La creación del hombre y el universo.

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Si buscas consuelo porque setiembre te sumerge de nuevo en la rutina y afrontar el regreso al trabajo te deprime, en este pequeño relato popular armenio encontrarás ingenua explicación de por qué el hombre afronta una larga vida dedicada al trabajo para al final acabar arrastrando su cuerpo...
El relato es una adaptación cuyo original podrás encontrar en “Cuentos y leyendas de Armenia” de Reine Cioulachtjian, editorial Anaya.
Música de Proyect Divinity en Jamendo.

La creación del hombre y el universo from Javier Merchante on Vimeo.



La creación del hombre y el universo.
(Adaptación del relato de Reine Cioulachtjian, Cuentos y leyendas de Armenia).

Al principio, Dios creó los cielos y la tierra. La tierra era informe y estaba vacía, sólo habitada por tinieblas. Entonces Dios creó las estrellas para iluminar la tierra, y se preguntó:
<<¿Cuántos años las haré vivir en la inmensidad del cielo>>?
Después de haber reflexionado, Dios anotó en su gran libro de cuentas:
<<Estrellas: ¡Millones de años!>>.
Luego creó la vegetación, y los árboles frutales.
<<Árboles: Decenas de años, incluso siglos...>>, anotó Dios.
Por último, cuando todo estaba listo para recibir al hombre, meta final de la Creación, Dios hizo los seres animados, es decir, a los animales y los seres humanos. En su registro de cuentas, Dios escribió:
<<Seres animados: ¡Treinta años!>>
Es decir, treinta años para cada uno, sin establecer diferencias... Treinta para el hombre, treinta para el león, treinta para el burro... Pero el hombre, orgulloso de haber sido creado a imagen de Dios y consciente de tener una inteligencia superior a la de los animales, protestó y se rebeló: ¿por qué tenían que corresponderle a él treinta años de vida tan solo, como al resto? El Creador, seguramente se había equivocado. ¡Aún peor! Lo había rebajado al nivel de los animales...
El hombre fue a defender su causa ante los animales y armó tal jaleo que algunos, para que los dejaran en paz, se resignaron. El burro por su parte, razonó así:
-Hermano hombre, treinta años de vida son demasiados para mi. Si quieres, y sin que lo sepa el creador, te regalo la mitad; así llegarás a los cuarenta y cinco años.
El perro, a su vez, exclamó:
-Hermano hombre, estoy de acuerdo con el burro. Yo también te ofrezco quince años de mi vida; así llegarás a los sesenta.
Por último, el mono también le ofreció otros quince años y así podría vivir hasta los setenta y cinco.
Dios oyó todo esto y se dijo que ya jugaría alguna mala pasada a aquel ser orgulloso e insatisfecho al que había llamado “hombre” y que pretendía cambiar las reglas de la creación en su propio beneficio.
Así pues, Dios corrigió los datos en su gran libro, redujo a la mitad la duración de la vida de los animales que habían mostrado tanto espíritu de sacrificio y añadió esos años a la cuenta del hombre. Pero se olvidó, intencionadamente o no, de incluír algunos retoques indispensables para la correcta transmisión al hombre del favor animal.
Por eso, durante los primeros años de su vida, es decir aquellos concedidos por el Creador, el hombre vive como un hombre. Luego, durante los quince años siguientes, se ve obligado a trabajar como un burro para mantener a los suyos. Después, durante los otros quince años, debido a las dificultades de la existencia, lleva una vida de perro. Y más tarde, en su edad avanzada, se convierte en el hazmerreír de malvados y bromistas, que se burlan de él y se divierten a su costa como si fuera un mono.