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A partir de 8 años.Un hijo decide abandonar el hogar porque no quiere ser una carga para su padre. Decide enrolarse en el ejército para ganarse el sustento y aquella aventura cambiará suerte.Las tres hojas de la serpiente, cuento maravilloso de los hermanos J. y W. Grimm.
Ficha de audio:Texto: J. y W. Grimm.Narradora/Princesa: Mª José Blaya.Hijo: Paco Vila.Rey: Adolfo Zarandieta.Músicas: Carlos Estella y Philip Glass (Concierto fantasía para dos timbaleros y orquesta. Orquesta de Valencia).Ilustraciones: Bocetos alemanes publicados en Internet.











Las tres hojas de la serpiente.
(Hermanos Grimm)
Narrador: Vivía una vez un hombre tan pobre, que pasaba apuros para alimentar a su único hijo. Díjole entonces éste:
Hijo: Padre mío, estáis muy necesitado, y soy una carga para vos. Mejor será que me marche a buscar el modo de ganarme el pan.
Narrador: El padre le dio su bendición y se despidió con honda tristeza.
El joven se alistó en el ejército y partió para la guerra.
Hijo: ¡No vamos a permitir que se hunda nuestra patria!
Narrador: Fue tal su arrojo y valentía en el campo de batalla que el rey, al saber que sólo gracias a él se debió la derrota del enemigo, lo recompensó nombrándolo el primero del reino.
Tenía el monarca una hija hermosísima, pero muy caprichosa. Había hecho voto de no aceptar a nadie por marido, que no prometiese antes que, en caso de morir ella, se haría enterrar vivo en su misma sepultura:
Princesa: Si de verdad me ama, ¿para qué querrá seguir viviendo?.
Narrador: Por su parte, ella se comprometía a hacer lo mismo si moría antes el marido. Tal condición había ahuyentado a todos los pretendientes; pero su hermosura impresionó en tal grado al joven, que, sin pensarlo un instante, la pidió a su padre, el rey.
Rey: ¿Sabes la promesa que has de hacer?
Hijo: Que debo bajar con ella a la tumba, si muere antes que yo. Tan grande es mi amor, que no me arredra este peligro.
Narrador: Consintió entonces el Rey, y se celebró la boda. Vivieron una temporada felices y contentos, hasta que, un día, la joven princesa contrajo una grave enfermedad, a la que ningún médico supo hallar remedio. Cuando hubo muerto, su esposo recordó la promesa que había hecho. Le horrorizaba la
idea de ser sepultado en vida; pero no había escapatoria posible. El Rey había mandado colocar centinelas en todas las puertas, y era inútil pensar en la huida. Llegado el día en que el cuerpo de la princesa debía ser bajado a la cripta real, el príncipe fue conducido a ella, y tras él se cerró la puerta de piedra.
Junto al féretro había una mesa, y con ella cuatro velas, cuatro hogazas de pan y cuatro botellas de vino. Cuando hubiera consumido aquellas vituallas, habría de morir de hambre y sed.
Una vez que tenía la mirada fija en la pared, vio salir de uno de los rincones de la cripta una serpiente, que se deslizaba en dirección al cadáver. Pensando que venía para devorarlo, sacó la espada y exclamó:
Hijo: ¡Mientras yo esté vivo, no la tocarás!
Narrador: Y la partió en tres pedazos. Al cabo de un rato salió del mismo rincón otra serpiente, que enseguida retrocedió, al ver a su compañera muerta y despedazada. Pero regresó a los pocos momentos, llevando en la boca tres hojas verdes. Cogió entonces los tres segmentos de la serpiente muerta y, encajándolos debidamente, aplicó a cada herida una de las hojas. Inmediatamente quedaron soldados los trozos; el animal comenzó a agitarse, recobrada la vida, y se retiró junto con su compañera. Las hojas quedaron en el suelo, y al príncipe se le ocurrió que quizás las milagrosas hojas tendrían también efecto sobre las personas. Las recogió y aplicó una en la boca de la difunta, y las dos restantes, en sus ojos. Y he aquí que apenas lo hubo hecho, la sangre empezó a circular y restituyó al lívido rostro su color sonrosado. Respiró la muerta y, abriendo los ojos, dijo:
Princesa: ¡Dios mío!, ¿dónde estoy?
Hijo: Estás conmigo, esposa querida.
Narrador: Luego se dirigieron a la puerta, donde ambos se pusieron a golpear y gritar tan fuertemente, que los guardias los oyeron y corrieron a informar al Rey. Éste bajó personalmente a la cripta y se encontró con la pareja sana y llena de vida. Todos se alegraron sobremanera ante la inesperada solución del triste caso. El joven príncipe se guardó las tres hojas de la serpiente y las entregó a su criado, diciéndole:
Hijo: Guárdamelas con el mayor cuidado y llévalas siempre contigo. ¡Quién sabe si algún día podemos necesitarlas!
Narrador: Sin embargo, se produjo un cambio en la resucitada esposa. Parecía como si su corazón no sintiera ya afecto alguno por su marido. Transcurrido algún tiempo, quiso él emprender un viaje por mar para ir a ver a su viejo padre, y los dos esposos embarcaron. Ya en la nave, comenzó a sentir inclinación hacia el piloto que los conducía. Y un día, en que el joven príncipe se hallaba durmiendo, llamó al piloto y, cogiendo ella a su marido por la cabeza y el otro por los pies, lo arrojaron al mar. Cometido el crimen, dijo la princesa al marino:
Princesa: Regresemos ahora a casa; diremos que murió en ruta. Yo te alabaré ante mi padre en términos tales, que me casará contigo y te hará heredero del reino.
Narrador: Pero el fiel criado, que había asistido a la escena, bajó al agua un botecito sin ser advertido de nadie, sacó del agua el cuerpo del ahogado, y, con ayuda de las tres hojas milagrosas que llevaba consigo lo restituyó felizmente a la vida.
Los dos remaron con todas sus fuerzas y llegaron a presencia del Rey antes que la gran nave. Éste, al conocer la perversidad de su hija, dijo:
Rey: No puedo creer que haya obrado tan criminalmente; mas pronto la verdad saldrá a la luz del día.
Narrador: Poco después llegó el barco, y la princesa se presentó ante su padre con semblante de tristeza.
Rey: ¿Por qué regresas sola? ¿Dónde está tu marido?
Princesa: ¡Ay, padre querido! Ha ocurrido una gran desgracia. Durante el viaje mi esposo enfermó súbitamente y murió y, de no haber sido por la ayuda que me prestó el patrón de la nave, yo también lo habría pasado muy mal. Estuvo presente en el acto de su muerte, y puede contároslo todo.
Rey: Voy a resucitar al difunto.
Narrador: Y, abriendo el aposento, mandó salir a los dos hombres. Al ver la mujer a su marido, quedó como herida de un rayo y, cayendo de rodillas, imploró perdón. Pero el Rey dijo:
Rey: No hay perdón. Él se mostró dispuesto a morir contigo y te restituyó la vida; en cambio, tú le asesinaste mientras dormía, y ahora recibirás el pago que merece tu acción.
Narrador: Fue embarcada junto con su cómplice en un navío perforado y llevada a alta mar, donde muy pronto los dos fueron tragados por las olas.