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Alois Burda, rico vendedor de automóviles en la Checoslovaquia comunista, decide ir al médico por unas reiteradas molestias. De ahí, al quirófano...
Iván Klima, el autor de este relato -adaptado para la presente versión en audio-, nació en Praga en 1.931, conoció durante su adolescencia la persecución nazi -estuvo internado en el campo de Terezin por su origen judío con el número L54-, para posteriormente sufrir la censura y la falta de libertad del régimen comunista.

Reparto:
Narrador: Ismael Roldán.
Doctor: Joaquín Foncueva.
Alois Burda: Javier Merchante.
Enfermera Vera: Maite Benítez.
Martín: Jesús Rosas.

Música: Evan LE NY (Jamendo)





Los ricos suelen ser gente extraña.
(Iván Klima, adaptación)

Narrador: Hay hombres que aman a las mujeres, otros el alcohol, la naturaleza o el deporte, otros a los niños o al trabajo, hay hombres que aman el dinero.
Alois Burda amó el dinero y lo sometía todo lo demás. En Suiza tenía una cuenta secreta, y puesto que los bancos suizos son avaros con los intereses, tenía todavía una cuenta secreta más en Alemania.
Se divorció sólo una vez, porque se dio cuenta de que el divorcio salía relativamente caro. También la segunda esposa le fastidió pronto, pero manejaba bastante bien el hogar. Ella era deportista, esquiaba y montaba a caballo, jugaba tenis, golf y nadaba bien, aunque nada de aquello le interesaba a él en lo más mínimo.
Cuando se acercaba a los sesenta, de repente empezó a sentir fatiga, perdió el
apetito y paulatinamente fue adelgazando. Finalmente decidió ir al médico.
Burda: ¿Es algo serio?
Médico: ¿Quieres que sea completamente sincero?
Burda: Sí.
Médico: Tienes que operarte cuanto antes.
Burda: ¿Y luego?
Médico: Ya veremos.
Burda: ¡Ajá!, esto me huele a muerte.
Médico: Todos estamos aquí sólo un momento pero no debemos
perder la esperanza. Cuando que te abran, sabremos más.
Tenemos medicamentos cada vez más eficientes, así que no pierdas la esperanza.
Burda: Con respecto a los medicamentos, me puedo permitir cualquiera, por mucho que cuesten.
Médico: Yo sé, pero esto no es cuestión de dinero.
Burda: ¿Es cuestión de qué?
Médico: De tu resistencia. De la voluntad divina o del destino, como sea que lo llamemos.
Narrador: Cuando llegó Burda a casa y su mujer le preguntó qué había detectado el médico, contestó con una sola palabra:
Burda: Moriré.
Narrador: Pensó en la extrañeza de que quizá pronto no estaría aquí. Le inquietó la pregunta: cómo procedería con su propiedad, qué haría con sus cuentas secretas. ¿Por qué ahora su esposa, tan sólo por haberse casado con él, debería recibir, aparte de todas sus propiedades y del dinero de la herencia, también el dinero del cual ni siquiera sospechaba?
La cuenta suiza contenía algo más de cien mil francos, en la alemana había más dinero. Lo recogió, regresó y escondió los billetes en una pequeña caja fuerte.
Finalmente decidió dividir los paquetes de cien mil en otros más pequeños, los
metió en unas pantuflas viejas con hebillas y las cubrió con calcetines enrollados.
Luego, ante su mujer, empacó las pantuflas en una caja, la pegó con cinta adhesiva y le pidió que se la llevase al hospital junto con algunos objetos más.
Cuando abrieron a Burda en la mesa de operaciones se dieron cuenta de que el
tumor no sólo había afectado el páncreas sino que también se había ramificado hacia otros órganos; una operación radical parecía ser tan inútil que lo cosieron.
La mujer le trajo todas las cosas que él había preparado. Cuando se fue su mujer, abrió la caja con las pantuflas, quitó los calcetines, divisó el paquete de billetes, volvió a meter los calcetines, cerró la caja y la escondió en la mesa de noche. ¿Qué hará con ese dinero?
Entre la enfermeras que hacían turnos, le llamó la atención la voz de una que le recordaba a la remota y casi olvidada voz de su madre en la época de su niñez. La enfermera se llamaba Vera.
Una vez, cuando se sentía un poco mejor después de la transfusión, le pidió que se sentara a su lado.
Burda: Pero señor Burda, ¿qué diría la primera enfermera si me agarrase descansando?
Narrador: Tomó su mano llena de incontables piquetes, y le acarició el dorso de la mano.
Burda: Pues, ¿cómo vive usted, enfermera?
Vera: ¿Cómo vivo? Como todos.
Burda: ¿Vive con sus padres?
Vera: Sí. Tengo una pequeña habitación con una cama, una silla, un pequeño librero, también, en un pilar de bambú, macetas con flores de la pasión, fucsias y coronas de Cristo.
Narrador: Le habló largamente de las flores. Las flores nunca le habían interesado, pero percibió la ternura en la voz de aquella mujer, percibió el tacto liviano de sus dedos en el dorso de la mano y notó que sus ojos eran cafés oscuros. Prometió que le traería algunas flores de las que cultivaba en su balcón, y se levantó de la silla.
Al día siguiente realmente le trajo una azucena y nuevamente se sentó junto a él.
Burda: No siente usted la escasez de algo importante.
Vera: No entendió su pregunta. ¿A qué se refiere?
Burda: Por ejemplo, ¿tiene usted carro?
Vera: ¿Carro?
Burda: ¿Y lo quisiera?
Vera: ¡Ah, usted los vendía! ¡Claro que me gustaría tener un carro!, pero no creo que pueda llegar a tener uno. Figúrese, vivo con mi madre y apenas tengo para comprarme una bolsa de jitomate de vez en cuando. El año pasado planté unos arbustos en mi balcón, pero se pudrieron, y no logré cosechar nada. ¿Le gustaban los jitomates?
Burda: ¡Claro que me gustan los jitomates! ¡Ah...!
Vera: ¡Doctora, doctora ...., es Burda, acompáñeme!

Narrador: Cuando volvió levemente en sí en la noche, primero se dio cuenta con una urgencia absoluta de la realidad de que en unos días probablemente moriría. No obstante, sacó la caja con las pantuflas. Detrás de los calcetines arrugados permanecía la fortuna, con la cual se podrían comprar vagones enteros de jitomates. La riqueza, que lo llenaba generalmente de satisfacción, se hacía de repente una carga. ¿Debería donarla a algún organismo de caridad? ¿ A este hospital? ¿ O a su mujer para que pudiese pagar a amantes aún más exigentes con los que esquiar en las montañas Rocallosas?

Vera: ¿Viene a verlo su familia?

Burda: Hace tiempo que ya no me visita nadie.

Vera: Ellos vendrán y enseguida se sentirá más alegre. Le vamos a alimentar un poco, señor Burda, si no se nos debilitaría mucho.
Burda: Lo que usted quiera.

Vera: Ya fluye. Dios puede hacer un milagro, sanar al enfermo igual que perdonar al pecador. Y recibir a cada quien con amor.

Burda: ¿Por qué?

Vera: Porque Dios es el amor mismo.

Burda: ¡Ah...!

Narrador: Aunque le daban medicamentos fuertes, no lograba conciliar el sueño. Finalmente logró dormirse. Al despertarse en mitad de la noche, se le ocurrió algo sin sentido. Le regalará el dinero a esa enfermera. Por lo que le dijo de Dios y del amor. Por acariciarle la frente, aunque sabe que él morirá.

Al día siguiente, en lugar de indagar sobre su fe, le preguntó:

Burda: Vera, ¿sale usted con alguien?

Vera: ¡Señor Burda...!

Burda: Perdone mi indiscreción; simple curiosidad de un enfermo aburrido y cotilla.

Vera: Salgo con un violinista. Se llama Martín. Ayer fuimos al concierto para violín y orquesta en re menor de Beethoven. ¿Lo conoce?

Burda: No conozco a ese señor. En mi tienda sólo se escuchan canciones de moda.

Vera: En otoño nos casaremos. ¿Irá a mi boda?

Burda: Si me invita.

Narrador: Al día siguiente la enfermera Vera tenía un día libre y él entonces pudo reflexionar si había considerado todo bien y si su decisión no era demasiado precipitada. ¿Qué pasaría si sanara por fin, cuando Dios hiciera aquel milagro o algún medicamento que le introdujeran en las venas le devolviera la fuerza? ¿Por qué otra razón lo estaría invitando la enfermera a su boda? Con un moribundo no estaría bromeando así. También la cantidad era desproporcionadamente alta, al final con su regalo la pondría en sospecha de un acto deshonesto. Pero le podría regalar por lo menos una parte de ese dinero.

Al día siguiente empeoró.

Burda: Se lo compensaré.

Vera: Me lo compensará al sentirse mejor. ¿Siente? Ya están floreciendo los tilos.

Narrador: No sintió nada, sólo un gran cansancio. La enfermera le acarició la frente y salió de la habitación. La siguiente noche Alois Burda murió. Justo era el turno de la enfermera Vera y algunos momentos antes de que él respirase por última vez, se sentó junto a él y le sostuvo la mano, pero el moribundo seguramente ya no supo de ello.

Luego asignaron a la enfermera para sacar todas las cosas de la mesa del muerto y hacer una lista detallada. La enfermera lo hizo. La lista tenía dieciocho artículos, el número once decía: Un par de pantuflas con hebillas con un par de calcetines adentro.

Cuando llegó la mujer de Burda al hospital para levantar el acta de defunción, le entregaron la bolsa con las cosas del difunto y la lista de lo que estaba en la bolsa. La mujer le echó una ojeada a la lista de los objetos. Cuando salía del hospital, notó que cerca de allí había un contenedor de basura. Lo abrió y tiró la bolsa.

Aquella noche la enfermera Vera tuvo una cita con su violinista.

Vera: Aquel Burda, el que dormía en la ocho, murió. Dicen que era tremendamente rico, uno de los hombres más ricos en Praga.

Violinista: ¿Y te dio algo?

Vera: Traía en su monedero sólo trescientas coronas.

Violinista: Los ricos suelen ser gente extraña. ¿Quién heredará todo?

Vera: El quizá ni siquiera tenía a alguien. No vino nadie que por lo menos le tomase la mano en aquel momento.