EXPLICACIONES A UN CABO DE SERVICIO.

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Bajo el título “La palabra del mudo” se recoge toda extensa obra cuentística del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro (1.929-1.994), recopilada recientemente por Seix Barral. Ribeyro, en una carta a su editor, justificaba el título con las siguientes palabras:
Porque en la mayoría de mis cuentos se expresan aquellos que en la vida están privados de la palabra, los marginados, los olvidados, los condenados a una existencia sin sintonía y sin voz. Yo les he restituído este hálito negado y les he permitido modular sus anhelos, sus arrebatos y sus angustias.”
En la siguiente adaptación de “Explicaciones a un cabo de servicio” (Amberes,1.957), el único protagonista, Pablo Saldaña, desgrana las últimas horas vividas a su desconocido y mudo acompañante en el intento de evitar su inmediato destino... Monólogo urbano, callejero, patético...
Las músicas pertenecen a Still Playing Guitar y Sydney Poma en Jamendo.






Explicaciones a un cabo de servicio.
(Julio Ramón Ribeyro. Adaptación. Amberes, 1957)


Le diré la verdad: tenía en el bolsillo cincuenta soles... mi mujer no me los quería dar, al fin los aflojó, la muy tonta... Yo le dije: <<Virginia, esta noche no vuelvo sin haber encontrado trabajo.>> Así fue como salí: para buscar un trabajo... pero no cualquier trabajo... eso no... ¿Usted cree que un hombre de mi condición puede acepta cualquier trabajo?... Yo tengo cuarenta y cinco años, amigo, y he corrido mundo... Sé inglés, conozco la mecánica, puedo administrar una hacienda, he fabricado calentadores para baños, ¿comprende? En fin, tengo experiencia... Yo no entro en vainas: nada de jefes, nada de horarios, nada de estar sentado en un escritorio, eso no va conmigo... Un trabajo independiente para mí, donde yo haga y deshaga, un trabajo con iniciativa, ¿se da cuenta? Pues eso salí a buscar esta mañana, como salí ayer, como salgo todos los días, desde hace cinco meses... ¿Usted sabe cómo se busca un trabajo? No, señor; no hace falta coger un periódico y leer avisos... Para buscar un trabajo hay que echarse a caminar por la ciudad, entrar los bares, conversar con la gente, acercarse a las construcciones, leer los carteles pegados en las puertas... Ese es mi sistema, pero ¿de qué se ríe? ¡Sí fue así precisamente! A la vuelta de la esquina me encontré con Simón Barriga... ¿Se figura usted? Hacía veinte años que no nos veíamos; treinta, quizás; desde el colegio; muchos abrazos, mucha alegría, fuimos a la bodega a celebrar el encuentro... ¿Pero qué? ¿Adónde vamos? Bueno, lo sigo a usted, pero con una condición: siempre y cuando quiera escucharme... Así fue, tomamos cuatro copetines...¡Ah!, usted no conoce a Simón Barriga, un tipo macanudo, de la vieja escuela, con una inteligencia... Simón andaba también en busca de un trabajo, es decir, ya lo tenía entre manos; le faltaban sólo unos detalles, un hombre de confianza...
¡Qué coincidencia! Su idea coincidía con la mía... Como se lo dije en ese momento, nuestro encuentro tenía algo de providencial... Esa es la palabra: ¡providencial... Figúrese usted: yo había pensado -y esto se lo digo confidencialmente- que un magnífico negocio sería importar camionetas para la repartición de leche y... ¿sabe usted cuál era el proyecto de Simón? ¡Importar material para puentes y caminos!... Usted dirá, claro, que entre una y otra cosa no hay relación... Pero no,hay relación; le digo que la hay... ¿Por dónde rueda una camioneta? Por un camino. ¿Por dónde se atraviesa un río? Por un puente. Nada más claro, eso no necesita demostración. De ese modo comprenderá por qué Simón y yo decidimos hacernos socios... Un momento, ¿dónde estamos? ¿Esta no es la avenida Abancay? ¡Magnífico!... Bueno, como le decía, ¡socios! Pero socios de a verdad... Fue entonces cuando nos dirigimos a Lince, la picantería. Era necesario planear bien el negocio, en todos sus detalles,¿eh? Nada para eso mejor que unas botellitas de vino Tacama... Lo cierto es que Simón y yo llegamos a la conclusión de que necesitábamos un millón de soles... ¿Qué? ¿Le parece mucho? Para mí, para Simón, un millón de soles es una bicoca... Claro, en ese momento ni él ni yo lo teníamos. Pero cuando se tiene ideas, proyectos y buena voluntad, conseguirlos es fácil... sobre todo ideas. Verá usted: por lo pronto Simón ofreció comprometer a un general retirado, de su conocencia y así, de un sopetón, teníamos cien mil soles seguros... Luego a su tío Fernando, el hacendado, hombre muy conocido... Yo, por mi parte, resolví hablar con el boticario de mi barrio que la semana pasada ganó una lotería... Además yo iba a poner una máquina de escribir Remington, modelo universal... ¿Estamos por el mercado? Eso es, deme el brazo, entre tanta gente podemos extraviarnos... En una palabra cuando terminamos de almorzar teníamos ya reunido el capital. Nos faltaban aún dos cosas importantes: el local y la razón social. Para local, mi casa... No se trata de una residencia..., pero mi mujer y mis cinco hijos irían a dormir al fondo... De la sala haría la oficina y del comedor que tiene ventana a la calle, la sala de exhibiciones... Simón estaba encantado... Pero a todo esto ya no estábamos en la picantería. Pagué el almuerzo y las cuatro botellas de vino. Simón me trajo al Patio a tomar café. Pagué el taxi. Simón me invitó a un puro... Luego del café, los piscos. Entonces vino una cuestión delicada: el nombre de la sociedad. Primero pensamos en El Porvenir, fíjese usted, es un bonito nombre, pero hay un barrio que se llama El Porvenir, una compañía de seguros que se llama El Porvenir y hasta un caballo, creo, que se llama El Porvenir... ¿Sabe usted qué nombre le pusimos? ¡A que no lo adivina! … Fue idea mía, se lo aseguro. Le pusimos Fructífera, S. A. Yo encuentro que es un nombre formidablemente comercial... Pero ¡no me jale usted!, no vaya tan rápido... Verá usted; después de los piscos, una copa de menta, otra copa de menta... Pero entonces, ya no organizábamos el negocio: nos repartíamos las ganancias. Yo pensé inmediatamente en un chalet con su jardincito, con una cocina eléctrica, con su refrigeradora, con un bar para invitar a los amigos... Ah, pensé también en el colegio de mis hijos... ¿Sabe usted? Me los han devuelto porque hace tres meses que no pago... Pero no hablemos de esto... Tomábamos menta, una y otra copa; Simón estaba generoso... De pronto se me ocurrió la gran idea. Allí en los portales del Patio hay un hombre que imprime tarjetas... Yo me dije: <<Sería una bonita sorpresa para Simón que yo salga y mande hacer cien tarjetas con el nombre y dirección de nuestra sociedad...>> Así lo hice... Pagué las tarjetas con mis últimos veinte soles y entré en el bar... El hombre las traería a nuestra mesa cuando estuvieran listas... <<He estado tomando el aire>>, le dije a Simón; el muy tonto se lo creyó... Bueno, el hombre de las tarjetas vino. ¡Si viera usted a Simón! Se puso a bailar de alegría; le juro que me abrazó y me besó... el cogió cincuenta tarjetas y yo cincuenta. Yo le dije:<<Me he quedado sin un cobre pero quería darme este gusto.>> Simón se levantó y se fue a llamar por teléfono... Quedé solo en el bar. ¿Usted sabe lo que es quedarse solo en un bar luego de haber estado horas conversando? Todo cambia, todo parece distinto. Unos hablaban de toros, otros eran artistas, creo, porque decían cosas que yo no entendía... y los mozos pasaban y repasaban por la mesa... Pero ¿y Simón?, me dirá usted... ¡Pues Simón no venía! Fui a buscarlo al baño, luego fui al teléfono, di vueltas por el café, luego salí a los portales... ¡Nada!... En ese momento el mozo se me acercó con la cuenta... ¡Demonios! Se debía 47 soles... Yo dije:<<Estoy esperando a mi amigo.>> pero el mozo llamó al maitre... Imposible entenderse... Le enseñé mis tarjetas... ¡nada! Le dije:<<¡Yo soy Pablo Saldaña!>> ¡Ni caso! En eso paso usted, ¿recuerda? ¡Fue verdaderamente una suerte! Con las autoridades es fácil entenderse; claro, usted es un hombre instruido, un oficial, sin duda... Usted me ha comprendido, naturalmente; usted se ha dado cuenta de yo no soy una piltrafa, que yo soy un hombre importante, ¿eh?... Pero ¿qué es esto?, ¿dónde estamos?, ¿esta no es la comisaría?, ¿qué quieren estos hombres uniformados? ¡Suélteme, déjeme el brazo, le he dicho! ¿Qué se ha creído usted? ¡Aquí están mis tarjetas! Yo soy Pablo Saldaña, el gerente, el formador de la sociedad, yo soy un hombre, ¿entiende?, ¡un hombre!