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Relatos breves.
En La otra genteÁlvaro Cunqueiro (1.911-1.981) nos retrata a cincuenta personajes que suponen una indagación en “el secreto, los secretos del ser gallego”, según palabras del autor. Pero esta galería de seres extraños que habitan un mundo de fragas, brañas, pastizales, montes... son, en realidad, la expresión de su vasta y desbordada imaginación, poblada de sueños. Todos ellos bañados por su fina ironía y donde la escritura se vuelve relato contado, habla.En la entrevista que en el año 1.978 Joaquín Soler Serrano le realizara para el programa A fondo de T.V.E., Cunqueiro comentaba a cuenta de los personajes retratados en su libro:Soler Serrano: La otra gente...
Cunqueiro: Sí, este libro salió primeramente en gallego con el título de “Xente de aqui e de acola” . Son unos cuarenta retratos de gente gallega, la más de ella alunada y mágica, creedora en prodigios, depositaria ella misma de poderes mágicos y creo que, sin duda ninguna, el conjunto da un retrato muy veraz de un cierto de gallego; de ese gallego creedor y mágico del que he hablado tantas veces.
Louredo de Hostes:A Louredo lo conoció, como a otros muchos, en la barbería de su amigo Pallarego. Sucedía que Louredo no soñaba. Hacía el servicio militar en el regimiento de caballería Reina Victoria Eugenia y gracias a un sargento, gran soñador, encontró la solución a su problema.
Ficha de audio:
Texto: Álvaro Cunqueiro. La otra gente. Louredo de Hostes. Narrador: Javier Merchante.Músicas: Raúl Grillo y Schwarzweiss.




Louredo de Hostes.
(Álvaro Cunqueiro. La otra gente)

A Louredo lo he conocido, como a tanta otra gente, en la barbería de mi amigo Pallarego. Podía contar muchas cosas de Louredo, pero lo que me interesa ahora es el caso de sus anteojos, comprados en Valencia en la calle o en la plaza de Jaime I, que no recuerdo bien. Sucedía que Louredo no soñaba. Hacía el servicio militar en el regimiento de caballería Reina Victoria Eugenia, y tenía un sargento que todas las mañanas formaba el escuadrón y les contaba a los reclutas lo que soñara aquella noche. ¡Vaya tío soñando! Algunas veces soñaba un viaje a Filipinas, o que le tocaba la lotería, dejaba el ejército e iba a Madrid y estaba sentado en un teatro. Y con- taba el asunto de la pieza que representaban, y que consistía en que las actrices le enseñaban las piernas, y lo llamaban a él, que subiese al escenario, y subía de uniforme de gala, con morrión, y llevaba a la primera actriz a los baños de Archena, de donde era natural el sargento. Louredo se dolía de no soñar. Ni con su aldea, ni con la romería de San Benito. Como era mediano de estatura, piernas arqueadas y un ojo man- chado, lo que le gustaría soñar era que era alto, y que se chi- flaba por él una valenciana, robusta, blanca, los ojos negros, que se dejaba querer como se dejan las gallinas por el canta- claro, y Louredo acariciaría en ella muy afinado. Louredo, muy respetuoso, le pidió una conversación secreta al sargento Granero.
—Con permiso, mi sargento, ¿qué hay que hacer para soñar?
—¡Cómprate unos anteojos, gallego! —le respondió, burlón.
Louredo tomó la respuesta en serio, y no paró hasta encon- trar en Valencia quien le vendiese unos anteojos para soñar, unos anteojos que Louredo decía que eran nublados, con armazón de plata. La primera noche que durmió con ellos puestos, soñó una película entera; pero tan rápido que no llegó a entender el asunto. Lo que vio fue que él salía de cabo, y que una señora gorda le daba un caramelo de café con leche.
—¿Guapa o fea? —le preguntaba yo.
—¡Hombre, para ser la primera vez que soñé con una mujer, me salió bastante decente, con una blusa colorada!
Desde entonces, con tal de dormir con los anteojos pues- tos, Louredo soñaba todos los días, y grandes triunfos, con una pequeña que bailaba, y con una negra que tenía un cana- rio en una jaula, y le regalaba el mejor caballo del regimiento. Se metía en la cama con la señora del maestro armero, y apa- recía el párroco de Hostes, que no se sabía cómo diera desde Lugo con Valencia, y los casaba. La niña del maestro armero le llamaba papá.
Todo iba muy bien, menos cuando Louredo comía sandía, que entonces soñaba que subía a un tejado, más alto que las Torres de Quarte, y lo empujaban, y caía a la calle.
Regresó a su aldea, y poco tiempo después tropezó con un aire, le vinieron fiebres altas, y murió en breves días. Murió soltero, y le dejó los anteojos a los sobrinos, para que soñasen por turno. Los sobrinos se reían del tío, y le dejaron al señor cura de Baroncelle que llevase los famosos anteojos para ensa- yar. ¡Sabe Dios lo que soñaría el reverendo, con la ayuda de ellos, qué valencianas blancas, qué vinos tintos, qué paellas, qué fiestas, en aquellas largas y frías noches de invierno de la Terrachá lucense, cuando con la helada se visten de color ceniza las ramas desnudas de los abedules!