La desaparición de Elaine Coleman.

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Cuando leí “Risas peligrosas”, -Steven Millhauser, editorial Circe-, de los trece relatos que integran la publicación agrupados en cinco secciones, elegí “La desaparición de Elaine Coleman”, porque me permitía adaptar una historia narrada en primera persona -me gusta especialmente el reto de enfrentarme a este tipo de relatos sin apoyaturas- que mostraba la singularidad que tanto me llamaba la atención de su autor: Hay algo más que no estamos viendo, donde lo fantástico se tiñe de sucesos terroríficos e indeseables. En el caso del relato que os presento, el protagonista sufre la culpa por su incapacidad de recordar a una chica desaparecida.
La música es de Kendra Springer -Hope- y de Matti Paalanen -Hollow- que puedes escuchar siguiendo los enlaces en ese fantástico alojamiento que es JAMENDO.


La-desaparición-de-Elaine-Coleman by Elmaestrocuentacuentos


La desaparición de Elaine Coleman.
(Adaptado del relato de Steven Millhauser)


La noticia de la desaparición de Elaine Coleman nos agitó a todos. Por un tiempo se aconsejó a las mujeres que no salieran solas por la noche, pero poco a poco los carteles con su foto borrosa se ensuciaron y arrugaron con el agua, y sólo quedó una débil inquietud que se disolvió con la llegada del otoño.
Según los periódicos, la última persona que la había visto con vida había sido una vecina quien la saludó cuando llegaba a la casa donde tenía dos habitaciones alquiladas en el segundo piso. La casera, la señora Walters, que vivía en la planta baja y que la oyó esa noche subir las escaleras, la describió como una persona discreta, formal y muy educada. Se acostaba temprano, nunca recibía visitas y pagaba el alquiler el primer día del mes. Contó que al día siguiente, viendo que su coche permanecía aparcado delante, imaginó que estaba enferma y subió para llevarle una carta. La puerta estaba cerrada con llave y tuvo que usar un duplicado para acceder a la vivienda.
Durante días no hablábamos de otra cosa. Algunos recordábamos vagamente a una Elaine, compañera de clase de hacía catorce o quince años, una chica callada, anodina, que vestía de manera discreta.
Un detalle de su desaparición que nos preocupó mucho fue que en la mesa de la cocina encontraron un llavero con seis llaves;y entre ellas estaba la de su apartamento. La policía descartó que ella u otra persona tuvieran un duplicado. Al igual que no resultaba creíble que hubiera salido por una de las cuatro ventanas del apartamento.
Su vecina de planta, una viuda de setenta años, relató que había oído abrir y cerrar la nevera, el tintineo de un plato, el pitido de la tetera... No había oído ningún ruido extraño, ni gritos ni voces... De hecho, a partir de las siete en el apartamento de Elaine Colleman reinó un silencio absoluto según su testimonio.
Yo no era el único que no paraba de intentar recordarla. Aunque la recordaba con claridad al fondo del aula, no podía visualizar ningún detalle de ella.
Los periódicos informaron de que al acabar el instituto Elaine Colleman se especializó en administración de empresas en la universidad de Vermont y que sus padres por esos años se fueron a vivir a California. Ella volvió a la ciudad cuando acabó sus estudios, trabajaba en una tienda de material de oficina de una ciudad cercana y la gente la recordaba como una mujer callada, trabajadora. No parecía tener amigos.
Tuve un recuerdo vívido de Elaine Colleman un día. Era durante el instituto y yo había salido con Roger a dar un largo paseo por un barrio desconocido del otro extremo de la ciudad. Pasábamos por delante de una garaje donde una chica trataba de encestar una pelota de baloncesto en un aro. La pelota tocó el aro y bajó botando hacia nosotros por el camino. Yo la cogí y se la tiré. Reconocí a Elaine Colleman. Dijo “gracias” y titubeó un momento antes de bajar los ojos y alejarse. Parecía que nos invitaba a hacer unos tiros, pero Roger me lanzó una mirada intensa y dijo: “No.” Lo que perturbó mi recuerdo era la sensación de que Elaine había visto esa mirada, ese juicio; ella debía ser hábil interpretando señales de rechazo.
Tuve un segundo recuerda de ella, en una fiesta, pero fui incapaz de evocar más imágenes. Tampoco era capaz de verle la cara. Era como si no tuviera ni cara ni facciones.
El desconcierto de la policía, la puerta cerrada con llave, las ventanas cerradas, me hicieron preguntar si estábamos formulando el problema como era debido. Se consideraban sólo dos posibilidades: secuestro y huida. Parecía más razonable que Elaine se había ido por iniciativa propia. Sola, sin amigos y desgraciada, se había entregado a la atracción de una aventura. Las llaves, el billetero, el abrigo y el coche se convertían en las pruebas de la naturaleza radical de su ruptura. Pero esa teoría terriblemente romántica no respondía más que a nuestros deseos y no tenían por qué haber sido los suyos. Me pregunté si no podía haber otra explicación para la desaparición, una teoría más osada que pidiera una lógica distinta, más elusiva y peligrosa.
Si no había habido secuestro ni huida, entonces la desaparición debía de haber tenido lugar dentro del mismo apartamento. Parecía haber desaparecido de las habitaciones del mismo modo que había desaparecido de mi mente, dejando atrás sólo un puñado de pistas que sugerían que había estado alguna vez allí.
Una noche me desperté sobresaltado por un sueño. Al cabo de un rato la verdad me sacudió como un golpe en la sien.
Elaine Colleman no había desaparecido repentinamente, como sostenía la policía, sino poco a poco, a lo largo del tiempo. A menudo debía de haberse sentido casi invisible. Si es cierto que existimos al dejar una impronta de nosotros mismos en la mente de los demás, aquella chica callada y anodina en la que nadie reparaba debía de haber tenido la sensación de volverse etérea, como si poco a poco se evaporara por falta de atención. El proceso de borrado debió comenzar mucho antes de su paso por el instituto y para cuando regresó de la universidad, el borrado había avanzado más. La persona imposible de visualizar que nadie lograba recordar con claridad, se iba oscureciendo, se apagaba, desaparecía, como una habitación a oscuras.
Esa última noche, cuando su vecina la saludó en la penumbra sin llegar a verla, Elaine Colleman era apenas una sombra. Subió las escaleras, cerró la puerta con la llave, dejó la leche en la nevera y colgó la chaqueta en le respaldo de la silla. Detrás de ella, en el espejo de segunda mano, apenas se vía su reflejo. Preparó una taza de té y dejó la taza encima de una postal en la mesita de noche. Se puso su grueso camisón blanco con pequeñas flores azules. Sacó la almohada de la colcha y se recostó con un libro. Encendió la lámpara y trató de leer. Le pesaban los párpados y se le empezaron a cerrar los ojos. Imagine un cansancio no del todo desagradable, de difusión. Al día siguiente, encima de la cama no habría nada más que un camisón y un libro.
Pudo haber sido un poco diferente: una noche, dándose cuenta de lo que estaba sucediendo, abrazó su destino y se alió con los poderes de la disolución.
No es la única. En las esquinas de las calles en penumbras, en los pasillos de los cines a oscuras, detrás de las ventanillas de los coches en los aparcamientos de los tristes centros comerciales, a veces ves a las Elaine Colleman de este mundo. Bajan la vista, dan media vuelta y desaparecen en la oscuridad. Tal vez la policía, al sospechar que se trataba de un crimen, no había andado tan desencaminada. Porque nosotros, los que no vemos ni recordamos, los que no tenemos curiosidad, ya no somos inocentes; somos cómplices de la desaparición. Yo también asesiné a Elaine Colleman. Que conste este testimonio en acta.