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A partir de 6 años.
En las voces de los alumnos de la maestra Pepa de 5º B del CEIP San Sebastián de la Puebla del Río, este breve cuento de Hans Christian Andersen donde podremos saber el auténtico e infable método para saber si una persona es una verdadera y auténtica princesa.
Ficha de audio y vídeo:
Narradores: Mª Eugenia Carmona, Pepe Franco, Carlos Romero, Pablo Ufano y Juan Carlos Pineda.
Princesa: Lucía Vélez.
Ilustraciones: Alumnos 5ª B,CEIP San Sebastián.

Músicas: Le Collectif de la Crecelle (Jamendo).








LA PRINCESA Y EL GUISANTE
(Hans Christian Andersen, adaptado)

Hace muchísimo tiempo, había un príncipe que buscaba esposa. Tenía menudo problema el joven, pues deseaba casarse con una princesa auténtica. Recorrió el mundo entero y conoció a muchas princesas, pero todas ellas tenían algún aspecto sospechoso que le impedía saber si eran verdaderas. Por tanto, se dio por vencido y retornó a su reino.
Cierta noche en que una tormenta terrible arreciaba, sintieron que alguien golpeaba en el castillo. Cuando el sirviente regresó, lo acompañaba una joven empapada que aseguraba ser una princesa.
La reina no creyó en su palabra y dispuso una prueba. Ordenó al ama de llaves que preparara el lecho para la princesa y le dio instrucciones de cómo hacerlo.
El ama obedeció a la reina y colocó un guisante sobre la cama y sobre éste, colocó veinte colchones y sobre ellos veinte edredones. Así estuvo listo el lecho para la princesa.
La princesa pasó la noche en la recámara que le asignaron y a la mañana siguiente, cuando se levantó y bajó a desayunar, los reyes le preguntaron cómo había pasado la noche, a lo que respondió:
-No pude pegar un ojo. Había algo duro en la cama y tengo el cuerpo lleno de magulladuras.
Al oír esto, los reyes supieron que estaban delante de una verdadera princesa, pues solamente una, podría sentir el guisante debajo de tantos colchones.
Esta noticia puso feliz al príncipe, quien le propuso matrimonio de inmediato. La princesa aceptó y se casaron.
El guisante fue llevado al museo, donde todavía se exhibe, a menos que alguien lo haya comido.
Esta es una historia verdadera.