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Relatos Breves.
Inma Luna (Madrid, 1.966) es la autora de Identidad, relato publicado en el libro Las mujeres no tienen que machacar con ajos su corazón en el mortero (Baile del Sol, 2.008). Narrado en primera persona, la protagonista nos cuenta las peripecias de su marido por recobrar su identidad ante distintas instancias privadas y públicas, y las repercusiones que tuvo en su familia.
Ficha de audio:
Texto: Inma Luna.
Narradora: Pilar Valdés.
Músicas: Nicoco (Jamendo).



Identidad.
(Inma Luna)
Yo no lo sabía, pero mi vida era como era debido a que mi nombre figuraba como titular de un contrato de la compañía de la luz. Todo cambió cuando hace unos meses, por circunstancias que no vienen al caso, mi marido se dirigió a esta empresa para que fuese su nombre el que, a partir de entonces, figurase en contratos y recibos de la luz. La persona que lo atendió, la que cambió el destino de nuestra familia, le advirtió de que tenía tres recibos impagados a su nombre. Mi marido se sorprendió mucho, pero la señorita insistía: ¿Es usted don Fulano de tal? Y mi marido: Sí. Y la señorita, ¿con DNI tal tal tal? Y mi marido: Sí. Y ella: Pues tiene usted tres recibos impagados. ¿Vive usted en la calle San Nicolás, de Móstoles? Y mi marido, aliviado: No, no, yo vivo en Leganés. La señorita, nada convencida: ¿Está usted seguro de que no vive o ha vivido en Móstoles? Y él, ya un tanto irritado por la desconfianza: Que no, que no. Y la empelada, concluyente: Pues el ordenador dice que sí, y si usted no soluciona este problema, no espere contar con nuestros servicios. El siguiente.
Mi marido salió de las oficinas un tanto confuso pero decidido a solucionar en breve el malentendido. Se dirigió a la Comisaría de Leganés donde intentó demostrar, con ayuda de su DNI la veracidad de su domicilio en este municipio. Un agente le dijo que probablemente se habría cambiado de casa y se le había olvidado poner al día su carnet pero que, según la base de datos de su ordenador, efectivamente, residía en la calle San Nicolás, de Móstoles.
Durante dos meses, sin darse tregua, mi marido recorrió organismos oficiales, renunciando a su trabajo e incluso dejándonos de lado a sus hijos y a mí, que, en realidad, no considerábamos tan importante este pequeño error burocrático.
Estaba desesperado, fuera cual fuera la instancia ante la que recurriese, y llegó hasta el Defensor del Pueblo, negaban que fuese vecino de Leganés y fijaban su residencia, como no podía ser de otra manera, en la calle San Nicolás, de Móstoles.
Intentando aliviar su desazón, le propuse que fuésemos hasta aquella dirección, e intentáramos averiguar si allí vivía alguien con su mismo nombre y poder así deshacer el entuerto. Entusiasmado y preguntándose cómo no se le habría ocurrido antes, mi marido se puso el traje de los domingos y llegamos hasta el número 22 de la calle San Nicolás, de Móstoles. Subimos las escaleras con el corazón en un puño, ansiosos por saber qué nos depararía el destino cuando se abriese la puerta del 2ºC. Tocamos el timbre y nos abrió una mujer que, inmediatamente, abrazó llorando a mi marido, mientras una niña rubia se agarraba a sus piernas.
Mi marido decidió, por fin, quedarse a vivir en Móstoles con aquella, su nueva familia, más que nada por comodidad, me dijo, por no seguir con los papeleos. Yo me he quedado sola, ya ven, por culpa de Iberdrola.