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A partir 8 años.
Un rey apremia a sus tres hijos para que se casen ya que desea un nieto. Ellos lanzan sus flechas y cada uno sigue el camino marcado por la flecha que lanzó. La del príncipe Iván, el más pequeño de los tres hermanos, fue a caer a los pies de una rana que vive en un pantano.
Cuento popular ruso recopilado por Afanasiev.
Ficha de audio y vídeo:
Narradora: Mª C. de las Casas.
Rey: José M. Argon.
Iván: Pablo Domínguez.
Rana/Vasilisa: Mª José Blaya.
Hermano M.: Paco Vila.
Viejo: Javier Merchante.
Sollo: Adolfo Zarandieta.
Yagá: Pepa Carrasco.
Ilustraciones: Iván Bilibin.
Música: Muffat.









La princesa rana.
(Afanasiev. Adaptado)
Narrador: Érase una vez cierto reino en el que vivía un zar que tenía tres hijos. Cuando se hicieron mayores, el zar los reunió y les dijo:
Rey: Mis queridos hijos, quisiera casaros antes de hacerme viejo, deseo tener nietos y entretenerme con ellos. Tomad cada uno una flecha, salid al campo y disparadla. Allí donde caiga vuestra flecha, allí tendréis que buscar esposa.
Narrador: Las flechas de los dos hermanos mayores mayores fueron recogidas por las hijas de un noble y un rico mercader. La flecha del hermano menor, el príncipe Iván, llegó a un pantano. Había allí una rana, que saltaba de piedra en piedra y sostenía la flecha entre sus patas.
Iván: Rana, ranita, dame mi flecha.
Rana: Cásate conmigo.
Iván: ¿Qué dices? ¿Acaso puedo yo casarme con una rana?
Rana: Cásate conmigo, esa es tu suerte.
Narrador: Hubo tres bodas en el palacio del zar: la del hijo mayor con la hija de un noble, la del mediano con la hija del mercader y la de Iván con la rana. Un buen día, el zar hizo llamar a sus hijos y les dijo:
Rey: Quisiera saber cuál de vuestras mujeres tiene mejores manos para la
costura. Decidles que, para mañana, deben hacerme una camisa cada una.
Narrador: Cuando la rana supo los deseos del rey, por la noche, se desprendió de su piel, se convirtió en Vasilisa la Sabia, batió las palmas y dijo:
Vasilisa: ¡Madrecitas, ayas mías, acudid sin dilación! Haced, para mañana por la mañana, una camisa como la de mi padre.
Narrador: A la mañana siguiente los hermanos llevaron a su padre las tres camisas. El rey al ver la que le mostraba el príncipe Iván dijo:
Rey: ¡Oh, verdaderamente, ésta es la más hermosa! ¡Digna de ser lucida en una fiesta! Veamos cuál de vuestras mujeres es la mejor haciendo pan. Que cada una me cueza para mañana un pan blanco y tierno.
Narrador: A la mañana siguiente, el príncipe Iván se presentó con un pan
dorado, relleno de pasas y decorado con torres y palacios, mientras que los otros dos hermanos llevaron un pan quemado y negro como un tizón.
Rey: ¡Oh, este pan es para ser comido en los días de fiesta! Esta tarde quiero que acudáis con vuestras esposas a una fiesta que voy a celebrar.
Narrador: Iván regresó a sus aposentos con el corazón apesadumbrado.
Rana: Croac-croac, Iván Zarévich ¿Qué pena te acongoja? ¿Es que tu padre no ha sido cariñoso contigo?
Iván: Tengo una buena razón para atormentarme. Ha ordenado mi padre que vaya contigo a su fiesta. Dime, ¿puedo, acaso, mostrarte delante de la gente?
Rana: No te apenes Iván, ve solo a la fiesta, yo iré después y me reuniré allí contigo. Cuando oigas ruidos y truenos diles a los invitados: Es mi renacuajo que llega en su carruaje.
Narrador: Ya en la fiesta los hermanos, acompañados por sus engalanadas esposas, se burlaban de él.
H. mayor: ¿Por qué has venido sin tu mujer? Podrías haberla traído envuelta en el pañuelo. ¿Dónde has encontrado a esa beldad? ¡Seguro que tuviste que hurgar en fangosos pantanos y apestosos ríos para dar con ella!
Iván: No teman, queridos invitados, sólo es mi renacuajo que llega en su carruaje.
Narrador: Ante la puerta del palacio se detuvo una carroza de oro tirada por seis caballos blancos, y de ella descendió Vasilisa la Sabia vistiendo un traje azul cuajado de estrellas.
Después del baile, Vasilisa, sacudió la manga izquierda, y ante ella apareció un lago; sacudió la derecha, y por la superficie del lago se deslizaron unos cisnes de plumaje blanco como la nieve. El zar y sus invitados no cabían en sí del asombro.
Mientras tanto, Iván salió sin ser visto, corrió a sus aposentos, encontró la piel de la rana y la arrojó al fuego.
Cuando Vasilisa la Sabia vio que la piel había desaparecido, reprochó a su esposo con tristeza:
Vasilisa: ¡Ay, Iván! ¿Qué has hecho? Si hubieras esperado tres días más, habría sido tuya para siempre. Ahora tendremos que separarnos. Búscame más allá de los veintinueve países, en el trigésimo reino, en los dominios de Koschéi el Inmortal, esqueleto sin carne, cuerpo sin alma.
Narrador: Vasilisa la Sabia se transformó en un cuclillo gris y salió volando por la ventana. Iván se despidió de su tierra y salió en busca de su mujer.
Nadie supo cuánto anduvo, pero sus botas quedaron sin suelas y sus ropas se hicieron jirones. Un buen día se encontró con un viejo en mitad de un camino.
Viejo: ¡Buenos días joven! ¿A dónde vas, qué camino llevas?
Narrador: Iván le contó sus penas y el anciano le dijo:
Viejo: ¡Ay, Iván! ¿Por qué quemaste la piel de la rana? No se la habías
puesto tú, y no eras tú quien debía quitársela. Vasilisa la Sabia nació más lista, más inteligente que su padre. Enfadado por eso, él le ordenó que viviera tres años transformada en rana. En fin, quiero ayudarte. Toma este ovillo de hilo, déjalo rodar y síguelo adonde quiera que te lleve.
Narrador: Iván echó a andar en pos del ovillo y por el camino perdonó la vida a un oso, un ánade, una liebre a los que no mató con sus flechas.
Siguiendo el ovillo, llegó a la orilla del mar. Un sollo agonizaba boqueando sobre la arena.
Sollo: ¡Ay, Iván, compadécete de mí, échame al mar azul! ¡No me dejes morir y algún día te prestaré un buen servicio!
Narrador: Echó el sollo al mar y pasado cierto tiempo el ovillo llegó a un bosque. Había allí una casa. Iván entró y vio durmiendo a la bruja Yagá Pata de Palo, los dientes sobre un estante y la nariz clavada en el techo.
Yagá: ¿Qué vienes a hacer aquí? ¿Qué vientos te traen? ¿Vas en busca del destino o huyes de él sin tino?
Iván: ¿Es forma ésta de acoger a un forastero? Primero hay que ofrecerle un baño, darle de comer hasta saciar su hambre y darle de beber hasta apagar su sed. Luego, cuando haya descansado, se le puede interrogar, antes no.
Narrador: Ya satisfecho, Iván le contó a la bruja Yagá que iba en busca de su mujer, Vasilisa la Sabia.
Yagá: Ya estaba enterada. Tu mujer vive ahora en el palacio de Koschéi el Inmortal. Difícil te va a ser quitársela, vencer a Koschéi no es coser y cantar.
La muerte de Koschéi se encuentra en la punta de una aguja, la aguja está encerrada en un huevo, el huevo en el interior de un pato, el pato vive dentro de una liebre, la liebre está encerrada en un cofre de piedra, y el cofre se halla en la copa de un alto roble del que cuida Koschéi como de las niñas de sus ojos.
Narrador: A la mañana siguiente reanudó el camino. Mucho anduvo pero por fin vio un alto roble en cuya copa descansaba el cofre de piedra.
De pronto apareció un oso que arrancó de cuajo el roble. El cofre cayó y se hizo añicos. Salió de él una liebre que echó a correr pero otra liebre le dio alcance. De la liebre muerta salió un pato que voló alto en el cielo. Pero un ánade se precipitó sobre él y le dio un terrible aletazo. El pato dejó caer un huevo, y el huevo se hundió en las profundidades del mar. ¿Cómo iba a encontrar el huevo en el fondo del mar? Pero, de pronto, un sollo nadó hacia la orilla, llevando en la boca el huevo. Iván cogió el huevo y con él fue en busca de Koschéi.
Al ver el huevo, Koschéi se echó a temblar. Entonces Iván cascó el huevo, sacó de dentro la aguja y le rompió la punta. Y éste fue el fin de Koschéi el Inmortal, esqueleto sin carne, cuerpo sin alma.
Vasilisa la Sabia salió corriendo al encuentro de su esposo y le besó en los labios.
Regresaron Iván y Vasilisa a su hogar, y en él vivieron felices y contentos hasta el fin de los tiempos.