La flor y el viento

Irene_y_el_tito.jpg


Seguro que la mayoría de vosotros sabéis silbar. No es difícil, pero por mucho que te expliquen cómo se hace hasta que no lo descubres solo, por la boca no sale más que un ridículo aire que apenas suena. Una vez que sabes silbar no se olvida, como montar en bicicleta. Silbar acompaña, alegra, es un sencillo instrumento musical que tenemos en nuestros labios con el que divertirnos mientras paseamos. Pero quién le enseñó al hombre a silbar, cuándo ocurrió eso por primera vez. Irene y yo os lo contamos en este cuento.



LA FLOR Y EL VIENTO

Había una vez, en lo más alto de una afilada montaña, que se levantaba hacía el cielo como una aguja, un diminuto jardín no más grande que una alfombra: Una alfombra llena de flores de mil colores. Pero ellas cada mañana, como vivían tan apretadas, cuando el sol se colgaba en el cielo, luchaban entre sí por conquis­tar sus rayos. Sólo la Flor Amarilla no se peleaba con sus compañe­ras. Al final de cada jornada podía verse en el suelo de la montaña un hermoso tapiz de pétalos. La Flor Amarilla, en cambio, conservaba intactos todos sus pétalos. Ella no quería peleas con sus hermanas las flores; dedicaba todas sus fuerzas a una misión muy importante: El cultivo de su néctar. Su néctar era mágico, pues era capaz de curar el mal de amores... Por eso el sol, que todo eso lo sabía, cada mañana, cuando se colgaba en el cielo, la saludaba así:

- ¡Hola, pequeña¡ ¿Cómo te encuentras hoy? Abre tu cáliz para que pueda calentar tu néctar. Algún día vendrá alguien que necesite de él; alguien que sufra el terrible mal de amores...

Y la Flor Amarilla lo saludaba abriendo y aleteando sus pétalos.

Un día don Viento, en su pelea diaria con el mar, llegó más enfadado que de costumbre (Don Viento silba muy fuerte).

- ¡Eh, tú, don Viento,
no sigas soplando así,
o acabaré yo también muriendo¡

Pero don Viento no la oía... Una nubecilla que pasaba por allí, al ver a la Flor Amarilla en peligro, descendió sobre la montaña y la cubrió con su húmedo manto blanquecino. Don Viento, al ver que la nube no huía, le dijo así:


- ¡Apártate de mi camino diminuta nubecilla¡ ¿No ves que hoy estoy muy enfadado?
- ¡Tú siempre andas igual: soplando por aquí, soplando por allí...¡ ¡ No miras por donde soplas¡ ¿No sabes que estoy protegiendo a la Flor Amarilla?
- No veo ninguna Flor Amarilla...
- ¿Cómo la vas a ver?: ¡Yo te la tapo¡
- Claro, por eso no la veo.
- ¿No sabes que ella es mágica? ¿No sabes que su néctar cura el mal de amores? ¡Anda vete..., y sopla por ahí¡
- Pero para irme por ahí, tengo que pasar por aquí; y para pasar por aquí no tengo más remedio que soplar... ¡Ugggss¡
- ¿Estás loco o qué? ¿No sabes soplar de otra manera?
- Bueno, bueno..., lo intentaré. (Don Viento silba).

Y don Viento descubrió el ¡SILBIDO¡ Y unos pastores que estaban en el valle con sus ovejas, lo oyeron silbar y comenzaron ellos a hacer lo mismo (melodía silbido). Y esta melodía se corrió por todos los valles y campos..., y de esta manera les fue revelado a los hombres el silbido. Pero allí, en lo alto de la montaña, aún sigue nuestra Flor Amarilla, esperando que alguien venga a recoger su néctar; alguien que padezca el terrible mal de amores...
Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.