Hansel y Gretel

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Las imágenes que sugiere este cuento son tan poderosas que se graban indéleblemente en la conciencia de los niños y explican por sí solas el éxito de este relato entre los más pequeños. El mísero hogar, el hambre, el abandono al que son sometidos los hermanos, el camino regado de migas de pan, la casita del bosque como sublimación del ansia de alimentos, la celda, el horno...; toda la historia está acompañada de metáforas tocadas en imágenes imborrables que nos sobrecogen y que sólo compensan nuestro ánimo con el final feliz conocido por todos.
Las ilustraciones que acompañan al relato pertenecen a una antigua colección -Ratón Pérez- de la Editorial Anaya realizadas por Domique Felix.
Pero para aquellos que quieran saber más sobre el profundo sentido de esta historia, no dejen de conocer el libro de Bruno Bettelheim "Psicoanálisis de los cuentos de hadas", un clásico imprescindible publicado por la editorial Crítica, que no les defraudará.




Hansel y Gretel.

Érase una vez un pobre leñador que vivía cerca del bosque con su mujer y sus dos hijos que había tenido de su primera esposa. El niño se llamaba Hansel y la niña Gretel. Como no tenían nada que comer, la madrastra le dijo al leñador que al día siguiente abandonarían los niños en el bosque con un pedacito de pan porque si no todos mirirían. El padre protestó, pero acabó cediendo y se avino al plan de su mujer. Los niños lo escucharon todo y, cuando sus padres se quedaron dormidos, Hansel salió de la casa para recoger guijarros que guardó en los bolsillos de su chaquetilla. Al día siguiente, partieron para recoger la leña en el bosque. Hansel, de tanto en tanto, tiraba en el camino una piedrecita de las que llevaba en el bolsillo. Los padres hicieron una hoguera, les dieron un trozo de pan y les digeron que descansaran mientras ellos recogían leña. Los niños se quedaron profunadamente dormidos. Cuando salió la luna, los niños regresaron a su casa siguiendo el brillo de los guijarros que Hansel había tirado por el camino. Pasó el tiempo, volvió el hambre y de nuevo los niños fueron abandonados en el bosque. Pero esta vez Hansel tiró migas de pan por el sendero, los pájaros se las comieron y no pudieron encontrar el camino de regreso. Los niños estuvieron tres días perdidos en el bosque sin nada que comer. Al medio día del tercero, escucharon los trinos de un pájaro. Luego, revoloteó sobre ellos y les indicó con su vuelo un camino. Los niños le siguieron y llegaron a una casita cuyas paredes eran de panecillos, el tejado de galletas y las ventanas de caramelo. De repente, se abrió una puerta y una mujer, más vieja que las piedras, les dijo:
-¡Hola, queridos niños! Venid dentro y quedaod conmigo que nada malo ha de sucederos.
Se trataba de una bruja malvada que atraía a los niños, los mataba, los guisaba y se los comía. Las brujas tienen los ojos rojos y son bastante cegatas, pero tienen el olfato muy fino, como los animales.
A la mañana siguiente, agarró a Hansel y lo llevó a un corralillo donde lo encerró tras puerta de reja. Luego, despertó a Gretel y le gritó:
-¡Levántate, holgazana y ve a por agua para guisarle una buena comida a tu hermano que hay que engordarlo! ¡Cuando esté bien gordo me lo comeré!
Cada mañana comprobaba si Hansel engordaba y éste la engañaba sacando por la reja un delgado huesecillo... Un día, la bruja le dijo a Gretel que abriera la puerta del horno para meter el pan. Ella se dio cuenta que lo que quería era meterla dentro para asarla y le dijo que no sabía cómo se hacía.
-¡Apártate niña tonta! ¡Mira, así se hace!
Y la vieja se agachó, abrió el horno y entonces Gretel la empujó, la metió bien dentro, cerró la puerta y corrió el pestillo. La maldita bruja se consumió miserablemente. Luego, fue en busca de su hermano, recogieron perlas y piedras preciosas que tenía la vieja, y comenzaron a correr para salir de aquel bosque embrujado. Finalmente, llegaron a lo orilla de un gran río. ¡No tenían con qué cruzarlo! Gretel vio un pato blanco y le dijo:

-Ven, patito mío,
que Hansel y Gretel,
han llegado al río.
No hay puente,
no hay vado,
en tu blanco lomo,
llévanos a nado.


El pato los cruzó uno a uno. Caminaron un buen rato y salieron del bosque hasta que llegaron a la casa de su padre. Éste no había tenido ni un momento de alegría desde que los abandonó en el bosque y su mujer había muerto. Las piedras y las perlas rodaron por toda la habitación y allí acabaron todas sus penas.