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Relatos Breves.En La otra gente, Álvaro Cunqueiro (1.911-1.981), nos retrata a cincuenta personajes que suponen una indagación en “el secreto, los secretos del ser gallego”, según palabras del autor. Pero esta galería de seres extraños que habitan un mundo de fragas, brañas, pastizales, montes... son, en realidad, la expresión de su vasta y desbordada imaginación, poblada de sueños. Todos ellos bañados por su fina ironía y donde la escritura se vuelve relato contado, habla.
En la entrevista que en el año 1.978 Joaquín Soler Serrano le realizara para el programa A fondo de T.V.E., Cunqueiro comentaba a cuenta de los personajes retratados en su libro:
Soler Serrano: La otra gente.Cunqueiro: Sí, este libro salió primeramente en gallego con el título de “Xente de aqui e de acola” . Son unos cuarenta retratos de gente gallega, la más de ella alunada y mágica, creedora en prodigios, depositaria ella misma de poderes mágicos y creo que, sin duda ninguna, el conjunto da un retrato muy veraz de un cierto tipo de gallego; de ese gallego creedor y mágico del que he hablado tantas veces.
Louzao de Mouride:Manuel Costa, alias Louzao de Mouride, se titulaba de pariente de Cunqueiro porque los dos nacieron un veintidós de diciembre a las ocho de la mañana, bajo el signo de Capricornio.
Reparto:
Narrador: Javier Merchante.
Músicas: Raúl Grillo y F. T. G.(Jamendo).






LOUZAO DE MOURIDE.
(Álvaro Cunqueiro. Texto completo)

Me titulaba de pariente suyo este Manuel Costa, alias Louzao de Mouride, porque los dos nacimos a las ocho de la mañana de un veintidós de diciembre, bajo el signo de Capricornio. Me mostraba una hoja de almanaque y se atenía al horóscopo que allí venía.
—¡Mucho me gusta esto de que tendremos grandes triunfos en la diplomacia!
Y diciéndomelo, se palmeaba las mejillas.
A los quince años emigró a Buenos Aires y entró de pin- che en una tahona. Al poco tiempo dominaba el arte de la pizza napolitana, y había dado con el punto del orégano. Muy apreciado en la casa por su humildad, casó con la hija más joven de la tahonera, una morena llamada Vittoria.
—Si algún día escribes mi historia —me pedía Louzao—, le pones a Vittoria dos tes.
Y se las pongo: Vittoria. Pasaron muy requetebién los primeros meses de matrimonio. La Vittoria peinaba a Louzao con un fijapelo que olía a fresa, y le cantaba canciones napolitanas. Un día, Louzao se encontró mal en la tahona, y pidió permiso para ir a echarse un rato a su cama. Vittoria había salido. Louzao durmió una hora, y al cabo de ella lo despertó la llegada de la mujer. Venía vestida de bombero. Vittoria confesó: estaba apuntada como bombero en Los Toldos, y tenía servicio martes, jueves y sábado. Allí creían que era un hom- bre, y le llamaban Gasparo Ponti. Cobraba soldada, y tenía un carnet con tapas de hule rojo.
Vittoria le explicó al estupefacto marido que nada le gus- taba más en este mundo que contemplar un incendio, y des- pués de ver llamas, lo que más le apetecía era vestirse de hombre. En un baúl del que siempre tenía las llaves, guardaba media docena de completos masculinos. Louzao quiso impedirle a la mujer aquella diversión, pero ella se opuso. Por poco no le rompe una silla en la cabeza.
Louzao lo contó en la tahona, y la mujer se cabreó y se fue. Louzao se quedó junto al horno, sentado en una banqueta, llorando, con el pequeño Miguel Ángel, que tenía ocho meses, en los brazos. Vittoria había desaparecido con el baúl con los trajes masculinos, y Louzao nunca más volvió a saber de ella. Ya no estaba en los bomberos de Los Toldos, ni en ningún reparto de la capital, aunque era cosa segura que estaría en algún cuerpo de bomberos de la República.
Louzao, entristecido, decidió retornar a Mouride, y le compró a su hermano Pedro la mitad del molino de Seixos. Pagaba puntualmente la suscripción a dos periódicos de Buenos Aires.
—Por los incendios de allá —explicaba.
Y esto era lo que leía en ellos, solamente los incendios, por ver si en alguno aparecía nombrada Vittoria, con dos tes. La mujer, en su imaginación, había llegado a tener el aspecto de una diosa apagafuegos. Si había un incendio en Betanzos o en Vigo, Louzao comentaba:
—¡Si aparece allí mi Vittoria, lo apaga en un vuelo!
Pasaron años. Miguel Ángel ya tenía los dieciocho cumplidos. También era Capricornio, como servidor y como su padre, y por tanto, según las estrellas, le esperaban grandes triunfos en la diplomacia. Era un tontito, con grandes ojos negros. Cuando bajaba con su padre a Mondoñedo, yo le regalaba un palo de regaliz, cogido en la botica del mío. Miguel Ángel babeaba amarillo media hora. Un día Louzao recibió noticias de Buenos Aires. Le escribía su cuñado Francesco Luigi, quien le anunciaba el envío de un baúl, al tiempo que le daba el parte de que Vittoria muriera tísica. Llegó el baúl, y todos los Louzao estaban presentes cuando Manuel lo abrió. Ropas de mujer, unos paquetes de hierba mate, un revólver, Los cuatro jinetes del Apocalipsis de Blasco Ibáñez, cuatro o cinco pantalones de hombre, y el uniforme de bombero de Los Toldos, y el casco, el hacha y el cinturón de triple gancho. Miguel Ángel se echó a llorar al ver el casco, y no paró hasta que le dejaron ponérselo. Y ya no hubo manera de quitárselo. Iba a arar con el casco puesto, y a llevar las vacas al prado, las cántaras de la leche a la carretera, y a plantar o levantar las patatas. Le llegó la hora de ir al servicio, y lo dieron inútil. Pocos meses después se nos murió. El padre, compasivo, lo dejó ir en la caja con el casco puesto. En una placa de latón dorado se leía: <Bomberos de Los Toldos>.