Ginebra.

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Suena el teléfono y recibe una sorprendente noticia que hará que toda la seguridad en la que había basado su felicidad se derrumbe. Un diario, a modo de Macguffin, hace que los personajes muevan la acción y el drama. Nada es lo que parece...
Relato adaptado de Carmen Gómez Ojea. La luna del oeste. Edit. Destino 1.995.

Reparto:
Mujer: Antonia Zurera.
Ginebra: Pilar Valdés.
Nil: Javier Merchante.
Galo: Pablo Domínguez.
Músicas: Francesco Calabrese y Nicoco (Jamendo). Ars Nova XIV.







Ginebra.
(Adaptación del original de Carmen Gómez Ojea. La luna de oeste, Edit. Destino, 1.995)

Mujer/narración: Me sequé las manos, descolgué el aparato, y así me enteré de que Nil, mi marido, acababa de ser encontrado muerto en un sordido piso de una casa de los muelles.

Título: Ginebra.

Nil: Adiós, dulzura, me voy a hacer la ruta del penicillium.
Mujer/narración: Supe de pronto que cada vez que se despedía de mi, me estaba engañando. Era vendedor y representante de una buena firma de productos farmacéuticos. Me sentí como una idiota ante su cadáver al descubrir que se encerraba, durante tres o cuatro días, en aquella cochiquera húmeda y maloliente, mientras lo suponía visitando médicos y boticas.
La misma noche del entierro, supe de ella.

Mujer: Diga.
Ginebra: (Sollozos, suspiros, palabras indescifrables...).
Mujer: Le exijo que se recomponga si no quiere que le cuelgue el teléfono. Imagino quién es usted y no tengo necesidad de aguantar su llanto.
Ginebra: Soy Ginebra Zeugma. Estoy embarazada y Nil es el padre del niño que espero para primavera. Tengo pruebas irrefutables de su paternidad. Se lo explicaré con más detenimiento cuando nos veamos. Creo que debe ser usted quien se haga cargo de ese niño cuando nazca. Tome nota. Esta es mi dirección: calle Juan Bravo Padilla, 24, segundo derecha.

Mujer/narración: Me condujo a su sala de estar bien amueblada. Sobre un arcón gótico una fotografía enmarcada en plata de una vieja bestial, llamó mi atención.
Ginebra: ¿Le apetece tomar algo?
Mujer: No, gracias. Estoy bien como estoy.
Ginebra: ¿Le asusta mi querida madrina? Ella fue la que eligió mi nombre, Ginebra. Todos los enebros celebraron mi nacimiento:la ginebra es mi bebida.
Mujer: No creo que sea muy conveniente para su estado actual ¿no cree?
Ginebra: Oiga, no quiero ni pensar que sea usted una de esas comadronas dedicadas a fastidiar a las gestantes. Nil me habló de su decidida vocación de enfermera. Bebo cuanto me apetece, y puedo jurarle por mi grandiosa tripa que jamás vomito ni tengo que apoyarme en las paredes para llegar a la cama.
Mujer: No he querido ofenderla.
Ginebra: Bebo por placer, jamás para buscar consuelo o escapar de las adversidades.
Mujer: ¿Cómo conoció a Nil?
Ginebra: En la cama. Ocurrió en un burdel. La dueña es una buena amiga, y en ocasiones le echo una mano.
Mujer: Por lo que me cuenta es usted una variación especial de Santa María Egipciaca, fornicando por caridad, en su caso por caridad hacia su amiga, la furcia.
Ginebra: Bueno, mire, lo hago de cuando en cuando, y no me disgusta, Vaso, mi amiga, se merece que haga cualquier cosa por ella. Nunca me hubiera imaginado que usted fuera una guardiana de la vieja y las buenas costumbres. Desconfío de los abstemios y las personas decentes.
Mujer: Pues a mi la prostitución me parece un oficio tan penoso, tan lleno de riesgos y amarguras como el trabajo en la mina o en el mar.
Ginebra: En el lupanar se trabaja con casco y con todas las medidas de seguridad. Los clientes se seleccionan como flores para un altar mayor.
Mujer: Y supongo que Nil estropearía sin duda el escogido ramo del que me habla.
Ginebra: Usted no quería a su marido. Él la odoraba. La amaba con su corazón joven, lleno de entusiasmo. Pero es usted fría y también mala. Nil era tan tierno, tan ignorante, tan poco práctico, tan ajeno a todo lo feo de la vida...
Mujer: Entiéndame, yo no estoy aquí de visita, sino por algo que en principio me interesa, como es realizar con usted una compraventa muy peculiar. Usted me ofreció a su hijo, y yo lo quiero, aunque no sé aún cuál es el precio. Por otro lado, dada sus desenfadas maneras de menearse por la vida, no puedo estar segura de que Nil sea el padre,y...
Ginebra: Se lo dije por teléfono. Sabe que no le mentí. Por eso está ahí sentada. No quiero dinero. Sólo me interesa su diario. El diario de ese hombre extraordinario que era su marido, al que usted redujo al tamaño de su puño de dictadora. De lo contrario, como no se avenga a mis deseos, el niño no nacerá. Él no pudo satisfacer su deseo diabólico de poseer un hijo, porque a su lado se convertía en un ser indefenso y amedrentado, en una pobre criatura desvalida.
Quiero el diario de Nil. En cierto modo me pertenece. Me hablaba mucho de él. Está guardado en la alacena de la cocina, dentro de la sopera de porcelana. Son en realidad dos libretas, sujetas por una goma negra. Debe traérmelas mañana, sin leerlas.
Mujer/narración: Las diez primeras páginas me decepcionaron. De repente, allí estaba mi nombre, con mayúsculas, en rojo vivo.
Nil: Severa, grita, pega.
Mujer: ¿Qué es esto?
Nil: Se sirve los mejores bocados de la fuente. En mi plato, las sobras; recalienta y recuece. Destroza mi estómago.
Mujer: ¡Oh, Nil, Nil!
Nil: Me obliga. Obedezco. Bebo el café del desayuno. Odio el café por la mañana. Me da ganas de vomitar verla llegar ante mi con la bandeja verde y la taza echando humo. Asco. Hundimiento.
Mujer/narración:Todo lo que contenía era cierto. A menudo lo trataba como una madre pelmaza y gruñona. Lo atosigaba con cuidados y consejos: coge la bufanda; aquí está la vitamina C; abre las ventanas para dormir; tienes que racionar el tabaco; cuidado con las grasas, Nil; toma mucha fibra y mucha agua, mucha agua...
Nil: Me da miedo.
Mujer/narración: La última página de la primera libreta decía:
Nil: Ginebra, amiga.
Mujer/narración: Los caracteres del segundo cuaderno eran mayores, claros, trazados por alguien feliz.
Nil: Ayer estuve con Galo, en un bar de la carretera. Bebimos juntos, frente a la ventana abierta al embarcadero abandonado.
Mujer/narración: Nil había dibujado una silueta de hombre de espaldas, con la cabeza ladeada.
Nil: Hoy ocurrió. Fue en nuestra casa, ese lugar que buscamos juntos y que me parece el más luminoso de la tierra, a pesar de su oscuridad y pobreza. Estaba aterrado. Hasta entonces, los homoxesuales eran sucios, pervertidos. Mis ojos se llenaron de lágrimas y temblaba de emoción, porque nos estábamos amando como dos hombres. Ninguno de los dos representaba otro papel ni otra cosa que un hombre lleno de amor y deseo por otro hombre. No quiero añadir nada más. Amo.
Mujer/narración: Me dormí sentada con las dos libretas entre las manos.

Mujer: Aquí tiene. Las dos libretas.
Ginebra: También yo cumpliré mi palabra. Sabrá de mi muy pronto.
Mujer/narración: El día de Reyes muy temparano...
Galo: Disculpe que le moleste tan temprano. He sido muy amigo de Nil y debo marchar enseguida. No pude asistir al entierroy quería darle el pésame antes de mi partida. Además, le traigo algo que le pertenecía...
Mujer/narración: Al hacerlo pasar y verlo de espaldas comprobé que sin duda era él, el compañero de Nil, el hombre de mis pesadillas. Me alargó un paquetito. Dentro estaban los dos diarios de Nil que volvían a mí como un bumerán fatal y maldito.
Galo: No debió dárselas a ella. Es una embustera patológica, una intrigante, que confunde a los mismos diablos. Creo que tiene derecho a saber que yo amaba a Nil, y él sentía, lo mismo por mí, pero ello no le impedía quererla a usted y admirarla. Ginebra acabó descubriendo lo nuestro e intentó atormentarnos, no por celos, sino porque es una enferma del afan de poder y dominación. Cuando ocurrió la muerte de Nil la buscó a usted y le contó una historia hecha con mentiras y verdades. En cuanto a lo del niño que espera es cierto; pero no sé si es de Nil, mío o de otro, porque para darnos celos manteníamos relaciones con ella.
Por favor, no le hable a ella de esto. He usado las libretas como pretexto para conocerla.
Mujer/narración: Me asomé a la ventana para verlo perderse por la calle. Decidí entonces que el hijo de Ginebra, fuera Nil su padre o cualquier hijo de perra, sería mío, mi hijo, el hijo de mi dolor.
No pudo ser. Ginebra Zeugma dio a luz un niño muerto y, al día siguiente, se ahorcó con el cinturón rosa de su bata de seda. Y Galo murió a principios de abril de su mal incurable.
Yo sobreviví a aquel mal año. Para no enloquecer escribí este relato.