Incendio en los arrozales.
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Siempre me llamó la atención la difícil decisión que tuvo que tomar el anciano protagonista de este cuento y cómo con determinación y sin dar explicaciones ordenó a su nieto lo que debía hacer. También me sorprendió la obediencia del niño ante lo que le proponía su abuelo; ¿se habría vuelto loco? Y sin embargo, obedeció. Tenía que causar un grave daño para evitar otro mayor, sin tiempo para pensar en otra alternativa. Vio el peligro y actuó de inmediato, con la sabiduría que dan los años. Pero ya no os cuento nada más. Dadle a play para escuchar este relato popular japonés que los alumnos de tercero de CEIP Josefa Navarro Zamora ilustraron para esta ocasión.






EL INCENDIO DE LOS ARROZALES


Había una vez un viejo muy sabio, que vivía en lo alto de una montaña, allá en el Japón. Alrededor de su casa, la tierra era llana y fértil y estaba toda cubierta de arrozales. Los arrozales pertenecían a la gente de un pueblecito situado más abajo, entre la alta montaña y el mar azul. Como la playa era tan estrecha, los campesinos habían hecho sus arrozales en la montaña. Todas las mañanas y todas las noches, el viejo y su nietecito que vivía con él, miraban el ir y venir de la gente en la estrecha calle del pueblo. Al pequeño le gustaban los arrozales, sabía que ellos le procuraban el alimento, y estaba siempre dispuesto para ayudar a su abuelo.
Un día, el abuelo estaba de pie ante la casa y miraba a lo lejos cuando, de pronto, vio algo muy extraño en el horizonte. Una especie de gran nube se levantó allí, como si el mar hubiera subido hacia el cielo. El viejo miró más fijamente y enseguida entró en la casa.
- ¡Yone! ¡Yone! Coge un tizón de fuego y tráelo aquí.
El pequeño Yone no comprendió para qué necesitaba fuego su abuelo, pero obedeció y llegó corriendo con un tizón. El viejo cogió otro y corrió hacia el arrozal más próximo. Yone le seguía extrañado. Pero, cuál no fue su espanto, al ver a su abuelo lanzar el tizón encendido en el campo del arroz.
-¡Oh, abuelo! ¿Qué haces?
-¡Deprisa, deprisa, echa el tuyo! ¡Prende fuego!
Yone creyó que su abuelo se había vuelto loco, y se puso a llorar; pero un niño japonés obedece siempre, de manera que, aún llorando, lanzó su antorcha en medio de las espigas, y una llama roja subió sobre los rastrojos, secos y apretados. El humo negro se elevaba hasta el cielo y las llamas se extendían devorando la preciosa cosecha.
Desde abajo, el pueblo vio aquel espectáculo y lanzó un grito de horror.
¡Ah! ¡Cómo corrían y trepaban todos a lo largo del sendero tortuoso! Ni uno solo quedó atrás. Cuando llegaron a la planicie y vieron sus arrozales devastados de aquella manera, gritaron con rabia:
- ¿Quién ha hecho esto? ¿Cómo ha sucedido?
- He sido yo quien lo ha incendiado.
- Es cierto. El abuelo lo ha incendiado.
La gente se acercó a él amenazándole con sus puños y gritando:
-¿Por qué, por qué? ¿Por qué lo has hecho viejo loco?
El viejo se volvió, y extendió la mano hacia el horizonte.
- Mirad allí.
Todos se volvieron y miraron. Y en el lugar donde el gran mar azul se extendía tranquilo unas horas antes, se levantaba ahora una espantosa muralla de agua desde la tierra hasta el cielo. No se oyó un solo grito. Aquella visión era terrible.
Unos momentos de espera... los corazones latían... y la muralla de agua rodó hacia la tierra y se abatió sobre la playa rompiéndose con un ruido espantoso contra la montaña. Una ola tras otra... no se veía más que agua; el pueblo había desaparecido.
Pero los habitantes se habían salvado. Y cuando comprendieron lo que el viejo había hecho, le rodearon de honores y cuidados, ya que gracias a su presencia de espíritu les había salvado del maremoto.