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Mediante el acuerdo Hispano-Francés de 1.912 se establece el protectorado español sobre el territorio norte de Marruecos. Esta situación perdura hasta el 7 de Abril de 1.956 fecha en la que la dictadura de Franco reconoce la independencia de Marruecos. Finalizaban los protectorados ejercidos por Francia y España, respectivamente, sobre Marruecos. La zona sur no pasó a soberanía marroquí hasta 1.958, en tanto que Ifni, que se había convertido en provincia española ese mismo año, hizo lo propio once años más tarde, siguiendo las resoluciones de Naciones Unidas.
En este contexto histórico transcurren los hechos que se relatan en este cuento adaptado del autor Adolfo Vargas. Sobre este telón de fondo emergen soldados, mandos, una bella mujer y el Larache C.F., equipo que acabaría jugando en la tercera categoría nacional durante ocho temporadas hasta su desaparición en 1.956.

Ficha del audio.
Reparto:
Narrador: Alberto Hidalgo Bonilla.
Comandante: Joaquín Foncueva.
Teniente: Javier Merchante.
Coronel: Paco Piñero.
Música:Zero Project (Jamendo).
Duración: 10:00


Los coroneles no juegan a la pelota by jmerchante



Los coroneles no juegan a la pelota.
(Adaptación del relato de Adolfo Vargas.)

Comandante: Teniente, en este desgraciado asunto sólo hay dos aspectos que realmente debemos tener en cuenta. Es primero es la consideración de que el honor del Ejército de Tierra está absolutamente por encima de todo: de mí, de usted y de ese endemoniado coronel medio loco. El segundo es que, dadas las especiale cirscunstancias del caso, este asunto ha de llevarse con la más absoluta discreción.
Teniente: Me hago cargo, mi comandante; en lo que a mi respecta guardaré el más absoluto silencio.
Comandante: Ahora, deme su versión de los hechos, empezando por el principio y sin ahorrarse ningún detalle. No tema, no tengo prisa y evite saltarse, si las hibiere, las partes escabrosas.

Narrador: Empezar por el principio, decía aquel comandante togado, como si aquello fuera tan fácil. Hacía tres días estaba en el fin del mundo, en un pueblo perdido del Protectorado de Marruecos, a merced de los insurrectos del Rif y ahora estaba aquí, sentado en el salón de uno de los hoteles más elegantes de Madrid. Así que decidió empezar por aquella mañana en que el coronel le llamó a su despacho del Regimiento Bailén nº 34 destinado en Larache.

Teniente: Nada más incorparme a mi destino en Marruecos, mi comandante, el coronel me ordenó abandonar el mando de la Sexta Compañía para que pasara a dirigir el equipo del pueblo: el Larache F.C. Un equipo que la temporada 1953-1954 había quedado campeón de su grupo de Tercera División. Con nuevos jugadores de reemplazo, de los regulares y de la Legión e incluso con algunos moros, renové la plantilla. Bien sabe, mi comandante, dada la situación del Protectorado, la necesidad de elevar la moral de la tropa y de los civiles, debilitada últimamente por los rumores de que Madrid ya estaba negociando con el Sultán la independencia de Marruecos. La importancia estratégica de la presencia...
Comandante: Teniente García de la Bastida, no he debido explicarme con sufienciente claridad. Debe usted elegir: o me cuenta lo que he venido a escuchar, en esta amigable charla de este elegante hotel, o se viene conmigo al estado Mayor y ya veremos cuándo terminamos con usted.
Teniente: Mi comandante, por todo el cuartel corrían habladurías sobre doña Paquita, la joven mujer del coronel, y aquel vasco, que realizaba misiones de asistente en su casa. Con más miedo que vergüenza, intenté convencer al coronel de que se retractará de aquella orden que me había dado de alinear a aquel vasco de extremo izquierdo. Yo confiaba plenamente para ese puesto en Mustafá, un chico moro que poseía un regate de fábula y una zurda de oro, pero el coronel no sólo no atendió mi petición, sino que incluso llegó a arrestarme y tuve que pasar una noche en el cuarto de banderas por reiterar mi solicitud.
Conforme se acercaba la fecha señalada para el partido en Madrid no se hablaba de otra cosa en todo el Protectorado, mi comandante. ¡El modesto equipo del Larache se enfrentaba a uno de los equipos históricos de España!
Pero mientras Mustafá aceptó con resignación su pase a la suplencia, el vasco se exhibía con una insolencia inaudita y tenía roces con el resto de los jugadores, por lo que tuve que adoptar alguna medidas disciplinarias. Pero el mayor escándalo se produjo cuando doña Paquita decidió, con algunas de sus amigas, ir al campo de fútbol a contemplar los entrenamientos. Ese día los comentarios y chistes llegaron al límite.
Para mí fue un alivio cuando por fin llegó el día de la marcha a Madrid y todos -jugadores, entrenador y directivos- nos dirigimos a Tetuán para tomar la avioneta que debía trasladarnos al areropuerto de Barajas.
Cuando ya estábamos instalados y la avioneta calentaba motores, vi llegar un coche oficial del Ejército hasta la misma escalerilla del avión. Me quedé de piedra al observar cómo salían de él doña Paquita y el coronel vestido de paisano. La tropa prorrumpió en vivas y aplausos al ver entrar al coronel. Él me hizo señas para que nos sentáramos juntos en la cola del avión.
¿Le importa, mi comandante, que pida un refresco?
Comandante: Camarero, sírvale un refresco...
Teniente: Debo asugurarle que el ruído del motor del avión era tan ensordecedor que algunos momentos era imposible captar las palabras del coronel.
Comandante: Teniente, estimo las molestias que se está tomando esta tarde conmigo, pero me gustaría llegar al final de su versión de los hechos...
Teniente: El coronel acercó su cara a la mía y con un inusual tono de confianza me dijo:

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Coronel: Teniente, sé que no estoy obligado, pero te debo algunas explicaciones. Supongo que te habrás estado preguntando estos días por mi empecinamiento en obligarte a incluir en el equipo a ese imbécil de Gotingorri o comoquiera que se llame ese mamón que me está poniendo los cuernos con mi mujer. Cuando tengas mi edad habrás aprendido que el mayor de los ridículos no es decir que te ponen los cuernos sino el hecho de que realmente te los pongan.
Teniente: Mi coronel, no creo que no debería decir...
Coronel: ¿Te crees que por ser hijo de un general enchufado me puedes interrumpir cada vez que te salga de los cojones? Escúchame bien: mi mujer me pone los cuernos con ese mamón, para más inri, es vasco como esos mierdas nacionalistas que echaron a correr nada más nos acercamos a Bilbao en el 37, y no solamente me pone los cuernos, sino que eso lo sabe hasta el último mameluco de Larache, y no te hagas el bobo conmigo que te pego una hostia que te embarco en las hélices del avión, ¿me has entendido?
Mira, ya he pasado por todo lo que tengo que pasar. Llevo casi cuarenta años de servicio, me han pegado tiros hasta en el forro de los huevos y como agradecimiento tu glorioso Ejército me tiene pudriendo en ese asqueroso pís al que ya no pienso volver a ver más.
Soy el hazmerreír de todos, incluso se permite el lujo de ponerme los cuernos con un vasco de mierda. Que, ¿te sorprende que mi mujer me ponga los cuernos? Pues a mi no, querido, le llevo veinte años; se casó conmigo porque era la única forma que tenía de salir de aquella asquerosa casa donde malvivía con su familia, y a mi a estas alturas para que se me ponga tiesa me tiene que poner una inyección el brigada practicante, ¿lo vas entendiendo ahora?
Esta farisea creía que me la estaba dando con sopas, pero, hijo, yo seré de todo lo que se te ocurra pero gilipollas no. “¡Ay, que simpático es este vasco! ¿no podrías rebajarlo de servicio al pobrecito?” Zángana, mala fiera, ramera de corral. Así que por eso te he ordenado que lo pongas en el equipo.
Teniente: Perdone, pero no entiendo, mi coronel.
Coronel: Porque te faltan unos cuantos inviernos para madurar... me los llevo a Madrid a los dos. Cuando llegues a mi edad ya habrás averiguado que los coroneles no juegan a la pelota. Mira qué contentos y felices van, pero no saben lo que les espera de verdad. La mierda hay que devolvérsela a quien la ha provocado. ¿No querían en Madrid que me pudriera en Larache? ¿No estaban deseando no volver a verme nunca más el pelo?, pues se les va a torcer el gusto. Les voy a tirar en su patio toda la mierda del mundo.
Una última cosa, teniente, en el último momento dejas al vasco en la caseta y sacas al moro que tanto te gusta.
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Teniente: Giró la cabeza para mirar por la ventanilla y ya no me dirigió más la palabra. Cumplí sus órdenes y le dije al vasco que no iría al estadio del Manzanares ni de suplente. Hoy nos fuimos a jugar el partido y cuando hemos vuelto nos hemos encontrado lo que usted ya conoce.

Narrador: El comandante se removió en su butaca y apuró su Martini. Se levantó lentamente. El teniente le acompañó hasta la puerta del salón. Allí se volvió y le dio la mano. Mientras se la apretaba suavemente, le dijo:

Comandante: Efectivamente, hay que reconocer que el coronel sabía hacer las cosas. Hizo un buen trabajo, sólo gastó tres balas. Una en el corazón de la mujer, otra en la nuca del vasco y la última en su frente. Mucho ruído, demasiados testigos, habrá que buscar mucha tierra para enterrar este asunto.
Una curiosidad me queda, teniente, ¿cómo ha quedado el partido?
Teniente: Perdimos cinco a dos, pero Mustafá salvó el honor: metió dos goles de fábula.