritando.

- ¡Dios nos asista! ¿Epaminondas, hijo mío, qué traes aquí?

- Un perrito, madre.

- ¿Un perrito? Epaminondas, Epaminondas, ¿qué has hecho de la inteligencia que te di cuando viniste al mundo? Esta no es manera de llevar

un perrito. Un perrito se lleva atándole una cuerda al cuello y tirando de ella con mucho cuidado, «así», para que el animalito ande. ¿Has

entendido?

- Sí, madre - contestó Epaminondas.


EL PAN. Cuando volvió a casa de su madrina, la buena mujer le regaló un pan recién sacado del horno, crujiente y doradito.

Epaminondas le ató una cuerda, y tirando de él con mucho cuidado, «así» volvió a su casa.

- ¡Dios mío! ¿Qué traes aquí, Epaminondas, hijo mío?

- Un pan, madre, que me ha regalado mi madrina.

-¿Un pan? ¡Ay, Epaminondas, Epaminondas! No tienes ni así de inteligencia, ni nunca has tenido, ni nunca tendrás. Ni volverás a casa de tu

madrina ni te explicaré nada ya. Desde ahora iré yo a todas partes.


Los PASTELES. Al día siguiente su madre se preparó para ir a casa de su madrina y le dijo:

- Epaminondas, hijo mío, fíjate bien en lo que voy a decirte. Tú has visto que acabo de cocer en el horno seis pasteles y los he puesto sobre

una tabla delante de la puerta, para que se enfríen. Vigila que no se los coma el gato y, si tienes que salir, mira bien cómo pasas por encima

de ellos con cuidado.

- Sí, madre - contestó Epaminondas.

Y cuando Epaminondas quiso salir “miró muy bien cómo pasaba por encima de ellos con cuidado” - uno, dos, tres, cuatro, cinco...- mientras

ponía exactamente los pies encima de cada pastel.

¿Y sabéis lo que pasó cuando volvió su madre? Nadie ha sabido explicármelo, pero a lo mejor vosotros lo adivináis.

Lo que es seguro es que Epaminondas no probó aquellos pasteles.


(Cuento negro de los Estados Unidos del Sur. Versión castellana de Marta Mata.)