Las aguas del olvido.

Las aguas del olvido_entrada.png


Álvaro Márquez -hombre enamorado de la etimología de las palabras- ha invitado a un reconocido escritor a pasar el fin de semana en su casa a orillas del río Guadalete. Mientras ellos se ocupan de sus intereses literarios, Ivonne, pareja de Álvaro, se distrae con Charlie, joven, atractivo y amante... del deporte.
Adaptación del relato de Antonio Muñoz Molina.

Reparto:
Escritor: Rafa Torres.
Álvaro: Javier Merchante.
Ivonne: Maite Benítez.
Charlie: Ismael Roldán.

Músicas: Ehma (Jamendo).
Imagen: José y Agustín García Lázaro.

http://www.entornoajerez.com/2009/08/rio-guadalete.html





Las aguas del olvido.

(Adaptación del relato de Antonio Muñoz Molina)

Escritor: Nadie cruzaba el río, aunque estaba muy cerca la otra orilla.Todo era igual a ambos lados, las mismas dunas y yerbazales tendidos por el viento del mar, el mismo brillo salino en las crestas de arena. El perro, Saúl, cruzó el río por la mañana, persiguiendo algo que Márquez había arrojado a la otra orilla y cuando emergió al otro lado pareció que se hubiera extraviado. Deambuló por la orilla y estuvo ladrando un rato sin atender al silbido ni a las voces de Márquez. A media tarde me di cuenta de que aún no había regresado. Esta mañana, mientras tomábamos el aperitivo, Márquez me dijo el nombre del río, Guadalete, y apeló a un par de diccionarios geográficos para explicarme su etimología. Siento no haberlo escuchado entonces; supongo que si lo hubiera hecho no habría sabido evitar nada.

Márquez: Guadalete: Palabra compuesta de una doble raíz árabe y griega...

Escritor: En ese instante yo miraba los muslos de Ivonne y los terminantes vaivenes con que Charlie Gómez movía la raqueta, abajo, en la pista de tenis. De cuando en cuando dejaban de jugar y conversaban separados por la red, reteniéndose fugazmente las manos mientras se cedían la pelota blanca.

Ivoone: Charlie, Charlie tienes un saque muy poderoso..., así no puedo devolvolverte ninguna. Anda, toma, saca.

Escritor: Charlie Gómez tenía el aspecto de esos galanes que anuncian en televisión colonias masculinas. Alto, inmutablemente bronceado, parecía menos adicto a Ivonne que a los deportes y a los automóviles. Durante el desayuno pensé que podía sin remordimiento considerarlo un imbécil. ¿Puede no serlo quien permite que le llamen Charlie Gómez? Viendo a Ivonne comer con los labios tan pintados un trozo de pastel y chuparse los dedos untados en azúcar, comprendí que era detestable y que Márquez la amaba más allá de la razón y del ridículo, incluso del evidente escarnio.

Ivonne: Escribir un libro ¿no será como dar a luz?
Márquez: A eso él no puede contestarte, Ivonne.
Escritor: Dijo suavemente Márquez. La miraba siempre como vigilando la posibilidad de un desastre que él debiera atajar.
Ivonne: Muchas veces yo he pensado en escribir mi vida.
Charlie: A mí me faltaría paciencia para estar sentado tanto tiempo sin hacer nada. Yo soy un hombre de acción. Si yo escribiera, lo contaría todo en una página y terminaría en seguida, porque no me gusta adornar las cosas: yo siempre voy al grano.
Escritor : Yo también.


Escritor: Dije tímidamente, pero ni Charlie Gómez ni Ivonne me oyeron... Me arrepentí secretamente de haber aceptado la invitación de Márquez y empecé a imaginar un pretexto para marcharme cuanto antes de la casa. Era sábado por la mañana; hasta la noche del domingo no podría volver a la ciudad. Pero lo más grave era que Charlie Gómez se había ofrecido a llevarme en su coche. La cocinera, una mujer gorda y callada, empezó a retirar la mesa antes de que nosotros nos levantáramos. Ivonne le dijo que se volviera a su cocina con un gesto irritado.

Ivonne: No sabe comportarse. Se pone nerviosa cuando hay invitados.
Márquez: Debiste esperar al lunes para despedir a la doncella. Y no hables tan alto. Te ha oído.
Ivonne: Que me oiga. Es igual que la otra. ¿Sabe usted por qué la despedí ayer tarde? Empezó a olvidársele todo, estaría drogada, yo qué sé. Le pedí que preparara un lunch y se puso a fregar platos que no estaban sucios. Como usted y Charlie Gómez iban a venir, le dije que arreglara las habitaciones de invitados. ¿Sabe lo que hizo? Sentarse a tomar el sol en la pista de tenis... Pero yo sé por qué no tenía la cabeza en su sitio. Por la mañana se había escapado para reunirse con un hombre. En las dunas, en la otra orilla del río. Volvió nadando cuando nosotros todavía no nos habíamos levantado. Pero yo la vi. Yo vi que puso a secar su bañador en la ventana de su cuarto...
Charlie: Como que el servicio es hoy día un problema indisoluble.
Márquez: Insoluble.
Ivonne: ¿Usted juega al tenis? Es un aburrimiento jugar con Charlie y perder siempre.
Escritor: A mí me ganaría. No he jugado nunca.
Ivonne: No hacía falta que me lo dijera. Es usted como mi Álvaro. Sólo la tiene por los libros. Claro que usted al menos los escribe...

Escritor: Charlie Gómez y ella salieron del comedor hacia la piscina y la pista de tenis, vestidos de blanco, con pantalones cortos, moviéndose con una premeditada agilidad, como si nos ofrecieran a Márquez y a mí un ejemplo de los alegres beneficios del adulterio y del deporte.


Márquez: Venga conmigo a la biblioteca. Me firmará sus libros y le enseñaré mis diccionarios.

Escritor: El perro Saúl entró en el comedor. Márquez le acarició la cabeza y el lomo con la mano derecha. En la otra sostenía un trozo de madera. El perro se alzaba sobre la patas posteriores y lo husmeaba con desasosiego. No subimos todavía a la biblioteca. Cruzamos la parte baja de la casa y salimos a la pista de tenis, frente al río. Charlie Gómez e Ivonne reían a carcajadas, muy juntos, cada uno a un lado de la red.

Márquez: ¡Saúl, ve a por él!

Escritor: El trozo de madera cruzó el aire sobre las aguas del río y fue a caer entre las dunas. Saúl se arrojó al agua y empezó a nadar hacia la orilla. Cuando lo vimos desaparecer, Márquez volvió a decirme que subiéramos a la biblioteca. Procuré escribirle dedicatorias distintas en cada uno de mis libros. En el aire quieto de la mañana de verano oía los secos golpes de la pelota y las carcajadas de Ivonne y de Charlie.


Márquez: Me gusta leer diccionarios y averiguar etimologías. No lo tome a mal, pero no conozco ninguna novela que me apasione más que la lectura de un diccionario.
Escritor: No se preocupe. A mí hay veces que me pasa lo mismo.
Márquez: Orden y armonía. ¿No es lo que ustedes buscan en las palabras y en las cosas? Donde otros, los que no escribimos, sólo vemos el azar, ustedes encuentran los cabos sueltos de una historia. Pero el orden más inflexible es el de los diccionarios, y el misterio más cercano y difícil es el de la etimología de cada palabra. Le pongo un ejemplo. Usted ve a ese tipo que ahora está con mi mujer haciendo como que juega al tenis y es fácil que le asigne un calificativo...
Escritor: Desde luego. Es un imbécil.
Márquez: ... un tipo jovial. Jovial. Una palabra cualquiera, sin misterio. ¿Sabe lo que de verdad significa y por qué nuestro amigo no la merece? Jovial es el poseído por Jove, por Júpiter, por un dios... Manejamos las palabras sin darnos cuenta de que bajo su forma gastada por el uso hay una moneda de oro. Mire ese río de ahí abajo. ¿No se ha preguntado nunca por qué le llaman Guadalete?

Escritor: Luego, desde la ventana del comedor, vi que Ivonne y Charlie Gómez se abrazaban con ademanes convulsivos tras un árbol.
Los martinis y la comida me sumieron en un pesado letargo. Márquez, advirtiendo el sueño y la fatiga en mis ojos, me sugirió que subiera a dormir una siesta. Creí correcto resistirme un poco y en seguida accedí. Desde mi habitación en penumbra pude oír cómo Ivonne propuso una excursión:

Charlie: Iré contigo a la playa.
Márquez: Tengo una idea mejor. Juguemos usted y yo un partido de tenis, Charlie.

Escritor: Me desperté casi de noche. Cuando caminaba hacia la biblioteca en busca de Márquez noté un opresivo silencio de casa abandonada. Sentado ante la mesa, donde todavía estaba abierto un diccionario, miré la pista vacía y las dunas, la corriente del río. Guadalete, leí; esa palabra estaba subrayada. Iba a seguir leyendo cuando vi a Ivonne parada frente a mi.

Ivonne: Se ha ido. Sin decir adiós, sin explicarme nada, sin mirarme. Terminó de jugar con Álvaro y ya no era el mismo.
Escritor: ¿Discutieron?
Ivonne: Nada. Yo los miraba jugar. No sé por qué se empeñó Álvaro, si no sabe ni coger la raqueta. Fue a sacar y tiró la pelota al otro lado del río. Una pelota carísima. Charlie se irritó...
Escritor: ¿Cruzó él para buscarla?
Ivonne: Se tiró al agua y cruzó el río en un momento. Cuando volvió pasó a mi lado sin mirarme. Usted es hombre y escritor. ¿Puede explicarme qué he hecho para que Charlie me abandone así? Mi marido no sospechaba...
Escritor: No sospechaba... Mire la palabra que hay subrayada en este diccionario.
Ivonne: Guadalete...
Escritor: Sabía. Hasta yo lo supe, y no hace ni un día que estoy aquí.
Ivonne: ¿Cree que él amenazó a Charlie?
Escritor: No era necesario. Su marido descubrió el modo de que Charlie se olvidara para siempre de usted. Bastaba con hacer que cruzara ese río. ¿Se acuerda de la criada que usted despidió ayer? Cruzó el río y cuando volvió no recordaba nada. Usted misma nos dijo que le ordenó arreglar las habitaciones de invitados y que ella se fue a tomar el sol, que se puso a fregar platos que ya estaban limpios... Y ese perro, Saúl, acuérdese, su marido le hizo cruzar el río y ya no ha vuelto. El río se llama Guadalete. Es una palabra árabe que viene del griego. Los antiguos le llamaban Leteo, el río del olvido, porque era la frontera entre el reino de los vivos y el de los muertos. Quien lo cruza pierde la memoria.

Escritor: Cerré de un golpe el pesado diccionario. Ivonne no comprendía o no aceptaba. Dio un paso hacia mí y me abrazó. Para eludir su mirada, que buscaba mi boca, miré de nuevo hacia la ventana. Un hombre cruzaba la pista de tenis. Casi en la oscuridad reconocí a Márquez. Lo vi detenerse en la orilla del río, quitarse las zapatillas y dejarlas cuidadosamente en el suelo, junto a la toalla. Luego entró muy despacio en el agua, adelantando los brazos, las manos juntas y extendidas. Antes de dar la primera brazada se volvió hacia la ventana desde donde yo estaba mirando e hizo un gesto con la mano, como diciendo adiós.