Garbancito 03_1.jpeg


Tan popular en España como El zurrón que cantaba, Garbancito está dentro de la tradición de cuentos que abordan el tema de niños en peligro. Un diminuto niño, tan pequeño como un garbanzo, realiza las proezas más singulares hasta demostrar su valía a pesar de su tamaño. Grabancito, pequeño de estatura pero grande en corazón e inteligencia.


Narrador: Javier Merchante.
Músicas: Evan Le NY, Everlasting Dream, Fri. Events-Orchestra (Jamendo).
Ilustraciones: Alumnos de Alternativa de 5º y 6º, curso 2.013/14, C.P. Josefa Navarro Zamora.
Duración: 7:14










Garbancito.


Narrador: Esto era un matrimonio que no tenía familia, y siempre estaba pidiéndole a Dios que les concediera un hijo, aunque fuera como un garbanzo. Tanto se lo pidieron, que al fin tuvieron un hijo, pero tan pequeño como un garbanzo. Por eso le pusieron Garbancito.
Una hora después de nacer le dijo a su madre:
Garbancito: Madre, quiero pan.
Narrador: Y su madre le dio un pan. Garbancito se lo comió en un santiamén. Volvió a pedir pan, y su madre se lo volvió a dar, y luego otro y otro. Así estuvo Garbancito comiendo hasta que dio cuenta de noventa panes, uno detrás de otro.
Al poco tiempo, le dijo a su madre:
Garbancito: Madre, apáñeme usted la burra y el canasto de mi padre, que se lo voy a llevar al campo.
Madre: ¿Pero cómo vas a hacer tú eso con lo pequeño que eres...?
Garbancito: Usted apáñemelo, que ya verá cómo se lo llevo.
Narrador: Pues bueno, la madre le preparó la burra y el canasto, que lo metió en un serón. Garbancito pegó un salto, se subió en el serón y, corriendo por el pescuezo de la burra, llegó hasta una oreja y se metió dentro.
Garbancito: ¡Aarre, burra! ¡Aarre!
Narrador: Así le iba diciendo al animal, que le obedecía. En mitad del camino toparon con unos gitanos, que, al ver una burra sola, dijeron:
Gitano: ¡Uy, una burra sola! Vamos a cogerla.
Narrador: Pero Garbancito dijo:
Garbancito: Dejad a la burra. Dejad a la burra, que no va sola.
Narrador: Al oírlo, los gitanos salieron corriendo despavoridos, creyendo que aquella burra estaba encantada.
Narrador: Cuando llegó a donde estaba su padre, Garbancito dijo:
Garbancito: ¡Soo, burra!
Narrador: La burra se paró y el padre no salía de su asombro.
Garbancito: Apéeme usted, padre, que vengo en la oreja y le traigo el canasto.
Narrador: Así lo hizo el padre muy asombrado y, cuando ya estaba Garbancito en el suelo, va y le dice:
Garbancito: Padre, mientras usted come, podría yo ir haciéndole unos surcos.
Padre: No, hijo, que eres muy pequeño para trabajar.
Garbancito: Que no, padre, ya verá usted cómo lo hago.
Narrador: Y de un salto se subió al yugo y empezó a dirigir los bueyes:
Garbancito: ¡Andaa, Pinto! ¡Ya, ya, Macareno!
Narrador: Los bueyes empezaron a moverse y en poco rato habían terminado de arar. Luego Garbancito llevó a los bueyes a la cuadra y se acostó a descansar en el pesebre del Pinto. Pero este se comió a Garbancito, sin darse cuenta, y cuando llegó el padre empezó a buscarlo y no lo encontraba. Se puso a llamarlo:
Padre: ¡Garbancito!, ¿dónde estás?
Narrador: Y Garbancito le contestó:
Garbancito: ¡En la barriga del Pinto, padre! ¡Mátelo usted y le daré veinticinco!
Narrador: Enseguida mataron al buey Pinto, le rajaron la barriga y se pusieron a buscar en las tripas, pero no hubo manera de dar con Garbancito. Aquella noche llegó el lobo y se comió las tripas del buey, y con ellas a Garbancito.
Iba el lobo por el monte, y Garbancito decía:
Garbancito: ¡Pastores, pastores, que aquí va el lobo! ¡Pastores, pastores, que aquí va el lobo!
Narrador: Salieron todos los pastores de sus cabañas y juntos apalearon al lobo y lo mataron. También le rajaron la barriga para sacar a Garbancito, que decía:
Garbancito: ¡Tened cuidado, no me cortéis a mí!¡Tened cuidado, no me cortéis a mí!
Narrador: Los pastores buscaron por todas las tripas, pero nada, no dieron con él.
Uno de los pastores hizo un tambor con las tripas del lobo, de manera que Garbancito se quedó dentro del tambor.
En esto vinieron unos ladrones, y los pastores salieron corriendo, dejando allí el tambor.
Los ladrones se sentaron al pie de un árbol y empezaron a repartirse el botín; habían robado muchas piezas de oro. Decía el capitán:
Capitán: Esta jarra para ti, esta para ti, y esta otra para mí.
Narrador: Y Garbancito desde dentro del tambor, dijo:
Garbancito: ¿Y para mí?
Capitán: ¡Cómo! ¿Quién ha dicho eso? ¿Hay alguno que no esté conforme?
Narrador: Los demás se miraban unos a otros. Seguía diciendo el capitán:
Capitán: Esta copa para ti, esta para ti y esta para mí.
Narrador: Y Garbancito:
Garbancito: ¿Y para mí no hay nada?
Capitán: ¿Cómo?
Narrador: Exclamó enfurecido el jefe de los ladrones.
Capitán: ¿Quién ha dicho eso?
Narrador: Los demás nada decían, y a esto que Garbancito se pone a tocar el tambor, y los ladrones, de ver un tambor que tocaba solo, echaron a correr que no se les veía el pelo, dejando allí todas las cosas que habían robado.
Garbancito se puso a arañar el tambor con una uña, hasta que hizo un agujerito y pudo salir. Cogió el botín de los ladrones y se presentó en su casa. Sus padres se pusieron muy contentos de verle, y además con tantas cosas de valor. Garbancito dijo a su padre:
Garbancito: Ya le dije a usted que matara a Pinto, que yo le daría veinticinco.
Narrador: Bueno, pues ya eran tan felices, hasta que un día se presentaron
en el pueblo los ladrones. Uno de ellos llevaba mucha sed y se acercó a casa de Garbancito a pedir agua. La madre salió a la puerta y le dio de beber al ladrón en lo primero que cogió a mano, y que era una de las copas robadas. El ladrón, nada más verla, la agarró y dijo:
Capitán: Señora, esta copa es mía. ¿Quién se la ha dado?
Narrador: La madre se asustó y cerró la puerta. Entonces el ladrón fue a contárselo a sus compinches:
Capitán: Ya sé dónde está nuestro tesoro. Esta noche lo robaremos otra vez.
Narrador: Pero Garbancito estaba sin pegar ojo, después de lo que había contado su madre.
Garbancito: Dejad puesta la lumbre, por si acaso.
Narrador: Garbancito se quedó al lado de la chimenea, preparó un montón de aulagas y puso en las llares un caldero de pez. A medianoche sintió cómo los ladrones hablaban en voz baja por el tejado, y el capitán se asomaba a la chimenea, diciendo:
Capitán: Por aquí va a ser. Atadme la cuerda a la cintura, que voy a bajar.
Narrador: En ese momento Garbancito atizó la lumbre, echó de golpe todas las aulagas, soplando muy fuerte, y empezó a hervir la pez. El capitán de los ladrones se puso a gritar:
Capitán: ¡Arriba, que me queman! ¡Arriba, que me queman!
Narrador: Pero no les dio tiempo a sacarlo, sino que cayó directamente en el caldero de pez y allí se quedó pegado y achicharrado y los demás ladrones salieron corriendo y nunca más se les vio por allí. Y colorín colorao, el que no levante el culo también lo tiene achicharrao.