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A partir de 8 años.
La pequeña cerillera o simplemente La cerillera, de H. C. Andersen es un cuento triste, muy triste; pero extraordinariamente hermoso, con toda la ternura y compasión que sólo el escritor de Odense sabía imprimir a sus historias. La niña protagonista de La cerillera sabemos desde el principio que vitalmente no tiene futuro, pero Andersen sabe ascenderla a la gloria a través del amor.
La explotación de la infancia y el desamparo que muchos niños sienten en los años más hermosos de la existencia no es caso del pasado o de países lejanos y pobres. Cerilleras solitarias, invisibles a nuestros ojos, deambulan por las calles o sufren en el silencio de su “hogar” la mala suerte que la vida les deparó por haber caído allí donde nacieron.

Ficha de audio y vídeo:
Texto: Hans Christian Andersen.
Narrador: Javier Merchante.
Cerillera/Abuela: María José Blaya.
Música: J. S. Bach. La pasión según San Mateo.
Ilustraciones: Toril Marö Henrichsen. Editorial Everest, 1.968.





La pequeña cerillera.
(Hans Christian Andersen)

Narrador: ¡Qué frío hacía! Nevaba y comenzaba a oscurecer; era la última noche del año, la noche de San Silvestre. Bajo aquel frío y en aquella oscuridad, pasaba por la calle una pobre niña, descalza y con la cabeza descubierta... Verdad es que al salir de su casa llevaba zapatillas, pero, ¡de qué le sirvieron!
Eran unas zapatillas que su madre había llevado últimamente, y a la pequeña le venían tan grandes, que las perdió al cruzar corriendo la calle para librarse de dos coches que venían a toda velocidad.
Y así la pobrecilla andaba descalza con los desnudos piececitos completamente amoratados por el frío.
En un viejo delantal llevaba un puñado de fósforos, y un paquete en una mano. En todo el santo día nadie le había comprado nada, ni le había dado un mísero chelín; volvía a su casa hambrienta y medio helada, ¡y parecía tan abatida!
Los copos de nieve caían sobre su largo cabello rubio. En un ángulo que formaban dos casas se sentó en el suelo y se acurrucó hecha un ovillo.
No se atrevía a volver a casa, pues no había vendido ni un fósforo, ni recogido un triste céntimo. Su padre le pegaría, además de que en casa hacía frío también; sólo los cobijaba el tejado, y el viento entraba por todas partes, pese a la paja y los trapos con que habían procurado tapar las rendijas.
Tenía las manitas casi ateridas de frío. ¡Ay, un fósforo la aliviaría seguramente! ¡Si se atreviese a sacar uno solo del manojo, frotarlo contra la pared y calentarse los dedos! Y sacó uno: Dio una llama clara, cálida; una luz maravillosa.
Le pareció que estaba sentada junto a una gran estufa de hierro, con pies y campana de latón; el fuego ardía magníficamente en su interior, ¡y calentaba tan bien! La niña alargó los pies para calentárselos a su vez, pero se extinguió la llama, se esfumó la estufa, y ella se quedó sentada, con el resto de la consumida cerilla en la mano.
Encendió otra, que, al arder y proyectar su luz sobre la pared, la volvió transparente como si fuese de gasa, y la niña pudo ver el interior de una habitación donde estaba la mesa puesta. Un pato asado humeaba deliciosamente, relleno de ciruelas y manzanas. Y lo mejor del caso fue que el pato saltó fuera de la fuente y, anadeando por el suelo con un tenedor y un cuchillo a la espalda, se dirigió hacia la pobre muchachita. Pero en aquel momento se apagó el fósforo, dejando visible tan sólo la gruesa y fría pared.
Encendió la niña una tercera cerilla, y se encontró sentada debajo de un hermosísimo árbol de Navidad.
Millares de velitas, ardían en las ramas verdes. La pequeña levantó los dos bracitos... y entonces la cerilla se apagó.
Las velas se levantaron hacia el cielo y la niña pudo ver cómo se convertían en estrellas relucientes. Luego, una de ellas cruzó el cielo y dejó una estela luminosa como el fuego.
Niña: Alguien se está muriendo.
Narrador: Pensó la niña, pues su abuela, la única persona que la había querido, pero que estaba muerta ya, le había dicho:
Abuela: Cuando una estrella cruza el cielo, un alma se eleva hacia Dios.
Narrador: Frotó una nueva cerilla contra la pared; se iluminó el espacio inmediato, y apareció la anciana abuelita, radiante, dulce y cariñosa.
Niña: ¡Abuelita! ¡Llévame, contigo! Sé que te irás también cuando se apague el fósforo, del mismo modo que se fueron la estufa, el asado y el árbol de Navidad.
Narrador: Se apresuró a encender los fósforos que le quedaban, afanosa de no perder a su abuela; y los fósforos brillaron con luz más clara que la del pleno día. Nunca la abuelita había sido tan alta y tan hermosa; tomó a la niña en el brazo y, envueltas las dos en un gran resplandor, emprendieron el vuelo hacia las alturas, sin que la pequeña sintiera ya frío, hambre ni miedo. Así llegaron hasta Dios.
Pero a la mañana siguiente, la pequeña niña aún estaba sentada en un rincón, con las mejillas rosadas y una dulce sonrisa en los labios... Estaba muerta, congelada por el frío de la Noche Vieja y fría mañana del Nuevo Año iluminaba su delicado cuerpo cuando la encontraron con todas sus cerillas consumidas en la mano. La gente dedujo que la niña había tratado de calentarse con ellas.
Pero nadie supo las maravillas que había visto, ni cómo su anciana abuelita la había conducido hacia la Gloria en la Noche Vieja.