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A partir 6 años.
La reina de las abejas es el cuento 62 de los recopilados por los hermanos Grimm, del tipo de los animales agradecidos.
Los dos hijos mayores de un rey parten en busca de aventuras. Avergonzados por sus hechos no se atreven a regresar. El más joven, llamado Bobalicón, sale a buscarlos. Los encuentra y se burlan de él. A partir de ahí, los acontecimientos se precipitan por los senderos de los cuentos de hadas: hormigas, patos, abejas, castillo encantado, princesas dormidas, pruebas imposibles de realizar...

Ficha de audio:
Narrador: Javier Merchante.
Músicas: Akashic Records y Esther García (Jamendo).




La reina de las abejas.
(Hermanos Grimm).

Narrador: Un rey tenía dos hijos, que salieron un día en busca de aventuras, pero llevaron una vida tan turbulenta y desordenada que no volvieron a casa.
El más joven, que se llamaba Bobalicón, se puso en camino para buscara sus hermanos. Al fin los encontró, pero se burlaron de él diciendo que cómo quería, siendo tan tonto, abrirse paso en el mundo, ya que ellos
tampoco lo habían logrado siendo mucho más listos. Partieron los tres juntos y llegaron a un hormiguero. Los dos mayores querían escarbarlo y ver cómo se arrastraban llenas de miedo las pequeñas hormigas, pero Bobalicón dijo:
Bobalicón: Dejad a los animales en paz, no me gusta que los molestéis.
Narrador: Siguieron andando y llegaron a un lago en el que nadaban muchos, muchos patos. Los dos hermanos quisieron coger unos cuantos y asarlos, pero Bobalicón no lo permitió y dijo:
Bobalicón: Dejad a los animales en paz, no me gusta que los matéis.
Narrador: Finalmente llegaron a una colmena, en la que había tanta miel que ésta fluía por el tronco. Los dos quisieron prender fuego bajo el árbol y ahogar a las abejas para poder coger la miel. Bobalicón los retuvo de nuevo y dijo:
Bobalicón: Dejad a los animales en paz, no me gusta que los queméis.
Narrador: Por fin llegaron a un palacio, donde en los establos no había más que caballos de piedra y no se veía a ningún ser viviente. Recorrieron todos los salones hasta que al final llegaron ante una puerta en la que había tres cerraduras. Sin embargo, en medio de la puerta había una mirilla por la que se podía mirar al interior de la habitación. Vieron entonces a un hombrecillo gris sentado ante una mesa. Lo llamaron una y otra vez, pero no oía, hasta que finalmente a la tercera se levantó, abrió las cerraduras y salió. No pronunció no que los llevó a una mesa repleta de manjares. Cuando terminaron de comer y beber, llevó a cada uno a su dormitorio. A la mañana siguiente, el hombrecillo fue a la habitación del mayor, le hizo señas para que lo siguiera y lo condujo ante una pizarra de piedra en la que estaban escritas las tres pruebas que, sí las superaba, harían que el castillo se desencantara.
La primera consistía en lo siguiente: en el bosque, debajo del musgo, se encontraban las mil perlas de la hija del rey; había que buscarlas y, si antes de la puesta de sol faltaba una sola, el que las buscaba se vería convertido en piedra.
El mayor se dirigió allí y buscó durante todo el día, pero cuando el día tocaba a su fin, no había encontrado más que cien. Y pasó lo que estaba escrito en la pizarra, que se convirtió en piedra.
Al día siguiente emprendió el segundo hermano la aventura. No le fue mejor que al mayor: no encontró más que doscientas perlas y se convirtió en piedra. Finalmente le tocó el turno a Bobalicón; buscó en el musgo, ¡pero era tan difícil encontrarlas y se iba con tanta lentitud! Se sentó en una piedra y se puso a llorar. Mientras estaba allí sentado, llegó el rey de las hormigas, al que le había salva do la vida, con cinco mil hormigas.
Poco tiempo después los animalillos habían reunido todas las perlas en un montón.
La segunda prueba consistía en sacar del mar la llave del dormitorio de la princesa. Cuando Bobalicón llegó al mar, aparecieron nadando los patos que él había salvado. Se sumergieron y sacaron la llave del fondo.
La tercera prueba era la más difícil: entre las tres hijas del rey que estaban dormidas había que elegir a la más joven y más amable. Pero eran tan iguales como gotas de agua y sólo se diferenciaban en que, antes de dormirse, habían tomado distintos dulces: la mayor un terrón de azúcar, la segunda un poco de jarabe y la tercer a una cucharada de miel. Entonces llegó la reina de las abejas, a la que Bobalicón había protegido del fuego. Probó los labios de las tres princesas, y se quedó en los labios de la que había comido miel: así reconoció el hijo del rey a la más joven y más amable. El encantamiento había desaparecido, todos se vieron libres del sueño y todos los convertidos en piedra recuperaron su figura humana. Bobalicón se casó con la más joven y amable, y fue rey después de la muerte de su padre. Sus dos hermanos tomaron como esposas a las otras dos hermanas.