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Relatos Largos.
Max Aub, (1903-72), escritor español, nacido en París y fallecido en Ciudad de México, es el autor de La gabardina, que forma parte del libro “Escribir lo que imagino”, volumen que reúne sus cuentos fantásticos y maravillosos. Os traemos, como suele suceder en esta página, una versión adaptada para el audio.
Arturo, un joven tímido y no mal parecido si no fuera por su gran nariz, conoce en un baile a Susana, de cuyos “ ojos transparentes, de un azul absolutamente inverosímil, celestes, sin fondo, agua pura”, queda prendado.
Reparto:Narrador: Javier Merchante.Arturo: David Arnaiz.Susana: Magaly Fernández.Cochero/ Sepulturero: Jesús Rosas.Anciana: Mª C. de las Casas.
Músicas: Walter Mazzaccaro, Sergey Kovchik (Jamendo).





La gabardina.
(Max Aub. Adaptado)

Narrador: Se llamaba Arturo, Arturo Gómez Landeiro. No era mal parecido, sólo una gran nariz le molestaba para andar por el mundo. No era nariz descollante pero sí una nariz un poco mayor de lo normal. Aquello empezó el 28 de febrero de 19... algo. Arturo cumplía aquella noche- veintitrés años, cuatro meses y algunos cuantos días. Que no se me olvide decir que era huérfano de padre, que su mamá le esperaba cada noche para verle regresar, entrar en su cuarto, meterse en la cama antes de acostarse a su vez; lo cual redundaba en cierta timidez que irradiaba del joven y hacia que sus amigos le tuvieran en poco. Leía poco, primero porque, según la señora viuda de Gómez, aquello “estropeaba los ojos”; después porque el difunto le había dado bastante quehacer con los libros, a los que fue aficionadísimo, con detrimento de otras obligaciones.Aquel último día de febrero era domingo de carnaval. Arturo entró en el salón de baile y se puso a mirar a su alrededor con tranquilidad y cuidado. Buscaba a Rafael, a Luis o a Leopoldo. No vio a ninguno de ellos. Se recostó en la pared y se dispuso a esperar. Naturalmente, en este momento la vio. Estaba sola en el quicio de una puerta. Parecía perdida, miraba como recordando, haciendo fuerza con los ojos para acostumbrarse. Arturo era tímido pero el mozo se proveyó del número suficiente de:Arturo: Ustedes perdonen;perdonen; disculpen; por favor. Narrador: Y se lanzó a la travesía.Arturo: Disculpe, señorita, sería tan amable de bailar conmigo.Narrador: La muchacha sin pronunciar palabra le puso la mano en el hombro. La mirada de la joven tuvo sobre Arturo un efecto extraordinario. Eran ojos transparentes, de un azul absolutamente inverosímil, celestes, sin fondo, agua pura. Su cuerpo parecía sin peso. Entonces, ella sonrió. Y Arturo, felicísimo, sintió que él también, queriendo o sin querer, sonreía. Sonreía como un idiota. La muchacha parecía feliz. Bailaba divinamente. Arturo se dejaba llevar. Aquello duró una eternidad. No se cansaba. Sus pies se juntaban, se volvían a separar, rodando, rodando, de una manera perfecta. Aquella muchacha era la más ligera, la más liviana bailarina que jamás había existido.Se quedaron los últimos. El salón, de pronto, apareció desierto.Arturo: ¿Nos vamos? Narrador: Susana le miró sin expresión y se fue lentamente hacia la puerta. Arturo recogió su gabardina y salieron a la calle. Llovía a cántaros, ella no tenía con qué cubrirse. Su trajecillo blanco aparecía en la penumbra como algo muy triste. Arturo: ¿Y va a volver a pie a su casa? Susana: Sí. Arturo: Se va a calar. Susana: Esperaré. Arturo: Yo también. Susana: No. Usted no. Arturo: Yo, sí. ¿No nos volveremos a ver? ¿Hacia dónde va usted? Susana: Hacía allá, hacia las colinas.Arturo: ¿Esperamos un rato más a que pase la lluvia? Susana: No puedo. Arturo: ¿La esperan? Susana: Siempre. Arturo: ¡Alto! ¡Pare, cochero! Tenga, póngase mi gabardina. Suba usted. Cochero: ¿Dónde vamos? Susana: Vaya hacia la colina. Ya le diré dónde debe dejarme.Arturo: ¿Tiene frío? Susana: No. Arturo: Tiene las manos heladas.Susana: Siempre. Narrador: ¡Si se atreviera a abrazarla, si se atreviera a besarla! De pronto, Susana se dirigió al cochero con su voz dulce y profunda: Susana: Pare, hágame el favor. Cochero: Todavía no hemos llegado, señorita. Susana: No importa. Arturo: ¿Vive usted aquí? Susana: No. Unas casas más arriba, pero no quiero que me vean llegar. O que me oigan... Arturo: Mañana la esperaré aquí, a las seis. Susana: No. Arturo: Si, mañana. Narrador: No contestó y desapareció. Fue su primera noche verdaderamente feliz. Se regodeaba de su primicia, de su auténtica conquista. La había realizado solo, sin ayuda de nadie, la había ganado por su propio esfuerzo. Sería su novia. Su novia de verdad. Su primera novia. Todo era nuevo. A las cinco y media del día siguiente paseaba la calle, junto a la casa vieja por donde la vio desaparecer. Arturo: “Me devolverá la gabardina”. Narrador: Tocaron las seis en Santa Agueda. Seguía paseando arriba y abajo, sin impaciencia. Tocaron las ocho. Entonces se le ocurrió una idea: ¿Por qué no presentarse en la casa con el pretexto de la gabardina? Anciana: ¿Usted dirá? Arturo: Mire usted, señora... Anciana: Pase. Siéntese. Usted perdonará. No esperaba visita. Viene tan poca gente. No veo a nadie. Narrador: Entonces, Arturo, preguntó a la anciana por la señorita Susana.Anciana: ¿Por quién pregunta? Arturo: Por la señorita Susana. ¿No vive aquí? Anoche le dejé mi gabardina. Me pareció verla entrar en esta casa... Es una joven como de dieciocho años. Con los ojos azules, azules claros. Anciana: ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, ay, qué está diciendo este joven!Arturo: ¿Qué le sucede, señora? ¿Le puedo ayudar en algo? Anciana: ¿Ella, la joven de esta fotografía? Arturo: Sí. Anciana: Es mi sobrina Susana. Murió hace cinco años. ¿No me cree? Arturo: Sí, señora. Pero yo juraría... Estuvimos en un baile. Anciana: Su padre no la dejó ir nunca. Él está en América. ¡Que Dios le perdone ... ! ¿Usted no me cree? Arturo: Si, señora. Anciana: Si usted quiere podemos ir al cementerio y verá su nicho. Arturo: Sí, señora. Anciana: Me pongo la manteleta. Es cuestión de un minuto...¿Tiene usted una cerilla? Arturo: Sí.Anciana: Enciéndala usted y lea la lápida.Arturo: Aquí descansa Susana Cerralbo y Muñoz. Falleció a los dieciocho años.El 28 de febrero de 1897.Narrador: Arturo dejó caer lentamente el brazo que sostenía el fósforo, el cabo encendido cayó en tierra. Lo siguió mecánicamente con la vista, al llegar al suelo descubrió, seca y plegada con cuidado, su gabardina. La recogió. Miró boquiabierto y desorbitado a la vieja. Desde lo lejos se acercaba una luz. Era el sepulturero. Sepulturero: ¿Qué buscan? ¿No saben que a estas horas está prohibido andar por aquí?